Opinion · Posos de anarquía

La corrupción en el ADN del PP

Jack El Destripador era un barbero polaco llamado Aaron Kosminski. Se ha descubierto ahora, 130 años después, gracias al análisis del ADN de los restos hallados en el chal de una de sus víctimas. Un día antes, descubríamos la imputación de uno de los hombres fuertes de Esperanza Aguirre, el que fuera Consejero de Justicia Alfredo Prada. En este caso, el ADN no es prueba, sino que es la propia investigación la que demuestra, una vez más, que la corrupción está en los genes del partido de Génova.

Quienes llevamos Madrid dentro, quienes hemos padecido durante décadas los gobiernos del Partido Popular (PP), tanto en la Comunidad como en la capital, no nos hemos visto sorprendido por la imputación de Prada. El proyecto de la Ciudad de la Justicia de Madrid apestaba de cabo a rabo. El conjunto de irregularidades con el dinero público rebosa y difícilmente se imagina uno que Prada haya aplicado tamaña dejadez en sus finanzas personales. Según la Cámara de Cuentas, el descontrol dilapidó cerca de 100 millones de euros.

A pesar de que no hacía falta ser Einstein para deducir que más pronto que tarde la Justicia echaría mano a este proyecto denunciado durante años por la oposición, Pablo Casado situó a Prada como el gran vigilante de la corrupción dentro del partido, al frente de la Oficina del Cargo Popular. Varias reflexiones al respecto: ¿Qué mueve a Casado a cometer tal imprudencia, la histórica sensación de impunidad con que se mueve el PP en la ciénaga de la corrupción o, sencillamente su inconsciencia amplificada por su borrachera de poder?

Es preciso tener en consideración que en el nombramiento de Prada hay un gesto de agradecimiento, porque él fue el padrino político de Casado. Mientras miles de jóvenes universitari@s hacían las maletas para trabajar poniendo cafés en Londres, Bruselas o París, Prada nombraba asesor a un Casado de 23 años sin la carrera de Derecho y cobrando 50.000 euros. ¿Era o no era de agradecer tal enchufe?

A ello se suma, además, nuestra concepción probablemente equivocada de la Oficina del Cargo Popular. Siempre hemos pensado que se había creado para vigilar la corrupción, entendiendo que había de realizar la debida fiscalización para que no se cometieran malas prácticas. Quizás no es exactamente así, quizás lo que se vigila es que la corrupción que se ejerce no deje rastro alguno. Así las cosas, Prada y su perfil de alumno aventajado de Esperanza Aguirre encajan a la perfección con el puesto. Ambos, Casado y él, son de la escuela Aguirre.

A diferencia de lo que sucedió con el barbero polaco, a la Justicia no le harán falta 130 años para encontrar culpables en el PP. Tampoco le hará falta usar su ADN como prueba, pues cuantos más casos salen a la luz, más se evidencia que los genes del PP están corrompidos de principio a fin.