Opinion · Ecologismo de emergencia

El tiburón del verano

Andrés Barrio

* Licenciado en Oceanografía y Máster en Ingeniería Ambiental

Ahora que se va acabando el verano, creo que es un buen momento para hablar de tiburones, y es que este año ha estado cargado de noticias, avistamientos y falsas alarmas que han tenido a este pez elasmobranquio como actor principal. Ante las diferentes reacciones que estas noticias han provocado, creo que es necesario darle a una vuelta a la realidad de estos animales y su influencia en la cadena trófica y el equilibrio ecosistémico.

El tiburón, que ha protagonizado la noticia más viral de todas, fue grabado el 28 de junio en la Isla de Cabrera. Se trataba de un escualo de gran tamaño, cercano a los cinco metros, que provocó un acalorado debate entre la comunidad científica por dilucidar si se trataba de un Blanco (Carcharodon Carcharias) o de un Marrajo (Isurus oxyrinchus). Debate curioso y con ciertas malas formas que ha demostrado que el síndrome Twitter ha llegado también a la ciencia.

Como suele ocurrir en verano, donde las noticias escasean, este acontecimiento ha hecho que los medios de comunicación lleven a sus “fresquitos” programas noticias varias de avistamientos y alarmas, con cierres de playas e incluso la benemérita en busca y captura de los animales. Hemos tenido tiburones en Fuengirola, Cartagena, Menorca o Manacor, donde parece ser que se ha descubierto que el tiburón es una especie marina y no cinematográfica.

Así, hemos leído titulares como el de “Un tiburón gigante aterroriza a los turistas“, aunque no sabemos si hablaban de un megalodón o de una tintorera venida a más. Hemos visto fotos de fauces y especies que nada tenían que ver con las avistadas e incluso vídeos, donde en la imagen fija aparecía un Blanco de película mirándonos fijamente. La alarma ha sido tal que la costa barcelonesa del Maresme se llegó a cerrar al baño durante cuatro horas porque a un despistado delfín se le ocurrió acercarse demasiado.

Pero el caso que más me ha descolocado ha sido el del noticiero que este julio contó como si fuera actual una supuesta mordedura de Tintorera a un bañista en Elche que realmente había ocurrido el 31 de julio de 2016. Usaron las mismas imágenes que en 2016, llegándolas a utilizar para contrarrestar las explicaciones de un experto sobre lo inusual que es un ataque de tiburón en noticieros posteriores.

Y es en este caso real, el de 2016, donde me gustaría pararme y mostrar las consecuencias de esta irresponsable visión informativa, porque gusta remontarse a la película de Steven Spielberg, pero es día a día donde se sigue creando esta psicosis. Solo basta mirar los comentarios de las noticias referentes a ese supuesto ataque para echarse las manos a la cabeza. En estos chats, la gente se pregunta “¿cómo puede ser que un tiburón llegue hasta la playa?”, se exige que “las autoridades investiguen qué está pasando”, se pregunta “¿a dónde va el dinero que da el turismo?”, se cuentan sus propias vivencias y experiencias de ataques marinos e incluso se habla de una supuesta repoblación de tiburones Blancos en Baleares. Si se sigue rebuscando en las noticias del año, la gente llega incluso a quejarse de un rescate y posterior devolución al mar de un tiburón azul en la playa Mazarronera de Murcia.

Estas reacciones pueden ser habituales en la actualidad, donde estamos todos empeñados en vivir en una burbuja donde nada ni nadie nos pueda hacer daño, pero no deberían tener sentido cuando hablamos de tiburones, no ya solo porque estaban ellos primero, sino porque los tiburones no son una amenaza para nosotros, sino que nosotros somos la verdadera amenaza para ellos. Con esto no digo nada nuevo, ya lo hemos escuchado cientos de veces, pero sobre lo que se debería informar y repetir es lo necesario que es para nuestra vida la existencia de depredadores superiores como el tiburón o como el lobo y no repetir el cuento de la caperucita bañista.

La realidad es que según los datos recogidos por la web International Shark Attack Files (ISAF), que recopila este tipo de casos, entre 1847 y 2012 en el Estado Español solo se habían producido tres incidentes con heridos. Dos tuvieron lugar en las costas del Mediterráneo y un tercero en el mar Cantábrico. A nivel mundial los datos varían según el año, donde en 2015 fue el año de la historia registrada con más ataques, 98 incidentes no provocados, o con 88 incidentes este pasado 2017, que empatan en segundo lugar con el año 2000.

Es decir, es más probable morir de gripe (1 posibilidad entre 4.107) o de una picadura de avispa (1 entre 56.789) que de morir por el ataque de un tiburón, que es de 1 entre 3.700.000, donde, si hablamos en términos estadísticos, todo lo que no supera el 3%, no existe, algo que también podíamos hacer extensivos a los ataques del lobo al ganado, que tampoco superan este porcentaje.

Pero ¿qué pasa a la inversa? Pues todo lo contrario, cada año se matan más de 100 millones de tiburones en el mundo (270.000 al día) principalmente por sus aletas, muy valoradas en el mercado asiático, su cartílago o su carne, que se consume también en Europa. Su pesca fue de forma sostenible durante muchísimos años, hasta que la industrialización del sector pesquero empezó a provocar el declive de sus poblaciones a partir de mediados del siglo XX.

Además los pobres se ven afectados por su captura accidental en otro tipo de pesquerías, como la del atún o el pez espada y, como todo bicho viviente, por el destrozo continuado y sin visos de solución de sus hábitats por la acción humana. Así hasta llegar a la situación actual donde el 42% de las especies de tiburón están en peligro de extinción (el 56% en el Mediterráneo), llegando hasta el 52% en las especies pelágicas.

De estas especies en peligro destaca el martillo, el zorro o el famoso tiburón blanco (peligro extremo), que solo cuenta con 350 individuos identificados en las costas del Pacífico Americano, y el marrajo o la tintorera (situación de alta vulnerabilidad), que son los que mayoritariamente se encuentran en nuestras costas y son capturados por nuestra flota. De hecho, la pesca del tiburón no es solo una cosa de chinos, sino que España es el país que más capturas hace de tiburón de toda la UE (350.000 escualos anuales) y Vigo es el puerto principal del comercio de su carne y aletas, donde estas dos especies antes mencionadas no tienen ninguna restricción de capturas o tamaño, ignorando los claros síntomas de sobrepesca que sufren.

La única normativa referente a la captura de tiburón es el Reglamento de la UE (Nº 605/2013) que prohíbe el llamado finning o cercenamiento de las aletas de los tiburones, porque si vamos a extinguirlos, que por lo menos sea con una pizca de decoro.

Las organizaciones conservacionistas, entre las que destacan Shark Trust, Project Aware o Shark Advocates llevan años exigiendo cuotas de capturas y el cálculo de los puntos de referencia biológica (PRB) para el control de stocks, la generación de corredores e incluso el informe de la ICCAT (Comisión Internacional para la Conservación del Atún Atlántico) alerta de la situación límite del marrajo, cuya especie supone el 10% de las capturas españolas.

Más allá de estadísticas y números, debemos ser conscientes de que esta situación en la población de un superpredador pone en riesgo toda la cadena trófica y, por ende, del equilibrio ecológico marino.

Si acabamos con la especie que está a la cabeza de la cadena alimentaria, esto propiciaría que las especies que se encuentran bajo ella aumentasen exponencialmente su número, por ejemplo las rayas o las focas. Estas agotarían las poblaciones de moluscos o peces pequeños que regulan a su vez el balance nutricional de un ecosistema, generando un efecto cascada que afectaría finalmente a los productores primarios y así a la generación de oxígeno o la fijación de carbono.

Por eso, la existencia de tiburones es un índice de calidad biológica de un ecosistema y su mayor avistamiento en la actualidad no responde a una buena calidad de este, sino a la mayor afluencia de bañistas, realización de deportes náuticos y la existencia de cámaras en todos nuestros teléfonos móviles.

La realidad es cruda y no estamos para sensacionalismos televisivos, debemos hacer hincapié en que el mar es un espacio salvaje donde nosotros somos los intrusos y cuyo equilibrio pende de un hilo. Estamos viviendo una reducción sin precedentes de los animales más grandes en los océanos modernos, alterando así los ecosistemas durante millones de años. Que esto deje de pasar está en nuestra mano.