El verano del descontento

Luis Matías López

Periodista

Aunque David Cameron la achacase a la “criminalidad pura y dura”, la explosión de violencia incontrolada en Londres y otras ciudades británicas responde en gran medida al mismo patrón que ha sacado a miles de jóvenes indignados a la calle en países con realidades socioeconómicas tan diferentes como Chile, Israel, Grecia, Portugal o España. Incluso pueden rastrearse similitudes con escenarios más lejanos, como los de la Primavera Árabe, prolongada en este verano del descontento. Si egipcios, tunecinos, yemeníes y –en los casos más extremos– libios o sirios desafían la brutal represión o se lanzan a la guerra para corregir el rumbo de sus transiciones políticas o expulsar a los tiranos, no es sólo para asumir su destino en libertad y democracia, sino, sobre todo, para resolver problemas más acuciantes: desigualdades lacerantes, desempleo insostenible, opresión sistemática o corrupción generalizada.
En Reino Unido, aunque muchos de quienes han incendiado, robado y asesinado no pueden alegar estado de necesidad –ya que se han saqueado más tiendas de móviles o calzado deportivo que supermercados–, el estallido deja al descubierto los perniciosos efectos de décadas de retroceso social, calentado hasta el punto de ignición por la proliferación de guetos y barriadas multiétnicas en las que el trabajo es un lujo y se malvive de subsidios estatales menguantes. El origen de estas ollas a presión puede rastrearse hasta las duras políticas de los gobiernos conservadores de Margaret Thatcher, el desarme y derrota de los sindicatos y la derechización del laborismo que tuvo como campeón a Tony Blair.
Es un panorama no tan alejado del de países como España, donde, dada la desorbitada tasa de desempleo, sorprende y alivia la moderación de los indignados. Pero sería muy peligroso levantar la guardia y no percatarse de que el riesgo de que la situación se descontrole y genere violencia es elevado. Aunque los mercados aprieten y exijan, por muchos sustos que sigan dando, los dos grandes partidos deberían convenir en que la falta de alternativa, ese nefasto “pensamiento único” que pretende convertir los recortes sociales en la única salida posible a la crisis, puede resultar letal. Peor aún, explosivo.