Cultura consensual y enunciados imposibles

22 Nov 2010
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Hola, la vida se me ha complicado (para bien) después de verano con mil proyectos y aún no he retomado esta sección de  entrevistas, a pesar de que desde el propio periódico se me ha insistido para que lo haga. Pero todo se andará, creo que en diciembre recomenzaré la sección.

La semana pasada, Jesús Miguel Marcos de Cultura se puso en contacto conmigo para pedirme opinión en torno a las declaraciones de Sinde sobre que el “mundo de la cultura” debería callarse en temas políticos y respetar la voz de quien sabe (expertos, políticos profesionales).

Me hizo algunas preguntas sobre la relación entre cultura y política, yo las respondí del tirón en una sola respuesta que copypasteaba cosas que habéis podido leer en “Fuera de lugar”. Ayer domingo salió el artículo.

Y aquí os vuelco el texto que le mandé a Jesús Miguel.

Hasta pronto!

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Desde la Transición, se ha impuesto en España una cultura consensual esencialmente desproblematizadora y despolitizadora.

Esa cultura consensual gobernó (aunque nunca sin réplicas) en España durante los años 80 y 90 mediante un sistema de información centralizado y unidireccional en el que sólo las voces mediáticas tenían acceso, mientras que el público jugaba el papel de audiencia pasiva y existían temas intocables.

Como cantaban los Housemartins, “nos dicen que hay diferentes puntos de vista, pero sólo son los diferentes tonos de una misma tristeza”. Esa tristeza es el consenso básico en política (sistema de partidos) y en economía (el mercado).

La reproducción de la cultura consensual pasa porque

1) aceptemos identificarnos con el papel que nos reserva a cada uno: la política es cosa de los políticos; la comunicación es la materia de los media; la palabra autorizada es un privilegio de intelectuales y expertos, etc.

2) aceptemos identificarnos con los temas que nos prescriben pensar y las alternativas que nos dan “ready-made” para hacerlo. Ayer, Gürtel, hoy Estatut, mañana lo que sea. Da igual que uno esté a favor o en contra del tema, lo importante es que se hable de él y no de otra cosa. Si aceptas el tema, si comentas el tema, si el tema te parece tema, entonces eres reconocido como interlocutor. Si el tema no te interesa, le das la vuelta a la manera de pensarlo o propones otro tema, enseguida se te llama al orden: “no tiene derecho a hablar”, “no tiene un título para opinar”, “antisistema”, etc.

Creo que cada vez aceptamos menos identificarnos con el papel y los temas que nos proponen.

La crisis de la representación atraviesa hoy todos los órdenes: cultural, político, mediático, intelectual, educativo, etc. Por todos lados surgen nuevos “colectivos de enunciación”: voces inesperadas. Y “enunciados imposibles”: miradas imprevistas y subversivas sobre el mundo. Son voces “fuera de lugar” que rebosan por fuera de los límites de las instituciones tradicionales: partido, media, sindicato, museo, universidad.

El “mundo de la cultura” ha formado parte de esos nuevos colectivos de enunciación que emiten enunciados imposibles (subversivos dentro de la cultura consensual). Pienso por ejemplo en el “no a la guerra”. Pero también ha formado y forma parte de la cultura consensual. Pienso en los debates sobre propiedad intelectual (salvo contadas excepciones). Es decir, que un “enunciado imposible” puede surgir del mundo de la cultura, pero no tiene porqué.

Lo importante es el desplazamiento por medio del cual quien no tenía una voz pública de pronto la conquista, la emplea y se hace escuchar. Puede ser “cualquiera”. Porque la política (la elaboración de la vida en común) nos afecta a todos y por tanto es asunto de cualquiera. No sólo de los políticos, ni muchos menos. Como tampoco la creación es patrimonio del mundo de la cultura, ni mucho menos. Ni el pensamiento es cosa de “intelectuales”, etc.

Y lo importante también es la cualidad de los enunciados que rompen el sentido común de lo que puede y no puede decirse, atravesando el “ruido” consensual y abriendo así lo que es posible ver, hablar y pensar sobre el mundo compartido en que vivimos.


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