Opinión · Otras miradas

En el porno también mandan los de siempre

Ismael López Fauste

Periodista e investigador. Autor del libro 'Escúpelo' sobre la industria del porno es España

Según los análisis más optimistas la pornografía mueve billones de euros y dólares. Aunque las cifras no son fiables, ya que la industria bucea en un mar de economía sumergida que no da muchas señas de cambiar.

Sería hipócrita no reconocer hasta qué punto el porno ha pasado a formar parte de nuestras vidas y en muchos casos se ha convertido en nuestro primer contacto con el sexo. Desde las revistas deshojadas bajo el colchón a los CDs rayados con películas piratas mal dobladas. Está ahí, como parte responsable de la educación sexual de varias generaciones. Aunque quizás ahora esté más presente que nunca desde que basta con bajar el volumen y teclear una URL para tener barra libre de vídeos X.

No obstante, para ser una industria tan potente y bien posicionada, todavía no tiene la suficiente transparencia. Puede ser porque al consumidor de porno habitual no le inquieta conocer lo que hay detrás de la cámara, tal vez ni siquiera lo sospeche. Desde luego, a diferencia del putero, sentarse delante de una pantalla a ver como empotran a una teen en un sofá no tiene el mismo estigma que consumir prostitución, aunque a menudo ambas cosas apelen a las mismas fantasías masculinas.

Seamos sinceros: los muchachos tienen más tendencia a recomendarse páginas porno que puticlubs, incluso tras la preocupación sobre la creciente afluencia de jóvenes adultos a los prostíbulos.

Para algunos de nosotros, la pornografía actúa como escaparate de la prostitución. Es más barato, a veces gratis. Se mira, pero no se toca, al menos desde fuera. Quien haya pasado una temporada dentro de la industria, especialmente en España, sabrá que hay productores de manos largas y que la prostitución no es más que una extensión de la pornografía. Jamás he conocido a una actriz porno que no la ejerza para llegar a final de mes. De puertas para adentro el porno es un trampolín, una forma de subir el caché de cara a esos empresarios que buscan “compañías” de una noche y pueden costearse el viaje de la chica a la que elijan.

Aunque saliendo de la libertad viciada por la necesidad que, seguro, no le es ajena a ningún obrero, descubrimos casos más siniestros. Productoras porno ofreciendo a “sus” chicas en pisos céntricos y bien conocidos por los puteros de la capital. Por supuesto no nos toparemos allí con la chica de moda para la industria, pero esta explotación es lo que mantiene el dinero fluyendo cuando los rodajes se detienen. A falta de que la policía actúe sobre los distintos casos, sería irresponsable publicar más detalles, pero la realidad más cercana ya juzgada es la del caso Torbe.

Con todo esto a la espalda, la semana pasada me preguntaba cómo era posible que el movimiento #metoo no hubiera alcanzado la industria pornográfica. Especialmente tras los últimos esfuerzos de liberarla del yugo de etiquetas machistas y presentarla como algo transgresor, empoderante y feminista.

En este punto al juicio del lector se le presentan dos caminos: uno en el que sospecha que las quejas se silencia, lo cual confirman unos cuantos testimonios independientes de antiguas performers, o creer que todo va bien, lo cual se defendería a través de canales de Youtube impulsados por la propia industria en los que actores y actrices de moda nos cuentan con una sonrisa lo divertido que es.

La palma de la promoción se la lleva el Salón Erótico de Barcelona, que ya ha arrancado su edición del 2018 con el lema “mandamos nosotras”, aunque la idea de una pornografía por y para mujeres se contradiga con una afluencia principalmente masculina en los stands más populares. Pero creamos por un momento que “ellas” tienen el control, creamos que un evento apoyado en parte por la revista pornográfica Primera Línea (misma empresa que la desaparecida Interviú) quiere vendernos feminismo. Creámoslo. Vamos a dar un repaso por sus últimas lecciones de igualdad.

En 2015 el anuncio se centraba en la violencia usando imágenes reales de bombardeos intercalados con un primer plano de Nacho Vidal en la playa, muy zen, pidiéndonos que “follemos todos”. Porque, ¿para qué tirarnos bombas si podemos hacer el amor como él predica?

De nuevo, digamos que lo creemos. Digamos que nos tragamos lo que el actor porno conocido por usar a las actrices hasta el punto de la lágrima y pisarles la cabeza, literalmente, es un activista por la igualdad.

Paz. Follemos todos.

En 2016 tardaba Amarna Miller en protagonizar la siguiente promo con el objetivo de sacarle los colores a una España que todavía parece vivir en blanco y negro. No se hicieron esperar demasiado los aplausos de la izquierda, concretamente de los líderes de ese partido que ahora anda a vueltas con la prostitución. Aunque se les olvidó valorar que en el evento participaba Apricots, básicamente un puticlub de toda la vida. Porque hay formas de consumir sexo de pago, y unas son más progresistas que otras por lo visto.

No se hizo demasiado análisis de la situación de todas aquellas mujeres en situación de vulnerabilidad que engrosan las filas de prostitutas como consecuencia de un sistema económico y varios gobiernos fallidos. Digamos que en este momento los aplausos acallaron las voces de las víctimas y no se habló demasiado de trata.

Pablo Iglesias e Íñigo Errejón difundían el anuncio desde sus cuentas oficiales en Twitter y hablaban de no rendirse.

Al final, la actriz porno y activista acabó sumándose a la campaña electoral de Podemos y no fueron pocos los que temieron que hubiera planes más grandes para ella dentro del partido. Sin embargo, tanto presiones externas como internas obligaron a la formación morada a plantearse sus prioridades con respecto a quién los representaba y la influencia de la actriz se fue diluyendo.

La edición de 2017 pasaba sin pena ni gloria a la vez que se trataba de retirar el reportaje que cierto periodista hizo basándose en su tiempo en la industria mediante amenazas. Dicho documento trataba de exponer a la población una serie de situaciones de desigualdad dentro del negocio entre las que se encontraban historias de trata, prostitución y agresiones.

Silenciado este conflicto, el de los pases VIP de 2016 y el de Torbe, acusado de trata pero invitado de honor a la edición del Salón Erótico en 2014, el Salón Erótico se mantiene en pie sin problemas.

El spot de 2018 ha visto su oportunidad de revolcarse en la violencia de la sociedad: la víctima de la Manada, la necesidad de una reforma en la educación que recibimos y su papel en lo que ocurrió aquellos Sanfermines.

También las críticas a esa justicia patriarcal que cuenta con su propio hashtag y a los señores de la toga han servido a los capos de la industria pornográfica para vendernos su paquete. Pero no nos lo ofrecen ellos, en su lugar han elegido a una chica joven, alternativa, seria, concienciada, con todos los atributos que parecen gritar “libre” mirando a cámara con paso firme e increpándonos para que compremos un producto.

Su producto. Un producto muy bien vendido porque no son pocos los ciudadanos de a pie que piensan más en porno que en Coca-Cola. Eso es un excelente posicionamiento.

Y ese producto desarrollado y vendido en gran parte gracias a hombres con las fantasías y fetiches que les toque tener. El producto satisface la demanda, y el cliente manda, no ellas.

Un producto pagado a menudo en negro, escondido tras el fraude fiscal que tapa unas consecuencias que la sociedad no podrá llegar a ver hasta que no caiga la torre.

Un producto hermético, en definitiva, cerrado como cualquier otro escaparate pero lo suficientemente transparente para que veamos lo que quieran enseñarnos, o lo que nosotros queramos ver.

Ahora, por ejemplo, transmiten que las cosas están cambiando, que se apuntan a la revolución. Quieren decir que imitan a la sociedad con sus movimientos y sus preocupaciones. Bien. Ese producto sí que lo compro. No nos engañemos, porque a ambos lados de este escaparate no mandan ellas, sino los de siempre.