Ecologismo de emergencia

El plástico no te va a salvar del coronavirus

La pandemia global causada por el virus SARS-CoV-2 está poniendo sobre la mesa muchas de las limitaciones de la sociedad en la que vivimos. La humanidad se siente amenazada por una enfermedad que ha puesto a prueba nuestra capacidad de respuesta ante imprevistos. Sistemas sanitarios saturados, cadenas de producción interrumpidas, actividades económicas paralizadas, medios de comunicación repletos de falsas noticias.

El confinamiento ha sido la única medida eficaz para reducir el ritmo de contagios. Pero tras semanas de pausa va tocando retomar la normalidad. Con actividad muy limitada por la inexistencia de vacunas o tratamientos eficaces que puedan frenar el drama en caso de que el número de enfermos de COVID-19 se vuelva a disparar.

En una realidad en la que llegar a un 5% de la población con anticuerpos ha supuesto casi 30.000 muertos, dejando el sueño de la inmunidad de rebaño como una quimera difícil y costosa de alcanzar. En una primera aproximación, el avance de la enfermedad hasta el 50% de la población implicaría multiplicar la cifra de defunciones por 10. De llegar al 100% de la población española tendríamos que hablar de 600.000.

El deseo de recuperar nuestra vida anterior al encierro hace surgir propuestas e ideas para poder salir de casa en condiciones de seguridad. Algunas son realistas con el momento que vivimos y otras no tanto. Se mezcla la necesidad de activar la economía con estrategias para crear una falsa sensación de seguridad que no nos van a librar del contagio.

El plástico es el gran aliado de quienes priman el beneficio económico. Ya lo era antes y, en medio de la confusión, el plástico de usar y tirar está ganando protagonismo. Sí, sin lugar a dudas el plástico de usar y tirar juega un papel clave en el ámbito sanitario. Pero fuera de los hospitales y de los centros de salud estamos abusando de un material que tiene consecuencias nefastas para nuestra propia salud.

Los guantes abandonados por las calles son una de las estampas que están caracterizando estos días. Y eso que el propio Ministerio de Sanidad nos dice que no debemos utilizar guantes cuando salimos a la calle y nos recuerda que la limpieza adecuada y frecuente de manos es más eficaz que el uso de guantes para protegernos del coronavirus.

 

Otro tanto con las mascarillas. Son imprescindibles como barrera para evitar contagiar y ser contagiados. Especialmente en espacios limitados en los que no podemos mantener la distancia mínima de seguridad ¿Necesitamos utilizar equipos de protección individual desechables para un paseo o para ir a hacer la compra? Si estamos sanos y no vamos a coger el transporte público o a permanecer en locales cerrados ¿no es suficiente con una mascarilla reutilizable que podemos lavar con el resto de la ropa?

Se nos va de las manos. Donde reclamábamos una falta de previsión y medidas más duras para frenar el avance de la pandemia ahora exigimos una libertad que pasa por ignorar el riesgo y vivir como si la amenaza del coronavirus no fuese con nosotros. Desde la industria nos venden barreras de plástico y pantallas de metacrilato como la solución para seguir como si nada.

¿Qué libertad me da salir de casa para ir a una playa a meterme entre paredes transparentes? ¿Tomar el sol entre plásticos? ¿Estamos tontos? Si el objetivo es tumbarse en la arena a pasar calor y sudar sin más no digo nada, pero tal vez las mamparas tengan varios efectos no deseados, empezando por parar esa brisita que tanto se agradece cuando se está a la orilla del mar.

Por otro lado está el asunto de la distancia de seguridad, que se establece por la capacidad del virus de transmitirse por el aire. Está claro que es difícil cumplirla en las aulas masificadas, en los gimnasios, en las bibliotecas, en los bares… ¿Qué tamaño tienen que tener esas pantallas para que impidan la propagación del virus a la redonda de cada individuo en un restaurante? ¿Qué protección aportan realmente en caso de que alguien estornude al otro lado? ¿Mejora significativamente el porcentaje que se alcanza si cada uno lleva correctamente puesta su mascarilla?

Con todo, la pregunta clave es ¿cuánto material vamos a desperdiciar en barreras falsamente seguras? El plástico viene de un recurso fósil y limitado. Lo extraemos de depósitos que se formaron hace 300 millones de años. Una época con unas condiciones climáticas que poco se parecían a las que vivimos actualmente. Tampoco la vida en nuestro planeta albergaba a la especie humana ni sus civilizaciones. Quizá esta pandemia sería un buen momento para recordar que nuestra capacidad de producir y consumir plásticos tiene consecuencias sobre el clima. Y sobre nuestra salud. Los estudios también indican la relación entre la contaminación y los efectos de la pandemia.

El plástico de usar y tirar, fuera del ámbito sanitario, donde es necesario proteger a los profesionales que están en contacto directo con los agentes infecciosos, no nos salva del virus. Más bien es un vector de contagio. Piensa en los envases del supermercado. El virus podría aguantar tres días sobre el plástico. Llevarte el agua embotellada a casa, con una sensación de falsa seguridad, es un riesgo innecesario cuando el grifo te provee de manera segura. Y mucho más barata.

Otro tanto con el resto de productos envasados que pasan días en los lineales del establecimiento esperando a que los cojas y los metas en el carro. No es solo que tengas que permanecer en un recinto cerrado -por el que transitan otras muchas personas al cabo del día- durante el tiempo que te lleva hacer la compra y pagar en caja, es que tienes que elegir entre productos que están expuestos durante días.

La otra cara de la moneda son los residuos. El consumo compulsivo durante la pandemia ha elevado hasta en un 15% la generación de residuos de envases. Afortunadamente la recogida se ha considerado un servicio esencial y, gracias al esfuerzo de las personas que lo hacen posible, nuestras basuras fluyen con normalidad hacia las plantas de tratamiento. El problema es que algunas, como el centro de Las Lomas de Valdemingomez, dan muestras de saturación.

Salir del plástico es fácil y seguro. En la frutería del barrio el único que toca la mercancía que te llevarás a casa es el frutero. Igual que en la panadería, la pescadería o la carnicería. Un aforo mucho más limitado que el del hipermercado reduce significativamente el riesgo de contagio.

Y no es sólo eso. El comercio local y de proximidad contribuye a otra necesidad clave en el proceso de vuelta a la normalidad: permite una mejor distribución de la riqueza. En vez de concentrarla en las manos de grandes corporaciones de la distribución la reparte entre comerciantes y pequeños productores, reforzando la economía local.

No. El plástico no nos va a salvar del coronavirus. Y tampoco nos va a ayudar a recuperar la normalidad perdida. Quizá podamos construir una realidad mejor: lo podemos hacer analizando nuestras necesidades y cómo las resolvemos. Donde puedas evita el plástico de usar y tirar. Y si en vez de tumbarte en la playa este año toca pasear por el parque tampoco pasa nada.

Lo importante es que lo que consumas lo hagas con cabeza, siendo consciente de las consecuencias que implica cada decisión de compra. Quizá no te puedas ir de vacaciones con normalidad, pero en vez de lamentarte, tal vez puedes dedicar el tiempo que tienes que permanecer en tu ciudad a buscar establecimientos del barrio donde hacer una compra más sostenible. Comprar productos locales y de proximidad tampoco nos va a salvar del coronavirus, pero nos ayudará a mantener un sistema de producción y consumo más sostenible a medio y largo plazo, amortiguando las consecuencias económicas de una pandemia que no hemos elegido y que, desgraciadamente, nos seguirá limitando durante un tiempo difícil de determinar.