Dominio público

Cómo no regalarle el pueblo a la reacción o lo que sí hay que aprender de Mélenchon

María Corrales

Politóloga

El candidato presidencial del partido La France Insoumise (LFI), Jean-Luc Melenchon (C), pronuncia un discurso tras los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas en París, Francia, el 10 de abril de 2022. (Elecciones, Francia) EFE

Michel Houellebecq publicó en enero su nuevo libro Anéantir  (Aniquilar en su versión castellana), cuya traducción parece que podremos leer, por fin, en agosto. De él sabemos que el tema principal volverá a ser la decadencia de la vieja masculinidad desacompasada a sus tiempos y que tendrá algo de thriller, geopolítica y drama familiar. Sin embargo, lo que también sabemos desde el domingo es que Anéantir no le volverá a valer, por el momento, el calificativo de profeta que tantas veces se le achacó en el pasado.

Y es que al escritor francés le ha pasado como a la inmensa mayoría de opinadores, analistas y tertulianos españoles: su apuesta auguraba la desaparición de la izquierda en un país donde palabras como "islamoizquierdista" y teorías como "la gran sustitución" están a la orden del día. Un paisaje francamente deprimente, acorde al de cualquier novela de Houellebecq, que parecía abocado a tener como únicos protagonistas a Enric Zemmour y a Emmanuel Macron, lo que habría significado, básicamente, una contienda entre dos facciones de las élites para quienes socialistas y conservadores habían dejado de ser útiles.

El invierno de 2021 vaticinaba malos tiempos para populismos de uno y otro signo cuyos proyectos ya habían sido enterrados en Italia o en España bajo escisiones o refundaciones de raíz identitaria. A su izquierda, las derrotas del nuevo ciclo dejaban un reguero de nostálgicos obreristas, verdes y coleccionistas de etiquetas varias que con mayor o menor acierto pregonaban el cierre de la ventana de oportunidad. A su derecha, la vuelta de la guerra de civilizaciones justificada desde las más antiguas esencias de la religión católica y que ante toda cuestión de coyuntura respondía gravemente que la pregunta era por la ontología de la nación, y la batalla, por la existencia.

En este sentido, hay, por lo menos, una lección trascendente y aplicable al contexto europeo que aprender de Mélenchon: no regalar nunca "el pueblo" a la reacción. Puede parecer algo obvio y voluntarista, pero hay muchas formas de ejecutar esta operación y convivimos con ellas todos los días. Pondré algunos ejemplos:

1. Se le regala el pueblo a la reacción cuando se parte de una idealización racista, homófoba y machista del trabajador. Estoy hablando de lo que se ha venido llamando, con mayor o menor acierto, "izquierda reaccionaria". Una posición que tendría que ver con renunciar tácticamente a los debates supuestamente identitarios como el feminismo y el ecologismo. Una postura que, por supuesto, siempre acaba por convertirse en estratégica y que suele incorporar al lenguaje propio los marcos y significantes de la extrema derecha.

Contrariamente a este diagnóstico, Mélenchon ha demostrado que se puede disputar electoralmente una sociedad, a priori, más conservadora, sin renunciar en ningún momento de la campaña a hablar de transición ecológica y feminismo, algo que sí han hecho sus antiguos compañeros del PCF. Es más, Mélenchon ha roto una barrera absolutamente necesaria, la de apelar a los votantes de Rassemblement National, sin, por ello, mimetizarse con su discurso a diferencia de la líder conservadora, Valérie Pécresse. De hecho, en un giro de los acontecimientos, quien ha acabado por autoproclamarse feminista ha sido la misma Marine Le Pen. Y es que como diría Lenin, "en cada cultura nacional existen, aunque sea sin desarrollar, elementos de cultura democrática y socialista", de lo que se trata es de subrayarlos.

2. Se le regala el pueblo a la reacción cuando se divide la sociedad en "bloques" y uno se entrega. Mélenchon ha decido interpelar al votante de Le Pen durante toda la campaña y debatir con la extrema derecha asumiendo que en Francia fuerzas como Le Pen y Zemmour estaban más que normalizadas. Así, en vez de regalarle a las derechas un "bloque reaccionario" desde el que atrincherarse e ir haciendo incursiones hacia el propio, el líder de la Francia Insumisa se ha dedicado a hablarle, literalmente, al 90% de la ciudadanía que estaba de acuerdo con subir el Salario Mínimo o bajar la edad de jubilación, incluyendo en ese porcentaje al simpatizante de Rassemblement National. Una pensaría estar acostumbrada, pero, de nuevo, me ha sorprendido leer, por enésima vez, que el problema de todo ha sido "la falta de unidad de la izquierda". Podría repetir los argumentos, pero es que estamos hablando de una candidatura llamada "unidad popular" que, además, ha llevado a buen puerto dicha práctica que poco o nada tiene que ver con la unidad de la izquierda. Conclusión: es importante señalar que por el sectarismo de determinados partidos Mélenchon se ha quedado a menos de dos puntos de la segunda vuelta, pero es más importante aún aprender cómo ha conseguido alcanzar los otros 22.

Este punto me parece especialmente importante en un país como el nuestro donde Vox no sólo está normalizado como fuerza política, sino que se está ampliando, y donde el malestar acumulado que empieza a estallar con la crisis económica entiende poco o nada de izquierdas y de derechas. Como apunte, hace falta recordar que Mélenchon incluyó en su programa político las demandas de los chalecos amarillos sin necesidad de pedirles ningún carnet. En este sentido, señalando todas las distancias, lo que ha hecho la izquierda francesa con el potencial votante de extrema derecha es lo que hizo Soria Ya en su provincia, y ambas estrategias han resultado, con mucha diferencia, ser bastante más eficaces que las réplicas y contrarréplicas entre partidos al respecto del cordón sanitario.

3. Se le regala el pueblo a la reacción cuando se confunde transversalidad con equidistancia. Hay dos mantras que suelen repetirse en política y que pueden acabar siendo contradictorios entre sí: el primero es que hacer política significa elegir las batallas; el segundo, que en política nunca hay espacios vacíos. Mal entendidos, uno puede acabar por ser el causante de grandes renuncias estratégicas que dejan el campo libre a la reacción, mientras que el otro puede desembocar en un cierto gusto por meterse en todos los charcos a pesar de conocer el mal resultado de antemano.

La campaña de Mélenchon no sólo no ha caído en ninguno de estos dos errores, sino que ha sabido aprovechar a su favor el debate sobre la guerra de Ucrania que desde el principio supuso un verdadero quebradero de cabeza para toda la izquierda europea. Evidentemente, la conclusión de esta alabanza no es la importación mimética de las posturas de la Francia Insumisa a España, pero sí, y sin ninguna duda, el aprendizaje de que hay debates centrales que configuran el campo político y el liderazgo y que no pueden eludirse. Y en este contexto, la política internacional, entendida como expresión de los determinados valores nacionales que uno quiera achacarle a su país, es absolutamente ineludible.

4. Finalmente, se le regala el pueblo a la reacción cuando se hace pasar la estabilidad por la conservación de lo establecido. En un artículo reciente abordé con más detenimiento cómo la incorporación de la demanda de orden y estabilidad por parte de la izquierda había dejado de hablar de un "nuevo orden" para referirse, sin ambages, a la defensa de lo existente. Por el contrario, Mélenchon ha señalado con acierto el horizonte de una sexta república y de "otro mundo posible" asumiendo como propios los intereses nacionales en una clara apuesta por la hipótesis nacional-popular que, en fin, algunos y algunas echábamos de menos.

De nuevo, ¿eso significa que en España, mañana, toca salir con la carta del debate constituyente? Evidentemente, no. Y no porque tengamos menos crisis irresueltas que el país vecino, sino por varias especificidades como el régimen parlamentario al que tuvieron que acoplarse los partidos que prometieron cambio político o el escaso papel que tiene aquí el debate internacional si lo comparamos con Francia. Sin embargo, a pesar de todas estas diferencias, lo que sí sería iluso es pensar que la falta de horizonte constituyente significa la existencia de algún tipo de adhesión popular a la institucionalidad vigente. Bien al contrario, la larga crisis de representación y el ascenso de lo que, por el momento, representa parcialmente una fuerza como Vox, podría estar indicando que hay millones de personas que, a estas alturas, entre la institución y el caos, eligen el caos. En este sentido, la campaña de Mélenchon nos recuerda un valioso aprendizaje: nunca hay que renunciar a representar la alternativa política. Y si se tiene un pie en la institución o en el Gobierno, es el segundo, el de la alternativa, el que debe ir siempre por delante.