Dominio público

Historia de un contagio en primera persona: entre la culpa, la sorpresa y el desgaste

Personal sanitario traslada a un afectado por el covid-19, que ingreso en urgencias del Hospital 12 de Octubre de Madrid. REUTERS/Juan Medina
Personal sanitario traslada a un afectado por el covid-19, que ingreso en urgencias del Hospital 12 de Octubre de Madrid. REUTERS/Juan Medina

Es sólo una historia más entre tantos contagios, pero el relato colectivo se construye a partir de un conjunto de narraciones personales. No debe servir para generalizar, pero sí puede ser útil para que algunas personas se vean reflejadas y otras puedan resolver dudas. Porque la incertidumbre que genera esta pandemia nos ha llenado de interrogantes y llevamos 6 meses buscando respuestas. Por eso hay negacionistas, porque algunos buscan soluciones fáciles y rápidas, pero es mejor tardar en resolver nuestras dudas que negar una realidad que muchas familias están sufriendo de un modo u otro. Empiezo con mi relato y lo sitúo: agosto de 2020 en un pueblo de València.

Todo empieza un viernes donde noto un cansancio mayor al habitual y algo de frío. Después de comer me había quedado dormido en el sofá con el aire acondicionado enfocado directo hacia mí. Lo asocié rápidamente a ello. Pasó el rato y no me encontraba mejor y me daba la sensación de que estaba aumentando mi temperatura corporal. Recurro al termómetro (tan utilizado estos meses) y me confirma la febrícula: 37.6 grados. Sigo pensando que se debe a que he cogido frío, pero no soy médico y ahora existen unas pautas que todos y todas deberíamos seguir porque hay mucho en juego. Empieza la odisea.

Llamo a mi ambulatorio. Es viernes por la tarde y no obtengo respuesta. Entro en la web de la Generalitat Valenciana. Llamo al teléfono 900 destinado para posibles casos de coronavirus. Tras varios intentos, desisto. Vuelvo a la web para ver qué instrucciones seguir. Descubro que hay una APP (¿por qué no lo sabía hasta ahora?) específica para la COVID-19. En ella introduces tu número de tarjeta sanitaria, un teléfono y señalas que tiene síntomas relacionados con el virus. Se activa un aviso y la aplicación te informa que tu centro sanitario se pondrá en contacto contigo. Es viernes por la tarde. Asumo que hasta el lunes no tendré respuesta. Así sucede. Pese a que sigo pensando que no tengo coronavirus, me confino junto a mi pareja. Además, por prudencia, decidimos mantener entre nosotros toda la distancia personal que es posible dentro de un piso pequeño.

Durante el fin de semana no desarrollo nuevos síntomas. Se mantiene la fiebre, sigo cansado y tengo tos, pero muy poca. Todavía mantengo la esperanza de que no sea COVID. Repaso mentalmente mis últimos días, sé que he seguido todas las recomendaciones, que me he expuesto poco… Ni se me ocurre que pueda tenerlo. Llega el lunes. Sobre las 9:30 recibo una llamada del ambulatorio con varias preguntas. Le cuento cuándo empecé a tener fiebre y cansancio y que no tengo más síntomas. También le respondo que no he tenido contacto con ningún positivo, al menos que yo sepa. Duda sobre si mandarme la prueba. No le parezco un caso posible. Me avisa sobre que si me hace la PCR tendré que confinarme unos días, aunque sea negativo. Me da la sensación de que quiere que recule y no solicite la prueba. Ante mi sorpresa, me dice que espere, que tiene que consultar una cosa y me volverá a llamar.

Pasan más de 3 horas hasta la siguiente llamada. Acceden a hacerme la prueba PCR, pero ahora me informan de que si es negativo no deberé guardar cuarentena porque no parezco un caso sospechoso. Me alegra y me desconcierta. Me quieren citar para el día siguiente. Les insisto que llevo 4 días con síntomas y acceden a hacérmela esa misma tarde. El proceso es sencillo y visto mil veces por la tele. Acudes a tu centro de salud, guardas turno, palito a la boca, por la nariz y listo. Firmas un papel.  Te comprometes a guardar cuarentena hasta saber los resultados y tu médico debe confirmarte que puedes salir. Vuelta a casa a esperar.

Pasan 48 horas hasta los resultados. La mañana se hace eterna esperando una llamada que no llega hasta última hora. Ha desaparecido la fiebre, te encuentras algo mejor y crees que si tardan tanto es porque primero avisan a los positivos. Finalmente, me confirman: tengo coronavirus. Patada en el estómago. Les pides recomendaciones, preguntas si has de llamar a alguien o si me llamará un rastreador para buscar el origen (sí, he visto demasiada tele). Nada. Sólo me preguntan de nuevo si tuve contacto con un positivo, les digo que a sabiendas no y listo. Que me confine, que me irán llamando desde el ambulatorio para ver qué tal estoy y si aparecen nuevos síntomas graves llame al 112.  Otro caso más para la estadística. No hay más tiempo que perder. Le señalo que vivo con mi pareja. Me dicen que guardemos distancia, que llevemos mascarilla en casa y usemos distinto baño. Le señalo que vivo en un piso pequeño y que no tenemos dos baños. Sólo me señalan que lo limpiemos más a menudo y termina nuestra conversación.

Cuelgas sin terminar de creértelo. Lo primero que haces es pensar con quién has tenido contacto. Por suerte, en mi caso, entre lo precavido que intento ser y las peculiaridades del verano, además del contacto con mi pareja sólo había quedado con un amigo y su bebé. Lo aviso. Inmediatamente, tanto él como mi compañera, llaman su centro de salud. Son distintos ambulatorios y como tal actúan. Mientras a él lo citan al día siguiente, a mi pareja le dicen que están ocupados y que llame a la mañana siguiente. No entendemos nada. Decidimos seguir los pasos que utilicé yo y se inscribe en la aplicación de la Generalitat como posible caso. A la mañana siguiente no llaman. A última hora intentamos contactar con el ambulatorio. Lo conseguimos. Informan de que ya llamarán. No sucede hasta el día siguiente. No le harán la prueba hasta el siguiente lunes. Una semana después de la mía; 10 días después desde mi inicio de síntomas.

Mi reacción al positivo fue la de sentirme culpable. Me responsabilizaba de haber hecho algo mal, por no haber sido lo suficientemente cuidadoso y sentía que había distribuido el virus. Cuando llamé a mi colega le pedí disculpas como si hubiera sido a propósito. Por suerte, el resto de gente es más inteligente y entiende que no fue mi culpa. Otro momento surrealista es el de avisar, el comunicar a amigos y familiares que tienes un virus como si informaras de una enfermedad más grave. Intentas tranquilizar contando que estás bien. Por lo general, no hay nerviosismo salvo en mi madre que rompe a llorar. Demasiada televisión, pienso. Es normal que se asuste. También avisas a tus personas más cercanas que no lo cuenten. El señalamiento es otro de los maravillosos logros de esta pandemia.

Cuando todo parecía que sólo era cuestión de esperar, al día siguiente se incorporan dos nuevos síntomas. Se agudizan los dolores de cabeza y descubro que he perdido el olfato. Lo reconozco, me asusto. Es una sensación rara. Empiezo a abrir botes de especias y el del café en busca de un olor conocido. No lo encuentro. De repente me encuentro peor, me cuesta respirar con normalidad, tragar y noto una ligera presión en el pecho. Me hago una tila, intento relajarme. No lo consigo. Llamo al ambulatorio para informar de nuevos síntomas. No me lo cogen. Llamo al 112. Me hacen muchas preguntas. Más de las que puedo responder en ese momento. Más de las que pueden contestar mis conocimientos. Me dicen que me llamarán. Otra vez a esperar.

Me llaman desde el ambulatorio. Otra vez más preguntas. Me dicen si quiero una ambulancia. Considero que eso lo tienen que decidir ellos a raíz de mis síntomas. Finalmente, acceden. Confirman mi dirección y la envían. Tarda. Entiendo que no soy una urgencia. Al bajar de casa sucede que hay varios vecinos mirando. Se activa el protocolo fisgón. Entro con rapidez, aunque el conductor se toma su tiempo. No me dirige una palabra. No me informa dónde me llevan. Gracias al GPS de su móvil descubro que es un hospital distinto al que le corresponde mi centro de salud. Es más cercano a mi casa. Entiendo que es por eso.

Llegamos al hospital y me dice que espere en la ambulancia. Baja, apaga el aire y cierra con llave. Gracias. En agosto, con mascarilla y dificultad respiratoria es todo una ayuda. Al cabo de unos minutos viene a por mí. Entiendes que se seguirá algún protocolo de aislamiento. No es así. Me dejan de pie esperando en triaje. Al lado de una chica joven y un hombre en camilla que parece haber tenido mejores días. Me aparto lo máximo posible de ellos en un espacio pequeño. Paso con el médico. Me mide la temperatura, me hace varias preguntas y me pide que lo acompañe. Imagino que a alguna habitación aislada. Error. Me deja en un pasillo rodeado de gente. Con cierta distancia, sí. Pero en un pasillo sin ventilación. Tampoco me informa de qué me van a hacer. Sólo me indica que espere ahí. El chico de al lado me confirma que es una zona de posibles positivos, pero que no lo saben todavía. No termino de entender por qué estoy yo ahí siendo positivo. Lo pregunto a un par de médicos que pasan y me indican que "es lo que hay".

Paso cinco horas en un pequeño pasillo con casos por confirmar. Primero me hacen una placa torácica. Entiendo que para descartar daños pulmonares. Me vuelven a sentar en el pasillo. No me informan de nada. Pasan las horas. En ese rato veo cómo sientan a pacientes nuevos en el sitio de los anteriores sin desinfectar. El chico de mi lado se lo indica al médico que lo trae. "Todos vienen para lo mismo" dice con una risa nerviosa. No desinfecta. Sigo sin comprender que ese sea el protocolo. A las tres horas de llegar me llaman para sacarme sangre. Pregunto para qué. Me dicen que lo ha pedido la doctora. Insisto en que soy positivo y que no entiendo estar con casos negativos. Me contestan que esa zona es para eso y no hay más espacio. Me devuelven a mi asiento y me informan que tardan unas dos horas los análisis.

Tras la espera, me llama la doctora. Me pide perdón por no haberme atendido antes, pero dice que han entrado casos graves y han decidido empezar con las pruebas pese a no haber hablado conmigo. Le digo que no pasa nada. Me confirma que están bien los pulmones. Que los análisis eran para descartar problemas en el corazón y achaca todo a la ansiedad. Me dice que es muy común en casos con coronavirus. Me receta diazepam, me dice que me seguirán haciendo seguimiento y listo. Le pregunto por la vuelta a casa y me dice que hay taxis y autobús en la puerta. Entiendo que la ambulancia no es un servicio de transporte, pero me extraña que se me permita coger un autobús infectado. Al final mi pareja me recoge. Me parece el menor riesgo a asumir. Fin a un día eterno en el que me preocupan los protocolos que se siguen en los hospitales. Confío en que ellos sepan más que yo.

A la mañana siguiente me llama mi médica del ambulatorio. Me pregunta dónde estoy, si en el hospital o en casa. Le confirmo que en casa. Me pregunta qué me hicieron en el hospital y si estoy bien. No entiendo que no tenga acceso a mi historial clínico. Me informa que al ser un hospital distinto al que le corresponde al centro de salud no puede acceder. No entiendo que dentro de una misma provincia existan esas limitaciones, pero le indico que estoy bien, que fue ansiedad, que llevo ya varios días sin fiebre y me encuentro bien salvo la pérdida de olfato. Me dicen que seguirán llamando y que indicará en mi historial clínico que mis pruebas son de otro hospital para que la siguiente persona que me llame lo sepa. Pensaba que sería siempre la misma. A los días entendí que no.

El resto es paciencia y desesperanza. Al lunes siguiente le hacen la prueba PCR a mi pareja. Al día siguiente le informan que el resultado es negativo. Nos sorprende. Hemos tratado de guardar distancia. Es duro estar confinadas dos personas que han decidido no tocarse ni besarse ni en los momentos más tristes del encierro, pero buscamos minimizar riesgos. Pero te han dicho tantas veces que el virus es muy contagioso que no entiendes que no esté contagiada. Una vez más, la pandemia te genera mil dudas. La vuelven a citar una semana después para otra PCR por si es un falso negativo. Una semana después. En ese tiempo, consigo yo el alta y ella debe seguir confinada. Pasa más de 3 semanas encerrada siendo negativa su prueba. A ella no le hacen ningún seguimiento. Nadie le llama para confirmar que sigue bien, que continúa sin síntomas y en casa. Nada.

Por suerte, estamos concienciados con el problema y cumplimos los protocolos sanitarios. Hemos permanecido en casa el tiempo que nos han indicado, hemos informado a la persona con quien tuvimos contacto, amigos y familiares nos han hecho la compra y nos la han dejado en la puerta de casa y, también, tuvimos que volver a instalar aplicaciones de videollamada que decidimos borrar confiando en no tener que necesitarlas de nuevo. En el momento de escribir esto sigo sin olfato. Aunque a veces me da la sensación de oler algo, creo que se debe más al recuerdo que dibuja mi mente que a la realidad. Cada mañana meto la cabeza en el café confiando en que vuelva. También tengo cefaleas ocasionales que no es capaz de frenar el paracetamol. En mi caso, también me ha generado más miedos. Pese a que se supone que soy inmune, llevo semanas sin abrazar a mis padres ni a nadie. Tras el alta los he visto de lejos y con mascarilla. Sé que ellos no lo pasarían tan bien como yo y no quiero cargar con ninguna culpa.

Insisto en que sólo soy un caso más, pero cuando hay tantos, hay tantas particularidades que entiendo que no va a ser fácil frenar el avance de la pandemia. Habrá quien decida que la cuarentena no va con él, pero también el jefe que no le deja guardarla. Habrá quien viva en un piso pequeño con mucha gente y no pueda aislarse o quien llame a su ambulatorio y no tenga atención primaria y su única solución sea pasar horas en urgencias. Hay muchos casos. Ahora mismo unos 4.000 diarios. Con una sanidad precaria y muchos viviendo o trabajando en espacios donde es imposible guardar las distancias necesarias para frenar el virus. La responsabilidad individual está bien y hay que apelar a ella, pero hay una responsabilidad política y social que es prioritaria para frenar futuras pandemias, porque para esta llegamos tarde. Toca mejorar la vida de las personas, su entorno y protección laboral y su asistencia médica o no servirán de nada las múltiples campañas o los millones de multas. Porque se decía que el virus no entendía de clases, pero sí. Los barrios pobres siguen sufriendo más. Y no es irresponsabilidad, es que nos abandonasteis hace años y preferís hacernos cargar con la culpa en vez de asumir vuestros fallos. Pero esta vez no podemos volver a consentir que nos hagan cargar con la culpa de la crisis.