Opinion · Dominio público

¿Ha muerto Marx?

Augusto Klappenbach

Escritor y filósofo

Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo

Los nuevos movimientos políticos como Podemos y sus afines rechazan cualquier referencia al marxismo y en general a las posturas de izquierda. En su lugar apuestan por una transversalidad que rechaza la polaridad “izquierda-derecha” y el concepto de clase social para reemplazarla por la contraposición entre “la gente” y “la casta”, entre “los de abajo” y “los privilegiados”. No basta con explicar esta actitud atribuyéndola al “populismo”: la acusación de “populismo” se suele utilizar de modo impreciso cuando no se explica su significado: hay muchas clases de populismos, y no faltan teorías políticas –discutibles, sin duda- que reivindican su aporte, como los trabajos de Laclau y Mouffe. Y de paso conviene recordar que su descalificación clásica: “programas políticos que dicen a la gente lo que quiere oír” o “proponer soluciones simples a problemas complejos” es aplicable a la totalidad de los partidos. Antes de demonizar el populismo quizás convenga detenerse en su origen y su estrategia.

Esa desconfianza ante la terminología marxista tiene su explicación. Contra la voluntad del mismo Marx –recordemos su frase: “Lo único que sé es que yo no soy marxista”- el marxismo ha sido convertido frecuentemente en una doctrina dogmática que evita a sus seguidores el esfuerzo que implica tener en cuenta otra de las propuestas de Marx: “el análisis concreto de la situación concreta”. Ese simplismo resulta atractivo porque no solo permite distinguir a priori “los buenos” de “los malos” sino que provee recetas de acción para cualquier circunstancia sin preocuparse de su contexto ni de sus resultados. No faltan hoy quienes idealizan el gobierno de Stalin como la realización del paraíso en la tierra o que se muestran entusiastas con el régimen norcoreano. No parece extraño entonces que en estos tiempos complejos las llamadas “nuevas políticas” prefieran tomar distancia de ese dogmatismo para introducir sus propios términos, como “transversalidad”, “hegemonía” y hasta algunos abstrusos como los “significantes flotantes”, de raíz lacaniana.

Pero es indispensable distinguir entre el niño y el agua del baño. Difícilmente un programa político puede prescindir de una teoría económico-política sólida, y despreciar el aporte histórico del pensamiento de Marx para un proyecto de emancipación solo conduce a empobrecerlo. ¿Cuáles son los análisis marxistas que se consideran prescindibles? ¿Son desechables sus análisis sobre las relaciones entre estructura económica e ideología, sobre la plusvalía, sobre la acumulación de capital, sobre el papel de los sectores financieros, sobre la alienación del trabajo, sobre la estructura de las clases sociales? Por supuesto que Marx escribió en el siglo XIX y que el mundo de su tiempo no era el de hoy. Ya no creemos firmemente en la concepción determinista de la historia ni en la relación unidireccional entre economía e ideología ni confiamos tanto como entonces en la superación necesaria y fatal del capitalismo. Su descripción de las clases sociales resulta hoy mucho más compleja de lo que él imaginó y requiere un análisis distinto. Los derechos individuales tampoco están desarrollados en su obra. Y hay que recordar que la expresión “ser marxista” constituye una frase vacía de contenido, ya que lo sustancial del marxismo –otra cosa son sus epígonos- no consiste en un programa político sino en un instrumento de análisis de estructuras económicas y políticas cambiantes, cuyas conclusiones nunca podrán extrapolarse a tiempos distintos. Rechazar el marxismo en bloque es tan absurdo como convertirlo en una creencia y pedirle recetas para la situación actual.   Nadie –casi nadie- piensa que la obra de Marx constituya la única y ni siquiera la referencia hegemónica para la economía política del siglo XXI. Pero no existe ningún economista serio que no tenga en cuenta sus aportes, y mucho menos aquellos que se sitúan en una línea progresista o de izquierdas.

Obviar cuidadosamente cualquier referencia al marxismo  para evitar la sospecha de que se está contaminando la nueva política con sospechosos recuerdos del pasado solo contribuye a debilitar un programa político. Una actitud que llega a repudiar la calificación “de izquierdas” para distanciarse de esas malas compañías, abandonando así una corriente histórica a la cual esas nuevas políticas deben su misma existencia. El reciente suicidio colectivo del Partido Socialista tiene algo que ver con esa carencia de un sustrato ideológico serio –aunque sin duda el detonante han sido las rencillas personales- como le sucede a toda la socialdemocracia europea, incapaz de formular propuestas alternativas al sistema capitalista. Bienvenido hubiera sido el abandono del marxismo en tiempos de Felipe González si se hubiera limitado a rechazar ese dogmatismo del que hemos hablado antes, pero me temo que junto con él se ha ido abandonando todo programa, marxista o no,  que pretenda algo más que suavizar los excesos del capitalismo, renunciando así a un proyecto propio. Izquierda Unida, por su parte, y pese a sus contradicciones internas, había logrado en muchas de sus propuestas interpretar la tradición marxista de acuerdo con las condiciones de la España actual. Un aporte que hoy está prácticamente ausente.

Y también me temo que Podemos y sus movimientos afines están perdiendo la oportunidad de insertar sus propuestas en esa corriente histórica que es necesario revisar y cuestionar pero de la cual no se puede prescindir si se pretende una “hegemonía” sólidamente fundada en la realidad que postule la igualdad de derechos y el fin de la explotación.  En su lugar está ganando espacio una interpretación del pensamiento de Gramsci que debe mucho a las especulaciones de Lacan recibidas a través de la obra de Laclau, el teórico del populismo. Dice Íñigo Errejón en un artículo publicado con ocasión de la muerte de este último: “… se propone una comprensión de la política como disputa por el sentido, en la que el discurso no es lo que se dice -verdadero o falso, desvelador o encubridor- de posiciones ya existentes y constituidas en otros ámbitos (lo social, lo económico, etc.) sino una práctica de articulación que construye unas posiciones u otras, un sentido u otro, a partir de «datos» que pueden recibir significados muy distintos según se seleccionen, agrupen y, sobretodo, contrapongan”… “No es una operación de descripción, es de generación de sentido”.

Es decir, que es el discurso el que construye el universo político, sin necesidad de que ese discurso trate de describir una situación objetiva. Una idea heredera de aquella famosa expresión de Lacan, que aseguraba que no somos nosotros quienes hablamos sino que es el mismo lenguaje quien nos habla. Los significantes ocupan un papel mucho más decisivo que los significados; es más, son los primeros los que construyen a los segundos. Lo cual explica la predilección de Podemos por los gestos y la escenografía y  la relativamente escasa insistencia en propuestas innovadoras concretas en el plano económico y social. Nadie duda hoy de que lo que llamamos “la realidad” depende de nuestra interpretación de los hechos. Pero de ahí a relegar las condiciones económicas y sociales para entronizar el discurso como fundamento privilegiado de la “hegemonía” es dar un paso que abre un espacio de indeterminación que conduce a una ambigüedad peligrosa. Porque cuanto más genéricas y “flotantes” sean las propuestas más posibilidades existen de manipular sus contenidos según las conveniencias del momento o, lo que es peor, de sus dirigentes.

Nada hay más urgente en la situación política española que la superación del sectarismo entre las izquierdas y su participación –no su unificación- en un proyecto común. Porque la situación actual, no solo de Europa sino de buena parte del mundo, está asistiendo a una ruptura de modelos tradicionales que se creían sólidos e inmutables, incluyendo la hegemonía de viejos partidos que se alternaban en el poder. Y si bien el conflicto entre fuerzas de izquierda  progresistas tiene raíces que muchas veces se refieren más a personalismos y luchas por el poder que a razones ideológicas, creo que la recuperación de algunas de las interpretaciones de la realidad que han estado vigentes desde que las izquierdas comenzaron a asomar en el panorama mundial serían útiles para asumir líneas de acción comunes. Entre ellas, y no exclusivamente, un marxismo revisado, del cual se recuperen aquellos elementos que permiten entender mejor la raíz de problemas como la desigualdad, la explotación del trabajo y las concentraciones financieras contribuirían a establecer las bases para que todas las corrientes que desean la superación del capitalismo actual pudieran participar en acciones comunes. Porque  las ideologías, pese lo que se diga, importan, y aquellas que dejan de lado una corriente histórica tan importante como la tradición que inicia el pensamiento de Marx no ayudan a esa convergencia. Como también sucede, por supuesto, con las que las convierten en dogmas de fe.