Dominio público

Ucrania: guerra larga, guerra corta

Ruth Ferrero-Turrión

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM

Vista de una agenda y un libro entre la destrucción causada por los bombardeos, en Borodianka (Ucrania).- EFE

Han pasado más de dos meses desde que comenzara la invasión rusa de Ucrania. Durante estas semanas la guerra ha pasado por distintas etapas. La primera de ellas, el cerco a Kiev, pretendía la caída del gobierno de Zelenski y la toma del control del poder político en Ucrania por parte de Kremlin. Esto es la implantación de un gobierno títere que obedeciera órdenes de Moscú y que no tuviera tendencias pro-occidentales. Es decir, construir una relación con Kiev similar a la que existe con Minsk. El fracaso en la consecución de este objetivo provocó un cambio de planes en el despliegue del ejército ruso que le han llevado a centrarse, no ya en el control del país, sino en la parte oriental del mismo, la región del Donbás. Algo a todas luces mucho más factible dadas las pérdidas sin resultado obtenidas en el frente de Kiev. Esta segunda fase anunciada por el Estado Mayor ruso vuelve a centrarse en el control del territorio que sirvió como excusa para iniciar las hostilidades contra Ucrania.  De hecho, la virulencia con que la artillería rusa se ha ensañado contra las ciudades de Kharkiv/Jarkov y Mariupol muestra la necesidad que tiene el Kremlin de ofrecer algún tipo de victoria ante su propia población cuando se aproxima el 9 de mayo, Día de la Victoria en Rusia.

Esta guerra está dejando ver las costuras de tres errores estratégicos que ha cometido Moscú. El primero, pensar que Zelenski no aguantaría y que se generaría un vacío de poder que le permitiría controlar a una descarriada Ucrania de su deriva occidentalizadora. También contaba la inteligencia rusa con que una buena parte de la opinión pública ucraniana, al menos la rusófona, estaría de acuerdo en que Moscú tomará el control del poder en Kiev y que aquellos que opusieran resistencia serían fácilmente derrotados. Pero ni los rusófonos querían ser conquistados por Rusia, ni la derrota se ha conseguido frente a, una mayoría, de ucranianos, que están oponiendo una resistencia feroz ante el ejército invasor.

El tercero sería, sin duda, la firmeza en la respuesta del eje transatlántico liderado, como no, por Estados Unidos. Las previsiones el Kremlin con contaban con una respuesta de unidad frente a la invasión. Se observaba, por el contrario, este momento como propicio al percibir una fuerte debilidad en el liderazgo de EEUU y de una creciente división en el seno de la UE. Sin embargo, de nuevo aquí se equivocaron las previsiones. De hecho, la reacción de los miembros del Consejo Europeo y las medidas adoptadas han sorprendido a propios y extraños, no sólo por la contundencia de estas, sino también porque han incorporado acciones nunca vistas en el marco de la Unión. Varios son los instrumentos utilizados por el bloque occidental agrupados en dos bloques, las sanciones y el envío de armas a Ucrania.

Este pivote tiene una doble lectura. Por un lado, permite mostrar unidad frente al Kremlin. Pero además tiene por objeto debilitar económicamente a Rusia y reforzar a Ucrania militarmente para permitirla resistir frente a un enemigo mucho más poderoso. Por otro, impulsa una política de bloques, en este caso liderado por Washington, lo que hace que la UE pierda (más) capacidad estratégica. También ataca a la totalidad de la sociedad rusa y, por tanto, hace recaer la responsabilidad de la guerra no sobre Putin, sino sobre todo el pueblo ruso generando rusofobia y también victimizando a la propia sociedad que se cierra en torno a su líder que sale reforzado de la situación.  Pero, además, el envío de armas a Ucrania para que pueda ejercer su derecho a la legítima defensa, lo que hace es prolongar el conflicto y convierte la guerra en una de desgaste.

El debate ante el que nos encontramos no es menor. Se trata de optar, de elegir, entre una guerra corta o una guerra larga. Una guerra corta equivaldría a una victoria parcial rusa y a una pérdida territorial sustantiva por parte de Kiev, ya que a Crimea se sumarían también, al menos, las regiones del Donbas. Un alto el fuego a propuesta de Moscú una vez tenga controlado este territorio y el corredor que lo une hasta Crimea no es descartable. La cuestión entonces es, ¿aceptarían Zelenski y los aliados un alto el fuego en estos términos?  En caso de acceder a un acuerdo de esta naturaleza a buen seguro el mandato del presidente ucraniano estaría en el punto de mira de parte de las posiciones ucranianas más nacionalistas. Por su parte los aliados dan por descartada, al menos por el momento, esta opción, pero no se conocen que harían si se diera el caso. La alternativa a lo anterior es una guerra larga. Una guerra de desgaste alimentada por occidente gracias al envío de armas a Ucrania que se prolongaría durante meses o incluso años con la esperanza de ir debilitando al régimen de Putin y eventualmente hacerle caer tal y como han manifestado altos funcionarios norteamericanos.

Ante este binarismo en los escenarios posibles es imprescindible la articulación de propuestas políticas que intenten abordar la situación de manera compleja. Es falso el dicho de que las guerras se ganan solo en el campo de batalla. Un alto el fuego planteado como victoria parcial de Rusia no resolverá la situación creada, tampoco la prolongación de la guerra en el tiempo lo hará. Por tanto, a pesar de las dificultades se hace imprescindible templar las posiciones y los discursos, al menos los que estén en nuestra mano, huir de la demagogia que incita a pensar que no se negociará con Rusia y ser conscientes de que todas las guerras han terminado porque alguien se ha sentado a hablar con otro alguien. Y, por último, quizás lo más importante de todo, saber que piensan y que quieren los ucranianos y ucranianas porque ellos son los principales perdedores de esa guerra.