Dominio público

La guerra, la izquierda y la disputa del proyecto europeo

Mario Ríos

Doctorando en la UdG. Profesor asociado en la UB y en la UdG

Daniel V. Guisado

Politólogo

Numerosos manifestantes en la marcha, ‘No a la guerra de Putin’, en la calle Alcalá, a 20 de marzo de 2022, en Madrid.- Cézaro De Luca / Europa Press

La historia europea es una historia de violencia indómita. Como explica el historiador Julián Casanova en su último ensayo, Europa ha estado atravesada en los últimos cien años por una constante que es la violencia y sus derivadas en forma de revoluciones, revueltas, terrorismo y guerras. La aparición de la UE redujo considerablemente esta tendencia al recurso de la violencia política en sus Estados miembros, pero eso no quiere decir que en el continente no se hayan producido conflictos violentos como la Guerra de los Balcanes, sin ir más lejos. Es en este marco de desarrollo histórico en el que debemos situar la guerra de Ucrania. Sin embargo, que la perspectiva histórica nos muestre que la invasión sigue una lógica bélica muy presente en la historia europea no quiere decir que esto no tenga incidencia en las opiniones públicas europeas, que veían la guerra como algo exótico que ocurría fuera de las fronteras europeas y cuyo efecto más directo sobre nuestras sociedades era la llegada de refugiados, ya fuera de Siria o de Afganistán.

Una primera aproximación al impacto que la guerra en Ucrania está teniendo en la opinión pública española nos la ha dado el barómetro del mes de marzo del CIS. Los datos que recoge este estudio nos muestran una ciudadanía que apoya ampliamente cualquier tipo de ayuda a Ucrania (financiera, humanitaria e incluso militar), que quiere ofrecer a los ucranianos la protección internacional que aportan la entrada a la UE y a la OTAN y que también secundan la presión internacional sobre Putin, así como las sanciones económicas destinadas a debilitar la capacidad financiera de Rusia. Además, la sociedad española rechaza claramente la figura de Putin y esto sitúa al autócrata ruso como el principal culpable del conflicto bélico que estamos viviendo.

Si analizamos algunos datos, vemos que hay un acuerdo total de la sociedad española con las opiniones publicadas en la mayoría de las democracias avanzadas occidentales. No existe ambigüedad de opinión en nuestra sociedad: la guerra preocupa a la inmensa mayoría (86,4%), creen que puede extenderse a otros países (75,3%), concierne claramente a España y a sus intereses (82,7%) y también a la Unión Europea (95,7%). Es un tema de actualidad, pero que impacta de lleno en un imaginario que siempre ha mirado a Europa como plataforma de modernización, democratización y libertad. Esta guerra no nos afectará tanto por sus efectos (refugiados, como en anteriores conflictos) como por el ataque directo que representa a nuestra visión del mundo y modelo de vida. Esta vez la sociedad española, y por ende europea, es interpelada directamente.

Ahora bien, ¿cuál es el efecto de la guerra sobre la opinión pública española comparado con lo que encontramos en otros países de la UE? El estudio realizado por la Fundación Jean Jaurès en Francia, y que encuesta a población francesa, alemana, italiana y polaca, muestra cómo la guerra en estos países también es una cuestión europea y no un conflicto alejado del imaginario de la mayoría de la población. De hecho, el conflicto bélico está construyendo un consenso alrededor de la construcción europea que consolida una unión cada vez más estrecha tal y como pasó con la pandemia. Acogida de refugiados, ampliación de la UE hacia Ucrania y creación de un ejército europeo, es decir, de una política de seguridad común, son medidas que están apareciendo en las opiniones públicas europeas y que sitúan el marco del debate bélico a nivel comunitario e implican una serie de transformaciones sobre las que la izquierda debe tener propuestas. Tanto la opinión pública francesa, alemana, italiana, polaca y española se posicionan sustantivamente de la misma manera ante este conflicto y las posibles acciones destinadas a resolverlo. Emerge, pues, un consenso que se está fraguando en la sociedad europea, que se ve confirmado por los datos del CIS en España y por este estudio paneuropeo, y que es transversal ideológicamente: la amenaza rusa sobre Ucrania ha activado una respuesta europea que sitúa el proyecto comunitario y su respuesta en el centro del debate político y del que solo parece distanciarse la extrema derecha.

Es por este motivo que Salvini en Italia, Le Pen y Zemmour en Francia o Abascal en España se han visto en una difícil tesitura a la hora de abandonar u ocultar sin paliativos todas las simpatías, fotos, comentarios y vínculos que en el pasado han experimentado con el régimen de Putin. Al igual que durante la pandemia, la coyuntura internacional está explotando las contradicciones de una derecha radical que creció al calor de la crisis de legitimidad europea y de la distorsión cultural y nacional con la llegada de refugiados. Solo un dato: el 63,7% de los votantes de Vox están muy de acuerdo con acoger y ayudar a los refugiados ucranianos, y para el 49% la imagen de Putin ha empeorado recientemente. Estamos ante una coyuntura de opinión pública radicalmente distinta a la que se puede producir en la frontera sur o en Oriente Medio, y esto expone a Vox y sus aliados europeos a grandes contradicciones internas.

Como vemos, este impacto político no solo afecta a las diferentes opiniones públicas. Incide especialmente en los actores políticos y entre estos, a quien más afecta es a la izquierda. Algunos actores de la izquierda política y social, siempre con vocación pacifista e internacionalista, se ven sobrepasados por un acontecimiento que no solo supera su marco discursivo, anclado en el mito del No a la guerra de hace 20 años, sino que trastoca el análisis que esta realizaba alrededor de las coordenadas geopolíticas que rigen el mundo actual. El resultado es unos actores políticos desubicados ante el ritmo que adquiere el conflicto bélico y sus respuestas, con fuertes divisiones internas sobre el diagnóstico que nos ha llevado hasta aquí, sobre cómo encarar la situación y, fuera de toda incidencia, sobre su resolución política y diplomática. Ante la guerra, la izquierda sólo tiene eslóganes. Y los tiene en un momento en que el consenso que parece erigirse en las sociedades europeas alrededor del futuro de la Unión está en disputa.

La cuestión que más ha encendido el debate es el relativo al envío de armas. La naturaleza de la medida ha chocado con el imaginario y con los mitos de la izquierda, provocando un momento que ha basculado entre la inercia pacifista y la parálisis propositiva. Este conflicto se ve también en el último barómetro del CIS, donde el electorado de Unidas Podemos no solo está más dividido que el resto (el 51,3% está de acuerdo con enviar armas, frente a un 70% en la sociedad; y un 20,5% en contra, frente a sólo el 21% de media), además se encuentra muy dubitativo (uno de cada cuatro electores no tiene una posición respecto al tema; en el conjunto de la sociedad el no-posicionamiento es el 5%).

Son más las diferencias que encontramos entre el electorado de Unidas Podemos y el resto de la sociedad en cuestiones clave. Así, los primeros además de creer tener menos conocimiento del conflicto y sentirse menos preocupados, también ven menos probable que la invasión de Putin siga extendiéndose a otras geografías cercanas y para ellos tanto la imagen de Putin como la de Rusia ha empeorado en menor cantidad que para la media española.

Todo ello nos lleva a afirmar que ante el contexto actual, un rechazo frontal a lo bélico, si este no viene con elementos propositivos para abordar el conflicto y su impacto sobre las sociedades europeas, se corre el peligro de terminar en tierra de nadie. Como con la pandemia, el desborde que el contexto bélico supone sobre la autonomía política nacional puede representar una ventana de oportunidad para cambiar el rumbo político internacional. La UE puede convertirse en un actor geopolítico más unitario y ejercer así como poder en un mundo multipolar cada vez más acelerado, pero esto solo puede llevarlo a cabo si retoca su arquitectura institucional actual, impulsando medidas que impliquen mayor integración y donde las izquierdas no pueden quedarse fuera del debate.

Existe en una situación de excepcionalidad como la que estamos viviendo un caldo de cultivo a favor de medidas destinadas a fortalecer el proyecto comunitario desde diferentes ámbitos y las opiniones públicas a nivel europeo y nacional parecen remar en este sentido. Las consecuencias del conflicto bélico con Rusia pueden representar varias cosas: un cambio en el sistema energético europeo, dotar a la Unión Europea de elementos de fiscalidad propia, permitir de nuevo el endeudamiento mancomunado o medidas de protección social y económica comunitarias. Pero no solo eso, si la Unión Europea quiere ser un actor geopolítico importante debe tener una autonomía política en sus actuaciones y debe ser punta de lanza a la hora de diseñar su propio sistema de seguridad y no depender de la OTAN o de EEUU. Las guerras cambian las lógicas y dinámicas existentes hasta el momento. Ahora que parece abrirse una oportunidad para redefinir las reglas del juego comunitarias, la izquierda debe decidir si da un paso adelante para construir un consenso europeo desde una óptica progresista o si sigue desubicada en una esquina del tablero político, con la consecuencia directa de permitir que la derecha hegemonice esa disputa.