Opinion · Dominio público

Una posguerra difícil

Enrique Vega
Analista de conflictos y de su gestión internacional
Ilustración por Mikel Casal

Parece que está a punto de terminar, con la entrada en Trípoli de las heterogéneas milicias del Consejo Nacional Transitorio (CNT) libio, la tercera guerra llevada a cabo por la OTAN con lo que podríamos denominar la “estrategia de la doble asimetría”. ¿Por qué doble? Se puede considerar que ya está firmemente consensuada la denominación de guerra asimétrica para designar a aquellas en las que los bandos enfrentados son significativamente disímiles en sus capacidades de combate, en su estatus internacional y en su percepción del tiempo. Las aún inacabadas guerras de Afganistán e Irak son, no sólo los mejores ejemplos, sino las que han propiciado la necesidad de esta denominación de guerra asimétrica. De doble asimetría son las de Bosnia-Herzegovina, Afganistán (esta se puede denominar de las dos formas) y la que está a punto de finalizar en Libia –en las que la OTAN, lógicamente, ha jugado siempre el papel de bando fuerte–. Las tres se iniciaron para resolver (en cada caso por diferentes razones) otra guerra interna, también asimétrica, en favor del considerado bando débil.
La República de Bosnia-Herzegovina frente a la República Serbobosnia, en el primer caso. La Alianza del Norte frente al régimen talibán, en el segundo. Y el CNT libio frente al Ejército de la Yamahiriya, en el tercero. En los tres casos, la estrategia seguida ha sido similar. Al contar ya sobre el terreno con las fuerzas del bando más débil, la actuación de Estados Unidos y la OTAN se ha volcado en apoyarlas con su enorme potencia desde el aire, neutralizando la capacidad de combate del bando más fuerte y facilitando la victoria de sus protegidos: los musulmanes, la Alianza del Norte o, en estos días, las milicias del CNT.
Pero aquí parecen acabarse las similitudes. Si las guerras pueden unificarse conceptualmente, las posguerras de los dos antecedentes del caso libio difieren significativamente. En Bosnia-Herzegovina, las operaciones alcanzaron plenamente su objetivo militar de crear y mantener unas condiciones en las que la reanudación de la guerra resultase impensable a estas alturas. No obstante, sólo alcanzaron parcialmente el objetivo político de que las tres comunidades constitutivas de la República (musulmanes, croatas y serbios), se sientan miembros de una misma nación. En cambio, en Afganistán no parece haberse alcanzado en absoluto el objetivo militar (la insurgencia talibán pervive más fuerte que nunca), ni siquiera relativamente el político, ya que nadie es capaz de predecir qué pasará a finales de 2014, una vez que el grueso de las tropas internacionales abandone el país.
Podemos sacar una conclusión: en las guerras de doble asimetría no sólo hay que tener una estrategia de guerra, sino también una visión realista de la posguerra. Y me temo que no haya sido demasiado realista dejarse llevar por las prisas electoralistas basadas en encuestas, como han hecho los principales dirigentes occidentales, haciendo como que se creen la fe democrática –que puede ser cierta o no– y el sentido nacional (que no tribal o regional) de una serie de dirigentes del CNT, salidos, más o menos recientemente, de las filas de la propia Yamahiriya. Han actuado, una vez más, como si, a pesar de sus grandilocuentes declaraciones en sentido contrario, sólo fueran capaces de encontrar soluciones militares a cualquier problema político con visos de poder afectar a la economía (con oleadas de refugiados, por ejemplo) o a valores insistentemente repetidos, aunque selectivamente defendidos (como los derechos humanos, por ejemplo).
Han tratado de apoyarse, para no parecer colonialistas, en el supuesto respaldo de los propios países árabes (muchos de ellos de acrisolada trayectoria democrática y de protección de los derechos humanos, como todos sabemos), mientras la realidad es que el Comité de Asuntos Exteriores y Políticos de la Liga Árabe, en el comunicado final de su reunión del pasado 21 de agosto, rechazaba de forma bastante clara –además de instar a Gadafi a entregar el poder– “las operaciones de la OTAN”, calificándolas de injerencia extranjera. Unos países árabes ya previamente enemistados en su mayoría con el régimen de Gadafi, sin necesidad de que este resistiera con la fuerza de las armas la sublevación, popular y regionalista (tribal) al mismo tiempo, de su propio pueblo. E ignorando la posible mediación de la Unión Africana, en la que la Yamahiriya estaba mucho más inserta y con la que, probablemente, tenía muchos más compromisos mutuos.
Una Unión Africana que podía haber encontrado (¿quién sabe?) una solución africana que hubiese parado los combates sin vencedores ni vencidos (los africanos pueden parecernos muchas veces más feroces que nosotros, pero son, sin duda, mucho más flexibles a la hora de negociar), que hubiese mantenido el país unido o debidamente dividido (¿no acabamos de verlo en Sudán?) y que, sin demonizarlo, quizás podría haber sacado a Gadafi del poder, aunque fuera para ocupar un alto cargo en su propia organización. El objetivo militar, detener los combates con escasa probabilidad de reanudarse, se habría conseguido. El objetivo político, acabar con el ya insostenible por más tiempo régimen de la Yamahiriya, también. El objetivo final, una posguerra sostenible, a lo mejor también. Esto es lo que a lo mejor no hemos conseguido.