Ganan las urnas, pierden las balas

El vídeo no deja lugar a dudas, incluso en la hipótesis de que haya etarras que aún no sean conscientes de que este punto final es irreversible. Pueden salir disfrazados del Ku Klux Klan porque creen que si dan la cara acabarán en la cárcel, lo cual sería una demostración de que no se ven impunes; o bien ocultan sus rostros para mantener una iconografía patética que produce bochorno entre los propios jóvenes vascos de la órbita independentista, que ya no quieren ser de mayores unos tipos enmascarados con una pistola sobre la mesa. El caso es que ETA ha declarado “el cese definitivo de la lucha armada”. Y punto. Lo demás pertenece a la retórica y su significación queda anulada por la propia identidad de sus autores. Si el Estado de derecho nunca les ha otorgado autoridad alguna para hablar en nombre de “la ciudadanía vasca”, estaría bueno que cuando por fin renuncian a las armas se tuviera en cuenta seriamente su diagnóstico de futuro. Desde el fin de la dictadura se ha exigido a los terroristas y a quienes apoyaban sus reivindicaciones políticas o territoriales que abandonaran la violencia y defendieran lo que considerasen oportuno por vías exclusivamente pacíficas y democráticas. Es lógico mantener la prudencia o la desconfianza, pero no cabe negar que ayer se produjo un hecho absolutamente trascendente: ETA deja la violencia sin haber conseguido ninguno de sus objetivos.

No debería ser necesario resaltar esa obviedad, pero obliga a ello el hecho de que destacados dirigentes políticos y numerosos analistas (bien por convicción o por interés) lleven su incredulidad hasta el extremo de negar un logro del que toda la ciudadanía de bien puede sentirse orgullosa. La derrota del terrorismo es mérito de muchísima gente: en primer lugar de las propias víctimas y sus familiares, porque han mantenido y mantienen viva su memoria y la exigencia de justicia. También de las Fuerzas de Seguridad, jueces, políticos de todo el espectro ideológico, gobiernos de distinto signo, ministros del Interior, lehendakaris, presidentes, ciudadanos anónimos que durante años han superado el miedo (especialmente en Euskadi) para responder a la violencia con la ley. La colaboración de los últimos Ejecutivos galos ha permitido asfixiar operativamente a ETA como nunca antes había ocurrido. Y es justo reconocer que el cambio fundamental producido desde 2009 en Batasuna no se explica sin el diálogo abierto por el Gobierno de Zapatero y sin la frustración que causó en las bases abertzales el atentado de la T-4 con el que ETA puso fin al proceso. Hasta entonces, la banda siempre había encontrado excusas para culpar “a los estados español y francés” de la ruptura de las treguas. Esta vez no consiguió imponer su retorcido discurso.

Cuál es entonces el obstáculo para que uno de los más anhelados éxitos de la democracia no sea celebrado con la unanimidad que sin duda merece? Un motivo claro es la proximidad de las elecciones generales. Hay sectores en este país cuyas ansias de poder no parecen dejar hueco a la generosidad suficiente para reconocer un éxito del que son partícipes, a pesar de las zancadillas lanzadas por el camino. Ayer, 20 de octubre, se puso fin a una locura y ahora se inicia un complejo recorrido hasta la disolución total de ETA. El Gobierno que salga de las urnas tendrá que administrarlo con inteligencia, sin olvidar en ningún momento la dignidad y la memoria de las víctimas y sin demonizar ninguna de las reivindicaciones políticas que el terrorismo ha manipulado durante 40 años para justificar la violencia. Euskadi hoy es libre. Se trataba de urnas contra balas. Y han perdido las balas.