Opinion · Posos de anarquía

Prostitución política

La pieza que firma hoy María Jesús Güemes acerca de la visita oficial de Rajoy a Marruecos es, sencillamente, magistral. No se la pierdan. Tanto nuestro presidente del Gobierno como Mohamed VI tendrán que tragar sapos y culebras a cambio de dinero. Eso tiene un nombre, que cada uno lo defina como quiera, pero la realidad es que quienes aplauden esta manera de hacer política no hacen otra cosa que firmar nuestra propia sentencia de muerte, no ya moral, sino vital.

Lo hemos visto con los acuerdos de pesca cancelados, que se han llevado por delante la economía de unos pesacadores a los que, por otro lado, nunca les importó a quién pertenecía realmente el pescado que estaban capturando, los recursos que estaban esquilmando. Ahora, Rajoy obviará su propio programa electoral -de qué nos sorprendemos- y tratará de reencauzar la situación sin pensar en el pueblo saharaui. «Apoyamos el proceso de negociaciones entre las partes, patrocinado por Naciones Unidas, con vistas a lograr una solución conforme con las resoluciones del Consejo de Seguridad y el derecho internacional y a la responsabilidad histórica de España». Ese es su programa y sólo la parte de «conforme al derecho internacional» es suficiente para que se exija a Marruecos que abandone la ocupación ilegal que realiza en el Sáhara Occidental y, desde luego, para no sacar partido de esa ilegalidad, como de hecho está haciendo España.

Pero así funciona la política de hoy en día: el mismo país que según todos los juristas de Derecho Internacional ha cometido una ilegalidad en toda regla ocupando un territorio en proceso de descolonización es hoy miembro no permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Ni siquiera menciono la interminable lista de violaciones de Derechos Humanos denunciadas y perfectamente documentadas por un sinfin de organizaciones internacionales, porque eso daría para un libro entero.

Y en este contexto, ¿cuál es la máxima aspiración de Rajoy? Replicar la reunión de Alto Nivel (RAN) que mantuvo Rodríguez Zapatero en 2008 con el entonces primer ministro de Marruecos, Abbas el Fassi, por valor de 520 millones de euros. Dicho de otro modo, esconder toda la porquería debajo de la alfombra a cambio de dinero.

Lo dicho: eso tiene un nombre.