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Lo que queda de Cancún

17 dic 2010
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ESTHER VIVAS Y JOSEP MARÍA ANTENTAS

La cumbre de Cancún terminó la semana pasada en medio de un cierto desinterés general. Quizá porque su fracaso era previsible, los líderes mundiales quisieron evitar otro embarazoso fiasco hipermediatizado y optaron por dar al evento un perfil mucho más bajo que el de su predecesor en Copenha-
gue. No en vano, según la documentación dada a conocer por Wikileaks, el jefe del gabinete del presidente de la Comisión Europea, Durão Barroso, afirmó que Cancún sería como Pesadilla en Elm Street II, y ¿quién quiere ver esa película de terror otra vez?”. Razón no le falta.
Si en la grandilocuente cita danesa lo único en que parecieron ponerse de acuerdo los dirigentes de los principales países fue en “la urgente necesidad de no hacer nada”, como señaló el sociólogo Michael Löwy, Cancún se ha deslizado por la misma senda. Pero, al rebajar mucho las expectativas iniciales, se ha intentado presentar el acuerdo alcanzado como un gran avance. Sin embargo, este es en realidad la certificación de una vía muerta cuya única función es, en palabras del experto Daniel Tanuro, “hacer creer que hay piloto en el avión. Pero no hay piloto. O más bien, el único piloto es automático: es la carrera por el beneficio de los grupos capitalistas lanzados a la guerra de la competencia por los mercados mundiales”.

Mucho ruido y pocas nueces es lo que hay detrás, por ejemplo, de propuestas como el anunciado Fondo Verde Climático. A la ambigüedad sobre su origen y su naturaleza, es decir, donaciones o préstamos, se añade el hecho de que el Banco Mundial será el encargado de administrarlo. No es precisamente una institución cuya trayectoria invite al optimismo. Otro tanto cabe decir de las reducciones de emisiones de gases de efecto invernadero contempladas, no sólo insuficientes sino carentes de un mecanismo de verificación adecuado. Tampoco el programa REDD (Reducción de Emisiones por Degradación y Deforestación) es un instrumento eficaz para la protección y reforestación de bosques, sino un proyecto que favorece su privatización.

En Cancún han colisionado dos lógicas antagónicas. De un lado, la del beneficio a corto plazo y el tacticismo electoral permanente, propios del capital y la política gestionaria encarnada por la mayoría de los gobiernos del mundo. Del otro lado, la lógica a largo plazo de la defensa de la humanidad, la vida y el equilibrio con la naturaleza, representado por el movimiento por la justicia climática. Una y otra marcan dos destinos alternativos para la humanidad.
Salvar el clima requiere la adopción de políticas que toquen el corazón del actual modelo de producción, distribución y consumo, y no meros retoques cosméticos. El cambio climático plantea la necesidad de unir el combate por la justicia climática y por la justicia social, y de huir de las falacias del capitalismo verde y del barniz ecológico a las políticas social-liberales. En otras palabras, expone la urgencia de lo que el editor de la Monthly Review, John Bellamy Foster, llama “una revolución ecológica que necesariamente debe ser también una revolución social”.
La vacuidad del acuerdo alcanzado contrasta con la claridad de la declaración final del Foro por la Justicia Climática. En ella se demanda “una transición justa a un cambio profundo del modelo de producción y consumo” y se reivindican medidas como: compromisos de reducciones obligatorias de emisiones de gases de efecto invernadero para estabilizar el aumento global de la temperatura en un máximo de 1,5°C; reparaciones y compensaciones de la deuda y los crímenes climáticos cometidos en los países del Sur; y el fin de las falsas soluciones tecnocráticas y basadas en la economía de mercado, como los mercados de carbono, la energía nuclear y los agrocombustibles o el programa REDD.

La visión a largo plazo de los manifestantes en Cancún contrasta vivamente con el trágico inmediatismo de los dirigentes políticos. Curiosamente, cuando el movimiento “antiglobalización” emergió abruptamente en 1999 en Seattle frente a la Organización Mundial del Comercio, la respuesta del establishment fue denunciarlo como un movimiento incoherente y falto de propuestas. Esta crítica fácil nunca fue verdad. Ideas y medidas no han faltado, como se ha podido comprobar en los múltiples foros sociales realizados. La crisis global mostró ya claramente que si alguien carece de ideas y soluciones, más allá de aferrarse a la conservación del modelo actual y de intensificar sus elementos más destructivos, son los principales gobiernos del mundo. El debate sobre el cambio climático ha puesto aún más negro sobre blanco esta realidad.

El movimiento por la justicia climática tuvo en Copenhague un trampolín perfecto para su lanzamiento y, poco después, avanzó un paso más en la cumbre alternativa de Cochabamba en abril de 2010. Cancún ha sido escenario de movilizaciones que, sin ser particularmente fuertes, son significativas. Pero ello no puede esconder la debilidad y la dispersión de las movilizaciones internacionales el 7 de diciembre, día de acción global, con unas pocas acciones simbólicas en algunas ciudades del mundo.
La toma de conciencia de la gravedad del cambio climático está ya muy extendida. Sin embargo, la variable fundamental es su cristalización en organización y acción colectiva siguiendo la estela de las calles de Copenhague, Cochabamba y Cancún, de donde ha vuelto a emerger un mensaje muy claro: para que no cambie el clima, hay que cambiar el sistema.

Esther Vivas es miembro del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales de la UPF

Josep María Antentas es profesor de sociología de la UAB

¿Antisistema? Por supuesto

15 oct 2010
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JOSEP MARIA ANTENTAS Y ESTHER VIVAS

Josep Maria Antentas y Esther Vivas son autores de ‘Resistencias Globales. De Seattle
a la crisis de Wall Street’

A raíz de los incidentes ocurridos en Barcelona el 29-S, la crítica a los “antisistema” ha inundado el debate en los medios de comunicación asociando, de forma reduccionista y descontextualizada, el concepto antisistema y la violencia urbana.

Lejos de esta imagen interesada, la práctica diaria de los “antisistema” se encuentra en las federaciones de vecinos opuestas a la especulación inmobiliaria, en el sindicalismo alternativo, en el activismo contra el cambio climático, en los foros sociales, en la defensa del territorio frente a las grandes infraestructuras, en los centros sociales autogestionados, en la generación de experiencias de consumo alternativo y de promoción de la agroecología, o en los intentos de abrir una brecha en el sistema político impulsando candidaturas alternativas. Los movimientos sociales alternativos se caracterizan por ser motores del cambio social, generar propuestas rompedoras y fomentar nuevas formas de sociabilidad, de pensamiento crítico y de creación artística, liberando la creatividad humana encorsetada en las rutinas cotidianas.

En un contexto donde la credibilidad y la legitimidad del actual modelo económico está en entredicho, a pesar de que sus valores han penetrado profundamente en las conciencias de los de abajo, el poder establecido lucha para evitar que descrédito y malestar se transformen en movilización. Para conseguirlo es preciso que los trabajadores piensen que esta no sirve para nada y que todo está perdido de antemano. De ahí los discursos oficiales sobre la imposibilidad de practicar otra política, de ir contra los mercados internacionales, de la inevitabilidad de las reformas anunciadas, y las tentativas de fabricar un mensaje mediático de fracaso del 29-S con fines desmoralizadores.
Se requiere también desacreditar al anticapitalismo emergente y a los movimientos sociales. Los intentos de criminalizarlos y estigmatizarlos pretenden abrir una fosa insalvable entre las minorías activistas y el grueso de los sectores populares. Lo vimos a comienzos de siglo en el momento de auge del movimiento “antiglobalización” y lo vemos ahora en medio de las resistencias a la crisis.

El sensacionalismo en torno a la violencia del 29-S ha buscado descalificar directamente a la huelga, en el caso de los sectores reaccionarios opuestos a la misma, o a los movimientos sociales alternativos, en el caso de la izquierda institucional, favorable a la convocatoria, pero contraria a una perspectiva de ruptura con el presente orden de cosas.

El tratamiento mediático de las acciones violentas cuando tienen lugar en manifestaciones y actos de protesta contrasta crudamente con el de la violencia de todo tipo que emana de las relaciones de poder, dominación y explotación del sistema actual, a menudo invisibilizada y naturalizada. Así, por ejemplo, el énfasis exagerado en los destrozos en inmuebles el día de la huelga sirve para esconder violencias mucho más graves sobre personas ocurridas durante la misma, como la represión policial a los piquetes sindicales y, sobre todo, las coacciones empresariales a los trabajadores para que no secundaran la huelga.

Ante un sistema sombrío y violento, incapaz de satisfacer las necesidades básicas de la mayoría de seres humanos y responsable de una crisis ecológica global que amenaza a la propia supervivencia de la especie, somos muchos quienes sin duda nos consideramos antisistema, aunque le veamos poca utilidad en utilizar un concepto fabricado por los mass media y de claras connotaciones peyorativas. Si el sistema al que nos oponemos es el capitalismo, nada mejor que definirnos simplemente como anticapitalistas.

A pesar de su aparente carácter negativo, el anticapitalismo, tal y como lo entendemos, desemboca directamente en la formulación de propuestas alternativas que apuntan hacia otro modelo de sociedad. “La indignación es un comienzo. Uno se indigna, se levanta y después ya ve”, señalaba el filósofo francés Daniel Bensaïd. Del rechazo inicial a lo existente se pasa después a la defensa de otra lógica opuesta a la del capital y a la dominación.
Los límites del término son, en cierta forma, los límites del periodo actual, todavía de resistencia y de (re)construcción, marcado por la dificultad para expresar una perspectiva estratégica en positivo y para afirmar tanto una perspectiva revolucionaria de transformación, como un horizonte de sociedad alternativo. Los grandes conceptos de la historia del movimiento obrero, como “socialismo” o “comunismo”, tienen hoy un significado equívoco debido al fracaso de los proyectos emancipatorios del siglo XX. Se precisan todavía nuevas experiencias fundacionales para imponer nuevos términos o recuperar los antiguos.

En vistas de cómo va el mundo, el anticapitalismo es hoy una apuesta perfectamente razonable y un verdadero imperativo moral y estratégico. No parece que sean los antisistema quienes deban justificarse, sino los pro-sistema quienes deberían hacerlo. “No se puede ser neutral en un tren en marcha”, nos recordaba el historiador Howard Zinn en su autobiografía, y menos en un tren desbocado hacia el precipicio como lo es la humanidad, retomando la lúcida metáfora de Walter Benjamin. Hay que escoger entre dos lógicas antagónicas, la de la competencia y del todos contra todos o la de los bienes comunes y la solidaridad. Este es el dilema planteado por los movimientos anticapitalistas y antisistémicos de hoy en día.