Posibilidad de un nido

Después de Twitter

REUTERS
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Ahora pienso en Twitter y me imagino apoyada en la barra de una taberna de paletos que miran cómo avanza la larga fila de semejantes a la espera de darme una hostia o escupirme en la cara. Y yo sigo ahí de pie, observando cómo cada cuatro pasos, en la misma barra costrosa, hay otra mujer esperando lo mismo. También sin moverse. Todas nos hemos acabado haciendo amigas a base de estar ahí plantadas a la espera de la hostia o el gargajo. De tanto en tanto, cruza la taberna un hombre atildado con el libro en una mano y la polla en la otra.

Hace medio año ya que salí de ese infierno y no dejo de alegrarme ni un solo día.

Lo primero que ganas al salir de Twitter es no ver agresiones constantes a mujeres, embestidas violentísimas y en manada. Hay quien asegura que ni ve ni siente las que recibe porque, dice, no las mira. Más allá de que las recibe igual y las demás sí las ven, no deja de contemplar las que recibe el resto de sus compañeras. Y así se va estableciendo una especie de solidaridad viscosa y viciada que se enroca. Una de las bases que he aprendido con el tiempo, y qué poco hace, es que de las agresiones hay que huir inmediatamente, hay que salir de ahí cueste lo que cueste. En el caso que nos ocupa cuesta bien poco.

Porque lo segundo que aprendes al salir de ahí es que solo existes en tanto en cuanto puedan agredirte directamente. Se trata de hacerte daño cuando te tienen delante. Si no, no les merece la pena. De tal manera que cuando abandonas Twitter, desapareces de los ámbitos de agresión. Si estando ahí se multiplicaban los insultos no solo en esa red, sino en todo el resto, y en periodicuchos de fascistillas, en vídeos y carroñas, en grupos de WhatsApp e incluso en la calle, de repente deja de suceder. Y deja de suceder inmediatamente. Fue salir y dejar de ser nombrada, insultada, vejada, amenazada de muerte y de otras cositas con sangre y semen. Bluf, ya está. Al no tenerme delante, ante la imposibilidad de atizarme a la cara, trotaron en busca de la siguiente presa. Resulta pasmosa la rapidez con la que eso sucede. Ni una semana tarda en llegar el silencio, la paz.

Entonces llega la autoestima, que no depende tanto de las agresiones, que también, sino del hecho de dejar de autocensurarte. Cualquier mujer con cierta visibilidad –qué palabra basura– sabe que se piensa dos veces qué decir y cómo hacerlo. Después, sencillamente se calla. Porque cuando estás en ese pozo no sólo piensas qué escribir, sino que inmediatamente después haces la lista mental de lo que te van a responder. La autocensura es una de las más feas agresiones que te puedes infligir a ti misma. Merma la autoestima, envilece y te rebaja intelectual y éticamente. Además, entre que piensas lo que vas a escribir, repasas lo que vas a recibir y encuentras cómo expresarlo de otra manera, se te ha ido la mañana.

Ah, el tiempo. Esa es otra y no menos importante de las ventajas de abandonar Twitter. Trata de calcular el tiempo que pasas leyendo idioteces escritas por necios y fatuos. Añade el que gastas en pensar el texto y rebatírtelo a ti misma, calcular sus consecuencias, amordazarlo y amoldarlo a la idiotez. Súmale ahora la atención que prestas a sandeces que no solo no la merecen, sino que te hacen peor y le roban –de nuevo– tiempo a asuntos de enjundia que cultivan o por lo menos entretienen. Pongamos por caso la última majadería de Pablo Casado, Isabel Díaz Ayuso, Toni Cantó y Miguel Bosé. Palabrerío sin seso que, en otras ocasiones y circunstancias, en otros momentos de tu vida, no habrían merecido lectura ni comentario, pasan a ameritar opinión. ¡Incluso reflexión y tesis! Insisto, sumemos todo el tiempo anteriormente citado y pensemos las lecturas que caben ahí. Yo te lo digo: horas. Horas. ¿Cuántas horas de lectura al mes, de paseos, de conversación te roba esa nada que además te daña?

Y por fin, otra de las grandes ventajas que me ha supuesto salir del lodazal de Twitter reside en muchas empresas e instituciones con las que he colaborado. De repente, muchas de ellas dejan de llamarme. Las instituciones y otros organismos, porque no les sirve de nada ya mi voz. Las empresas, porque no les doy "visibilidad". O sea, que he pasado tiempo trabajando gratis en la promoción de proyectos, planes, programas y ponencias. ¿Es algunos casos pierdo dinero? Pocos, pero lo doy por bien perdido, y aseguro que no estoy yo en condiciones económicas para hacerlo, en principio. Pues aun así.

Después de Twitter todo son beneficios. Y la vida cambia. Y es inconmensurablemente mejor. Así que la pregunta no es por qué hace ya medio año dejé Twitter, sino por qué permanecí ahí tanto, tantísimo tiempo.