Dominio público

Las grandes fosas de la Guerra Civil no están en las cunetas

Alfredo González Ruibal

Doctor en Arqueología Prehistórica por la Universidad Complutense de Madrid y científico titular en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC

Vista de los trabajos desarrollados en las fosas comunes del cementerio parroquial de Colmenar Viejo, donde fueron fusilados 107 hombres y una mujer. -EFE
Vista de los trabajos desarrollados en las fosas comunes del cementerio parroquial de Colmenar Viejo, donde fueron fusilados 107 hombres y una mujer. -EFE

Hay pocas imágenes más poderosas de la Guerra Civil -y que movilicen tanto- como la de las cunetas repletas de cadáveres. Es poderosa por varias razones. Por un lado, representa el desprecio último a un muerto: enterrarlo o arrojarlo a una cuneta, como si fuera basura. La frase "dejar en la cuneta" equivale, además, a abandonar a alguien, que es lo que se hizo en la Transición con las víctimas del franquismo y sus familiares. Es una imagen poderosa también porque España está llena de cunetas -en cada carretera, una. Y si hay cunetas en todas partes, es que hay cadáveres en todas partes.

Pero la imagen es mucho más que eso: se trata de la realidad material de nuestra historia reciente. Porque hasta que empezaron las exhumaciones científicas en el año 2000, las carreteras de España eran un cementerio clandestino. Algunas aún lo son. La metáfora de la cuneta ha dado forma a la memoria colectiva de los españoles. Y la ha configurado hasta el punto de que se ha vuelto sinónimo de la guerra y de la violencia política en los años 30 y 40. Pero hay un problema.

Y es que se sobredimensiona este escenario del crimen. Las cunetas sin duda son importantes, pero no el único escenario. No se trata de una manía de historiador o arqueólogo. Es que las cunetas revelan un tipo concreto de represión. Nos hablan de la violencia caliente e irregular de los primeros meses de la contienda y con frecuencia de contextos rurales o ciudades pequeñas. A las fosas de las carreteras fueron a parar muchos. Pero las grandes fosas no están en las cunetas. Están en los cementerios.

Las cifras resultan sobrecogedoras. En el cementerio de San Rafael de Málaga, los arqueólogos han exhumado los restos de 2.840 víctimas de la represión franquista. A ellos hay que añadir 1.350 cuyos cuerpos fueron recuperados a tiempo por sus familiares y 400 que acabaron en el Valle de los Caídos. Una sola de las fosas de San Rafael contenía 237 individuos. En el cementerio de Paterna (Valencia) se calcula que hay 135 fosas que esconden a 2.238 fusilados. En la más grande, excavada este año, se depositaron los cuerpos de 143 hombres y una mujer. En la fosa de Pico Reja, en el cementerio de San Fernando de Sevilla, se llevaban exhumados hasta febrero 869 individuos y se calcula que esconde más de 1.100. En cada gran cementerio español, un Paracuellos.

Pero no se trata solo de una cuestión cuantitativa. Las fosas de cementerio representan otro tipo de represión: sistemática, ordenada y continuada en el tiempo. Muchas veces en posguerra, como sucede en Paterna, Castuera (Badajoz) o en Colmenar Viejo (Madrid), donde se han realizado exhumaciones la semana pasada. Y es, sobre todo, una violencia fría y paralegal: sancionada o directamente ejecutada por las autoridades.

No hay mejor evidencia del carácter metódico y prolongado de esta violencia que las propias fosas: en muchos casos nos encontramos con zanjas que se excavaron a gran profundidad y se dejaron abiertas para acomodar nuevos cadáveres. Los cuerpos se colocaban en capas, separadas por tierra y cal. La estratigrafía del franquismo.

En algunos casos el uso de los cementerios como fosas comunes continuó hasta momentos muy avanzados del franquismo: en Paterna, hasta 1956. Frente a la narración histórica que mete en el mismo saco a la Segunda República y la Guerra Civil, la arqueología no deja lugar a dudas: lo que forma un episodio histórico coherente es la guerra y la dictadura franquista. Las fosas de San Rafael se abren en 1937 y se cierran en 1948.

Las fosas de los cementerios se convirtieron en mecanismos de marginación y olvido igual que las de campo abierto, pero quizá de una forma más perversa. Porque los asesinados comparten el espacio funerario colectivo, pero segregados y sin placa que los recuerde. Las dos Españas: la que tiene nombre y memoria y la que no.

Imaginemos por un momento lo que es saber que los muertos de uno están en el cementerio, pero no puede ir a llorarlos ni ponerles flores. Imaginemos lo que es saber que los muertos de uno pueden ser desplazados, arrojados a un osario o directamente destruidos por nuevos nichos, como en Castuera o en La Almudena de Madrid. Sin posibilidad de queja, porque la queja puede ser una forma de autoinculparse o motivo para una nueva humillación.

Y por último: los cementerios constituyen la mejor forma de destruir pruebas. Enterrar en el cementerio garantiza que los muertos acabarán sellados por otros muertos; los represaliados, mezclados con indigentes y suicidas; las fosas, deshechas o desfiguradas. Quienes excavan hoy estas fosas endiabladas lo saben bien.

Las cunetas son memoria de la violencia política en la guerra. Pero para entender la verdadera naturaleza de la represión franquista, también hay que buscar en los cementerios.