Dominio público

Fin de trayecto: ¿y después?

 

PERE VILANOVA

Con los datos de que disponemos en estos momentos, los analistas han de ser prudentes –a menos que tengan acceso a información privilegiada– y no pretender entrar en competiciones extravagantes sobre quién sabe exactamente qué sobre la noche de autos y las horas siguientes al ataque. Rumores habrá para todos los gustos.
Quizá debamos centrarnos en otro quehacer, por ejemplo el de intentar identificar algunas de las consecuencias de la desaparición de Bin Laden. Lleva razón el prestigioso analista pakistaní, Ahmed Rashid, cuando escribe que conviene centrar nuestra atención en dichas posibles consecuencias partiendo de la peculiar estructura organizativa de Al Qaeda. En una organización terrorista tradicional o convencional, basada en una estructura muy piramidal, extremadamente jerárquica, en la que las órdenes e instrucciones operativas pasan verticalmente de arriba abajo por dicha estructura, el descabezamiento del liderazgo produce –al menos a corto y medio plazo– daños funcionales a la organización. Depende para su supervivencia de la capacidad de "sustitución" de la cabeza, o de los escalones seccionados. En una estructura, o mejor dicho una "no estructura" como Al Qaeda, la situación es otra.
Con las informaciones disponibles en los últimos diez años, se puede considerar lo siguiente: por un lado es una franquicia más que una pirámide, una nebulosa que trabaja en red, en base a unas directrices ideológicas bastantes rudimentarias, atemporales y repetitivas. Por tanto, en estos últimos años –cuatro o cinco aproximadamente–, Al Qaeda ha funcionado más bien sobre una estrategia de reclutar donde y como se puede, de manera fragmentada y aislada y después de un entrenamiento rudimentario se sueltan "bombas humanas" individuales y aisladas. Operar por Internet se ha vuelto cada vez más complicado –los terroristas tienen acceso a la tecnología de las redes, pero los gobiernos también, y más aún–, de modo que el resultado es desigual. Por desgracia, el atentado de Marrakech del otro día fue sangriento, pero las fuerzas policiales de varios países están teniendo cada vez más éxito en sus estrategias preventivas (la última célula desmantelada fue en Alemania, hace unos días). Un desgraciado se autoincendia un día en un avión al intentar activar un artefacto más bien todo a cien; otro se estrella con un jeep en la puerta de un aeropuerto del que no sabe ni cómo se entra ni cómo se sale; etcétera.
Por otro lado, el reclutamiento. No debemos olvidar que más del 85% de las víctimas mortales de los atentados atribuidos a Al Qaeda en los últimos nueve años han sido ciudadanos musulmanes, y eso ha ido haciendo mella en las sociedades afectadas. Para poder matar a Benazir Buttho, hicieron falta varios atentados, de los cuales dos provocaron la muerte de más de 130 personas. No es nada evidente que el carisma de Bin Laden entre la juventud reclutable se mantenga. Si se mira el ciclo de violencia en Argelia en los noventa, la expansión social inicial del FIS, seguida del golpe de Estado, y la violencia a gran escala posterior, al final queda un extraño balance: el régimen argelino no sale bien parado, pero se mantiene. El reclutamiento islamista radical, sus bases de apoyo, la influencia de lo que después del FIS se decantó en el Gia, y después en facciones cada vez más violentas pero minoritarias, ha dejado a Argelia hoy en una situación bien distinta. Lo que queda de los grupos radicales islamistas se ha tenido que retirar al desierto, o bajar a Níger, Mali y Mauritania, mientras que la calle, es decir, la sociedad civil que se manifiesta desde enero, lo que pide es una transición democrática, unas elecciones limpias y un cambio de régimen que no les lleve precisamente a un "emirato islamista".
Es igualmente cierto que la geografía política de la etapa post- Bin Laden que ahora empieza será muy heterogénea y desigual. Las franjas más sensibles de las zonas tribales de Pakistán, los Waziristan, o la franja sureste de Afganistán, son y serán plazas fuertes de la violencia, precisamente por la fuerte autonomía y fragmentación de Al Qaeda. Los grupos allá afincados son autosuficientes para mantener un alto grado de tensión. Las variantes pakistaní y afgana (sobre todo la primera) contemplarán probablemente reacciones a la muerte de Bin Laden.
Pero en última instancia, diez años son muchos años. Nada indica que el viento de revueltas que recorre desde enero el mundo árabe (que no el mundo musulmán en general, sobre todo en Asia) tenga nada que ver, ni se vaya a sentir afectado por la de-
saparición de Bin Laden. Estas revueltas piden en la calle exactamente lo que Al Qaeda más aborrece: regímenes políticos de tipo estatal de lo más clásico. Los Hermanos Musulmanes se postulan a la manera de los partidos constitucionales de, por ejemplo, Turquía e Indonesia: confesionalidad dentro de la lealtad al Estado y a la Constitución, por encima de cualquier otra consideración. Acabamos de saber que Hamás ha pedido formalmente a Qatar que acoja su sede política exterior, actualmente en Damasco. E Irán está en el pelotón de los que más se alegran de la muerte de Bin Laden.
En conclusión, precisamente por la naturaleza de su estructura, la desaparición del líder no comporta el fin operativo de su organización-franquicia, pero es difícil pensar que va a seguir ocupando un lugar central en la agenda de los gobiernos de todo el mundo. Lo cual no quiere decir que sus restos de serie no puedan seguir haciendo daño durante cierto tiempo.

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política de la Universitat de Barcelona

Ilustración de Iker Ayestaran