Del consejo editorial

La calidad de las universidades

ÓSCAR CELADOR ANGÓN

Profesor de Derecho Eclesiástico del Estado y de Libertades Públicas

La cultura de la calidad está instalada en todos los terrenos imaginables relacionados con la sociedad del consumo. Las universidades no han podido escapar a esta especie de fiebre de la calidad, que suele medirse de acuerdo con complejas estadísticas, pese a que, como ya decía Mark Twain, hay tres clases de mentiras: La mentira, la maldita mentira y las estadísticas. Los indicadores de la calidad universitaria priman aspectos como el número de académicos galardonados con premios internacionales, el nivel de la investigación, la capacidad de los titulados para encontrar empleo, la proyección internacional o la ratio entre estudiantes y profesores.
De acuerdo con los estudios internaciones sobre la calidad, desde hace décadas las universidades esta-
dounidenses lideran de forma aplastante todos los ránkings, y son muy escasas las universidades europeas –principalmente británicas– que pertenecen a este selecto club. Estos estudios normalmente no tienen en cuenta el papel que las universidades desempeñan en el marco del Estado social.
El precio de la matrícula en las universidades estadounidenses, y especialmente en las más prestigiosas, es tan elevado que los alumnos con escaso poder económico no pueden acceder a sus aulas, salvo que sean deportistas de élite, obtengan un préstamo o tengan un expediente académico impecable –lo cual permite elevar el nivel académico de los titulados–. Asimismo, las universidades estadounidenses disfrutan de un elevado nivel de autonomía económica que les permite, gracias a los enormes ingresos que reciben, fichar a los académicos e investigadores más reputados en condiciones que no pueden ofrecer las universidades europeas. De forma opuesta, el modelo europeo concibe a la universidad como un servicio público que, entre otros factores, contribuye a erradicar las desigualdades sociales; por lo que, con independencia de su situación económica, y gracias a las subvenciones públicas, prácticamente cualquier alumno que acredite un nivel mínimo de conocimientos puede obtener un título universitario aunque a priori de menor calidad que los estadounidenses.
Así las cosas, sería de necios discutir la excelencia o la calidad científica de las universidades estadounidenses, o negar que desde hace varias décadas cuentan con los mejores claustros académicos, pero desde la perspectiva del Estado social, su liderazgo es muy discutible.