El dedo en la llaga

¿Olimpismo? Más de lo mismo

Los Juegos Olímpicos (JJOO) están mucho más emparentados con las guerras, las rivalidades a muerte y los conflictos entre naciones que con el afán de paz, la noble competencia y el esfuerzo de superación en buena lid que pretenden sus exegetas. Lo estuvieron ya en la Grecia antigua, donde jamás pusieron fin a ninguna guerra (de hecho, su prueba estelar, la maratón, se estableció para conmemorar el anuncio de una victoria militar), y lo han estado en la Era Moderna, cuyas celebraciones han bailado una y otra vez al son marcado por la relación de fuerzas interestatales imperantes en cada momento.

El repaso de los JJOO modernos refleja cómo sus responsables nunca se han situado del lado de la defensa de los Derechos Humanos, sino todo lo contrario. Durante años, el Comité Olímpico Internacional (COI) no sólo aceptó, sino que incluso recomendó que quedaran fuera de las delegaciones nacionales los atletas negros y judíos (y las mujeres, por supuesto). El COI se humilló ante Hitler en los JJOO de 1936 y, luego, con la misma devota sumisión, ante los vencedores de la II Guerra Mundial. Más tarde se adhirió a la persecución de los deportistas homosexuales y aplaudió la investigación del sexo de las mujeres tenidas por "ambiguas".

Las autoridades olímpicas se retrataron a la perfección en 1968, tras la matanza de Tlatelolco, a pocos días de la inauguración de los JJOO de México, cuando las fuerzas represivas del Gobierno de Díaz Ordaz dispararon y mataron a cientos de estudiantes que se manifestaban pidiendo más justicia social y menos gastos suntuarios. El COI hizo como si el asunto no fuera con él. ¡Ni siquiera se declaró apenado por la masacre!

Pero tampoco nos sorprendamos. ¿A cuento de qué iba a actuar como paladín de la democracia un organismo oligárquico que selecciona a sus miembros por cooptación? Si el propio COI rechaza el control de los deportistas de base y huye de las elecciones libres, ¿en nombre de qué iba a exigir a otros –a los jerifaltes chinos, sin ir más lejos– que renuncien a lo mismo?

Los autócratas de todo signo acaban siempre entendiéndose entre sí. A fin de cuentas, les une lo esencial.