Dominio público

El cambio feminista

Antonio Antón

Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

Manifestación del 8M de 2018 en Madrid. EFE
Manifestación del 8M de 2018 en Madrid. EFE

El feminismo avanza en la sociedad española. Tiene un sentido igualitario y emancipatorio frente a la desigualdad y la subordinación de las mujeres. Las grandes movilizaciones feministas de los últimos tres años, en particular, en el 8 de marzo, se han centrado en dos grandes ejes: contra la violencia machista y por la igualdad en las relaciones sociales y laborales. Han conseguido una gran participación y un amplio apoyo social, tienen un relevante impacto sociopolítico y expresan una fuerte conciencia democrática.

Así mismo, el feminismo, junto con los colectivos LGTBI, ha promovido un tercer eje: mayor libertad sexual, más tolerancia y reconocimiento hacia su diversidad y el refuerzo de la autonomía de las personas para definir sus opciones y preferencias vitales.

Me centro aquí, al calor de los debates de las últimas semanas, en un análisis de las dos tendencias de fondo en el movimiento feminista que explican la fuerte pugna sociopolítica y discursiva por su orientación y su representación. El contenido sustantivo está ya expresado en los tres grandes temas antedichos que han vertebrado la activación feminista: contra la violencia machista, por la igualdad relacional y por la libertad sexual. Pero antes de avanzar, explico los distintos niveles de identificación feminista para acercarnos de una forma más realista a la problemática de la identidad y la conformación del sujeto feminista, elementos constitutivos del cambio feminista.

Tres niveles de identificación feminista

En un reciente libro, Identidades feministas y teoría crítica, explico las características de este proceso, sus implicaciones y sus bases teóricas, desde la sociología crítica de los Movimientos sociales, la acción colectiva y el cambio social. Parto del diagnóstico sobre las identificaciones feministas derivado de varios estudios demoscópicos, en particular del CIS, 40dB y Metroscopia. Existen, al menos tres niveles en la implicación feminista.

Un primer nivel de miles de activistas, en los tres ámbitos fundamentales, institucional, parainstitucional -incluido el académico o el sindical, así como múltiples organizaciones subvencionadas- y el asociativo de base, muy descentralizado. Tienen diversas actividades culturales, reivindicativas y de denuncia, asistenciales, expresivas, de apoyo mutuo… Conforman redes reticulares con cierta coordinación y capacidad expresiva a través de grandes campañas públicas.

Un segundo nivel, de personas, en su mayoría mujeres, que optan por una autodefinición ideológica y sociopolítica de feministas, que participan y comparten objetivos igualitarios y se expresan, sobre todo, en el apoyo a las grandes movilizaciones y sus demandas. Es la base social más amplia, diversa y explícita del movimiento feminista.

Para hacerse una idea más precisa y según datos del CIS sobre los electorados (en las pasadas elecciones generales del 10-N-2019), se autodefinían feministas unos 800.000 votantes al PSOE, otros 800.000 votantes a UP y sus convergencias y unos 100.000 votantes al PP. El total de todos los electorados que se han pronunciado, contando con personas con derecho a voto, o sea mayores de 17 años, e incorporando los porcentajes de abstencionismo y de origen extranjero (sin derecho a voto) tenemos una cifra en torno a tres millones y medio de personas que se sienten identificados con el feminismo, entre sus dos opciones fundamentales de su auto ubicación ideológica. Es algo más del 10% de la población, pero hay que matizar que en el caso del PP se sitúa en el 2% de su electorado, en el caso del PSOE, en torno al 12%, y en el caso de UP, el 26%. Por tanto, aunque la base social autodefinida feminista es prácticamente paritaria entre PSOE y UP (y aliados), en términos comparativos tiene un peso mucho más significativo entre los segundos que entre los primeros.

En su conjunto, podemos decir que esa pertenencia feminista no es transversal o equidistante, no está distribuida por igual entre las distintas tendencias político-ideológicas. Así, aunque haya una minoría que se identifica también con las derechas, la gran mayoría (al menos el 90%) se sitúa en las corrientes progresistas y de izquierda.

Un tercer nivel son las personas que tienen cierta conciencia feminista y apoyan determinadas demandas feministas, avaladas en su mayoría por entre el 40% y el 50% de la sociedad, es decir, hasta cerca de veinte millones de personas. Aunque algunas propuestas superan ese porcentaje de apoyo ciudadano, como la igualdad en el ámbito profesional o aumentar y visibilizar la acción contra la violencia machista.

La media de identificación feminista entre las mujeres es mayoritaria, el 53%, con un incremento medio del 38% en estos cinco años, especialmente entre las mujeres jóvenes. Y en el caso de los varones la media de la autopercepción feminista es algo superior al tercio (36%) con un crecimiento también significativo (29%), particularmente entre los más jóvenes. Así, el número de personas que no se consideran feministas se ha reducido un tercio en estos cinco años, y aunque persiste una importante minoría de mujeres (47%) y una mayoría de hombres (64%) que no se pronuncian, no significa que se consideren machistas o antifeministas, sino que no se definen y caben actitudes conservadoras, intermedias, neutras e indecisas.

En definitiva, al hablar de feminismos, hay que diferenciar esos tres niveles, procesos identificadores y dimensiones: primero, el activismo feminista más permanente (incluido el para-institucional e institucional), de varios centenares de miles de personas; segundo, la identificación colectiva feminista, con su participación en las grandes movilizaciones (y en la vida cotidiana) y su sentido de pertenencia a un actor colectivo sociopolítico y cultural, con unos tres millones y medio; tercero, el apoyo a medidas contra la discriminación y por igualdad para las mujeres, de cerca del 50% de la población, con cierta conciencia feminista, mayor entre la gente joven y superior a la mitad entre las mujeres y a un tercio entre los varones.

El agotamiento del feminismo socioliberal y formalista

Dejo al margen la crítica a las dinámicas reaccionarias y conservadoras promovidas por sectores de la ultraderecha que, ante la crisis de los anteriores privilegios y estereotipos machistas, pretenden frenar el empuje transformador feminista y distorsionar su sentido democrático, igualitario y emancipador.

Me detengo en la pugna interna dentro de los feminismos, con ánimo de clarificar su sentido sociopolítico. Las líneas de diferenciación son diversas, empezando por el mayor énfasis en valorar el movimiento como cultural o social. Se trata de la prioridad por el cambio cultural y de mentalidades o por su carácter articulador y expresivo para promover transformaciones sociales, institucionales y económicas, aunque ambas características, con diferentes combinaciones, favorezcan la igualdad entre los géneros y la liberación femenina.

Existe una pluralidad de corrientes ideológicas y culturales. Hay, al menos, dos grandes corrientes feministas: una de corte liberal o socioliberal, más formalista y adaptable a las actuales estructuras de poder, y otra de orientación igualitaria o progresista que enlaza con una posición crítica y transformadora. Ambas tienen un fuerte componente cultural, simbólico e identitario. Y también una gran repercusión política-institucional, a veces de signo distinto o contrapuesto. Aunque el movimiento feminista en su conjunto es un conglomerado autónomo, en él confluyen distintas posiciones e intereses políticos e ideológicos.

Por mi parte, clasifico las variadas posiciones en esas tres áreas temáticas, acoso machista, igualdad socioeconómica y de poder y libertad sexual, respecto de un gran eje práctico, social y relacional: el avance efectivo y real, la capacidad y actitud transformadora ante esos desafíos.

Así, denomino a una tendencia feminismo crítico, popular y transformador, con un contenido nítido democrático-igualitario-emancipador. Ese amplio campo es muy heterogéneo en sus rasgos culturales, sociopolíticos y asociativos; así como en sus prioridades de cambio cultural y/o político-estructural. En cierta medida, las fuerzas del cambio y de progreso están condicionadas por esta pluralidad de posiciones. Su hilo conductor: el cambio feminista sustantivo. Es la mayoría del feminismo no institucionalizado y parte del para-institucional e institucional.

La otra tendencia la califico de feminismo elitista, retórico y socioliberal: admite cambios parciales y limitados, evita avances sustanciales y los reconduce a callejones sin salida o contraproducentes. La principal gestión, hegemonizada por el Partido Socialista, ha sido desde el ámbito institucional, académico y mediático.

Recordemos los límites existentes hasta ahora, motivo de indignación feminista, de la gestión dominante de esa corriente institucional-socioliberal condicionada por las tendencias conservadoras, en relación con las tres principales áreas temáticas: sin cambios suficientes ni políticas estructurales efectivas, solo formalistas y parciales, en los temas de igualdad socioeconómica, laboral, institucional y de protección pública; apuestas punitivistas, más fáciles, mediáticas y que enlazan con cierto autoritarismo, ante las agresiones machistas, sin mejoras reales de prevención, educación e integración; actitud y cultura puritana restrictiva y conservadora, como pantalla retórica y prohibicionista ante la sexualidad, considerada como peligro, y los temas asimilados (pornografía, prostitución, LGTBI…), a veces utilizadas como arma arrojadiza en vez de establecer un debate sereno, tolerante e inclusivo, un afrontamiento de sus causas y una regulación razonable en beneficio real de las personas afectadas y sus derechos.

La expectativa del cambio institucional

El acuerdo del Gobierno progresista de coalición ha permitido dar la responsabilidad del Ministerio de Igualdad a Unidas Podemos. Así, aunque las decisiones sean unitarias y vigiladas por el Partido Socialista, con su correspondiente reticencia a cambios sustantivos y al refuerzo de su legitimidad, para las fuerzas del cambio supone una gran responsabilidad simbólica, política y normativa. No es de extrañar que, ante el agotamiento de las políticas formalistas, punitivistas y prohibicionistas, dominantes en el Partido Socialista, la nueva acción gubernamental parta de la necesidad de una reorientación con una profundización transformadora, aunque sometida a un mínimo consenso de las dos partes. Así, ambas corrientes están representadas en el gobierno, con el reto de dar un impulso a la agenda feminista. Más allá de la retórica y las tensiones competitivas y de prioridades, su credibilidad se va a contrastar en la medida que cumpla esas expectativas de cambio real y sustantivo, mayoritarias en el movimiento feminista y en la sociedad.

El nuevo gobierno de coalición progresista ha iniciado algunas reformas normativas positivas que ya han destapado la caja de los truenos, no solo de las derechas (especialmente la ultraderecha) sino incluso del propio ámbito socialista. La actitud crispada de algunas de sus representantes demuestra su agotamiento práctico, su debilidad política y discursiva y su resquemor por la pérdida de la prevalencia de su estatus simbólico e institucional.

Superar esas inercias y bloqueos es un desafío para el feminismo crítico y transformador, así como para el nuevo gobierno y, en particular, para Unidas Podemos y sus convergencias en la tarea de promover un nuevo impulso para el cambio feminista real, particularmente, en esas tres grandes áreas que afectan especialmente a la gente joven.

En definitiva, ante las insuficiencias de la anterior gestión institucional, agravadas en el periodo del gobierno de la derecha, y la persistencia de la discriminación, se ha reactivado la acción colectiva feminista crítica. Está avalada por un sentido ético de superación de esa desigualdad injusta, muy diversa, segmentada e interseccional, pero que afecta en distintas proporciones a la mayoría de las mujeres. Desde una óptica más general esas tendencias discriminatorias han empeorado con la crisis económica, las medidas de ajuste neoliberal, las políticas públicas regresivas sobre el Estado de bienestar y contra el empleo decente, la extensión del paro y la precariedad laboral. Todo ello va en contra la igualdad de las mujeres y tiende a afianzar su subordinación.

El reto para el feminismo y las fuerzas progresistas es enorme y, junto con los desafíos de la respuesta a la crisis socioeconómica, territorial y ambiental, el alcance real del cambio feminista va a definir el tipo de país a configurar, la conformación y legitimidad de las fuerzas progresistas y la consolidación del propio movimiento feminista.