Dominio público

El expolio nazi del arte «degenerado»

Juana Salabert

expolio-nazi.jpgJuana Salabert

Se acaban de cumplir 70 años del comienzo de la guerra más cruenta de la historia, iniciada tras la invasión alemana de Polonia en septiembre de 1939, cuando al fin Francia e Inglaterra decidieron plantarle cara al monstruoso régimen nazi, que antes de apoderarse de Checoslovaquia ya había volado en ayuda del golpe franquista y estrenado su armamento sobre las indefensas poblaciones civiles de la República española. La enormidad e incurable herida de la Shoah o exterminio de seis millones de ciudadanos judíos europeos en las cámaras de gas y campos de concentración nazis (museos como el israelí Yad Vashem e investigadores como Klarsfeld y tantos otros luchan con denuedo por devolverle a cada víctima un rostro y una biografía en los memoriales más conmovedores e imprescindibles del mundo) son ya hoy, al menos, materia obligatoria de estudio en las enseñanzas de varios países europeos. Pero pocos conocen a fondo, sin embargo, los entramados económicos del Reich hitleriano, que extendió su rapiña por el continente esclavizado y los pillajes y saqueos subsiguientes de bienes privados o gubernamentales a que se dedicaron sus servicios en los países ocupados con ayuda de los repugnantes colaboracionistas locales. Muchos de ellos delincuentes comunes aupados a gestapistas, y otros, como en el caso de Francia y su régimen de Vichy, grandes empresarios de industrias varias (una de ellas, cosmética, ni siquiera se molestó tras la derrota alemana en maquillar su pasado y nombró a buscadísimos criminales de guerra altos directivos de sus divisiones española y estadounidense).

No son muchos, tampoco, pese a las reclamaciones efectuadas a museos o casas de subasta por herederos que reivindican lo robado a sus familiares judíos exiliados o asesinados por los alemanes, quienes saben que los gerifaltes nazis expoliaron y traficaron con arte moderno sustraído a galeristas, pintores y coleccionistas. El mismo que ellos tildaban en su vacua propaganda de "degenerado", les sirvió –puesto en bandeja por marchantes y contrabandistas que se aprovecharon de la ignominiosa arianización de ciertas galerías de arte– para obtener divisas de inescrupulosos coleccionistas internacionales o para intercambiarlo por otro arte, igualmente robado, pero más afín a sus gustos. Arte germánico para los proyectos museísticos del pintorzuelo Hitler, que decoró la mansión del grotesco Goering, la sede del Banco Central alemán, los ministerios y residencias de los asesinos de tibia y calavera comandados por un jefe que años atrás suspendió en Viena su examen de ingreso en Bellas Artes… Algunos Cézanne, Picasso, Monet, Matisse, Pisarro, Modigliani, Soutine, Braque (los alemanes le robaron, como a Paul Rosenberg, el brillante galerista de Picasso, su colección depositada en una caja bancaria francesa), Léger, Renoir, Manet, Malevich o Toulouse-Lautrec, fueron a parar, durante su deambular de secuestrados a sus legítimos dueños, al parisiense museo Jeu de Paume y su entonces llamada "sala de los mártires", en manos del organismo nazi ERR y visitada por los traficantes del colaboracioni smo, hienas a la disputa del inesperado botín. Allí, su valiente conservadora artística, la resistente Rose Valland, autora del libro "Le front de l’art" ("El frente del arte"), llevó, a espaldas de los ocupantes, una doble catalogación que, tras la victoria aliada, permitió rastrear la pista y recuperar bastantes lienzos de entre las más de cien mil obras de arte robadas en Francia por los nazis y sus fieles allegados pétainistas.
Lo recuerda muy bien el periodista Héctor Feliciano, autor de la excelente obra El museo desaparecido (Destino, 2004), cuya lectura me resultó fundamental para mi novela El bulevar del miedo, que indaga el robo, cuitas y paradero –aún hoy muchas veces desconocido– de las colecciones de los galeristas o particulares Rosenberg, Bernheim-Jeune, David David-Weill, Schloss o Rothschild. Su investigación, y la de otros expertos en el tema, les ha permitido, en varios casos, a nietos y sobrinos-nietos de los expoliados (y a veces luego asesinados en campos nazis), que contaban únicamente con fotos de casas de sus parientes donde se veían claramente colgadas las obras en litigio, exigir la devolución, o al menos el pago previo acuerdo, como sucedió con La familia en metamorfosis, de Masson, hoy en el Reina Sofía, de su patrimonio escamoteado.

El Thyssen de Madrid se enfrenta asimismo ahora a la reclamación de un Pisarro reclamado por descendientes de Cassirer, su legítimo propietario. Y el Gobierno austríaco tuvo que devolverle recientemente cinco Klimt a la sobrina de Adèle Bloch, retratada en su día por el pintor de Viena.

Pocos son, asimismo, los que saben que también la España de Franco (tan ensalzada por los actuales pseudohistoriadores del revisionismo posfascista), refugio de criminales de guerra como Darquier de Pellepoix, comisario "de Asuntos Judíos" en la Francia de Pétain, sacó partido del horror. Por Bilbao pasaron barcos cargados de cuadros robados, como bien ha demostrado el profesor de la UNED Miguel Martorell Linares en su informe "España y el expolio de las colecciones artísticas europeas durante la Segunda Guerra Mundial". Ciertos anticuarios españoles, aún hoy en activo, así como varias agencias de aduanas, se lucraron con la venta de material saqueado por los nazis. Otros, como el anticuario colaboracionista francés Pierre Lottier, afincado en la España del Yugo y las Flechas, llegaron incluso en 1952 a decorar por encargo estatal los despachos del nuevo Instituto de Cultura Hispánica. Pero mejor olvidarlo, ¿verdad? Es más liberal sentirse provocado por el puño en alto de una joven socialista…

Juana Salabert es Escritora

Ilustración de Gallardo