Opinion · Dominio público

La técnica del golpe de Estado

José Antonio Martin Pallin

Magistrado emérito del Tribunal Supremo. Comisionado español de la Comisión Internacional de Juristas (Ginebra). Abogado de Lifeabogados.

Pablo Casado interviene en el Congreso de los Diputados. EFE.

Kurtz Erich Suckert, más conocido en el mundo de las letras como Curzio Malaparte escribió un libro emblemático titulado Técnicas del Golpe de Estado que se publicó por primera vez en el año 1931, en el que sostenía lúcidamente, a la vista del panorama emergente de los movimientos fascistas y nazis, que no era necesario utilizar la fuerza de las armas para tomar el poder. Era más sutil, desmontar paulatinamente, los pilares de los sistemas democráticos parlamentarios. Ahora bien siempre tuvo claro que esta forma sesgada de llegar al poder a través de las urnas (Hitler) o de movimientos de masas (Mussolini), se encuadraba exclusivamente en el marco de la confrontación entre la democracia y sus enemigos declarados, como los fascistas, los nazis y  los comunistas  que propugnaban la tiranía de los populismos nacionalistas o del proletariado.

Escribió el libro, después de participar, como militante del partido fascista, en la marcha sobre Roma (1922) que llevó al poder a Mussolini. El paso del tiempo y su abandono del fascismo,  le llevó a  alertar de otros peligros emergentes en el mundo en que vivía, como la irresistible ascensión del nazismo. Nadie puede sostener que en su teoría sobre los golpes de Estado, se puede incluir un movimiento secesionista, desarrollado por medios indiscutiblemente democráticos, que nunca se pueden equiparar a un régimen totalitario.

Los gabinetes que han elaborado la munición de “ideas y argumentos”   para el Partido Popular y otros partidos políticos o sectores de opinión, me parece que han leído atropellada e interesadamente  el libro de Curzio Malaparte y se han lanzado, sin paracaídas y sin pudor intelectual, a comparar el proceso catalán, en todo momento explicitado a la opinión pública y sometido a la revisión del Tribunal Constitucional, con los golpes a la democracia asestados por  los nazis, los fascistas y los comunistas soviéticos.

Hay que reconocer que la oportunista comparación,  puede producir un cierto impacto en determinados círculos o colectivos de sociedad española, tensionada en exceso, por ciertas reacciones producidas con motivo de decisión de los independentistas catalanes de llevar adelante la proclamación de una República Independiente, pero siempre con una estructura  democrática, a pesar de que algunos se resisten a reconocer la imposibilidad de una decisión unilateral.

Evidentemente esta forma de conseguir objetivos políticos,  nada tiene que ver con los tradicionales golpes de Estado que se han vivido, por no remontarnos en exceso al pasado, durante el siglo XX. En todos ellos hubo violencia y el uso de las armas. Desde el propiciado por Lluis Companys en el año 34, pasando por el Golpe de Estado del 18 de julio de 1936, encabezado por los militares, ni con lo sucedido, más adelante, en otros hemisferios, en los golpes militares de Argentina, Chile, Uruguay y Brasil, incluyendo, por supuesto, por su incuestionable parangón, el frustrado intento de Golpe de Estado, que tenía como objetivo volver a un sistema dictatorial, que encabezó, como protagonista visible, el Teniente Coronel Tejero el 23 de febrero de 1981. Todos ellos tienen un denominador común, como es el uso de las armas.

Me parece muy burdo que el Presidente del Partido Popular, no sólo haya adoptado esta pervertida lectura del libro del escritor italiano, sino que además la haya utilizado desde la tribuna del Congreso de los Diputados para acusar al Presidente del Gobierno, de complicidad o cooperación con los golpistas, por el hecho de tratar de buscar fórmulas para que,  la no nacida, República de Cataluña, reconsidere el alocado e imposible camino de la independencia unilateral y llegue a fórmulas de compromiso con nuestro sistema democrático y constitucional. El diálogo es la esencia de la democracia y la única forma civilizada  de resolver los conflictos. Ante esta salida de tono, me pregunto: ¿Esta descabellada equiparación, no es, además, una “intolerable” presión sobre el Poder Judicial?

En mi opinión lo más alarmante es que el exabrupto, encierra en sí mismo, no solamente una mentira si no que plasma, de manera clara y nítida, el desprecio del que pronunció estas palabras, hacia los destinatarios de este mensaje,  producto de la manipulación torticera de un texto clásico. Tengo la impresión de que los considera,  personas incapaces de valorar y reflexionar sobre el extremismo desaforado que encierra la comparación del Proces con un golpe de Estado y la imputación de cooperación o complicidad al Presidente del Gobierno.

Algunos líderes políticos, carentes de alternativas, se evaden deliberadamente de la realidad y lanzan proclamas y anatemas,   con el grave peligro e irresponsabilidad que supone llevar a la democracia española en una situación de crisis endémica, incapaz de buscar soluciones democráticas para un problema latente en la Historia de nuestro país, desde hace mucho más tiempo que la edad que tiene el actual líder del Partido Popular. Sería muy aleccionador y exigible, por pura coherencia y ética democrática, que   se posicione con claridad sobre la forma de solucionar la cuestión catalana. ¿Ofrece algo más que suprimir la Autonomía con la aplicación íntegra del artículo 155 de la Constitución?

De momento, la única alternativa del Gobierno anterior, ha sido enviar miles de Policías y Guardias Civiles que, siguiendo órdenes, trataron de impedir, con una violencia inusitada, vista por los espectadores de los telediarios de la mayoría de los países del mundo, que se realizase una votación,  sin tener en cuenta que era mucho más práctico y ajustado a los principios democráticos, dejar que el proceso llegase a su fin y se agotase en    sí mismo. Bastaba con esgrimir las resoluciones del Tribunal Constitucional, para hacer ver a los que la habían convocado, que todo el largo camino recorrido, ensayado en otro referéndum anterior, era totalmente inútil por su incuestionable confrontación con el  texto constitucional, tal como han terminado reconociendo algunos de los propios dirigentes del independentismo catalán.

Consumado todo el estéril recorrido de la llamada hoja de ruta, el Gobierno anterior aplicó sólo parcialmente, el artículo 155 de la Constitución, que llevaba aparejado la inmediata convocatoria de elecciones que, como era de esperar, enquistaron el conflicto que se trataba de atajar. Me imagino que estas alturas, ya habrán comprobado, si tienen un mínimo de racionalidad, que equiparar lo sucedido con las técnicas del Golpe de Estado que analizó,  en su tiempo, Curzio Malaparte,  con los acontecimientos de Cataluña y englobarlos dentro del Código Penal, es un camino equivocado.

No voy a entrar, en este momento, en el debate sobre la calificación penal de los hechos que han sucedido en Cataluña pero no podemos eludir una realidad incuestionable. Alemania, Bélgica, el Reino Unido y Suiza han considerado que un proceso parlamentario, incluso no ajustado a la Constitución, pero que se canalizó por las vías del debate y el ejercicio del derecho de voto parlamentario, previamente sometido a un referendo en condiciones difíciles de aceptar como válidas e ideales,  pueda ser equiparado a un delito.

Creo que debemos reflexionar y dejar de ser una anomalía en un mundo democrático, encarnado en un parlamentarismo  que tiene sus ancestros en la Inglaterra de la Cámara de los Comunes y que no contempla entre sus previsiones, la criminalización de los usos parlamentarios. Sólo los nostálgicos de la dictadura y los empecinados en tergiversar y manipular la realidad, sin duda por cálculos electorales,  pueden equiparar lo sucedido en Cataluña con un golpe de Estado. Pero sobre todo no caigamos en los ridículos argumentos, que tanto le gustaban a Franco, cuando sus omnímodas arbitrariedades, producían el lógico rechazo de los países que el régimen dictatorial, denominaba potencias extranjeras o democracias decadentes. Huérfano de explicaciones convincentes para justificar sus injustificables  decisiones, las rechazaba con el simplismo connatural a su estrecha mente dictatorial: todas las críticas eran el producto de la conspiración judeo masónica.

Mientras llega una respuesta de los tribunales de justicia a los que se ha encomendado la solución del conflicto, que espero y deseo que no sea un obstáculo insalvable para conseguir, por lo menos, la convivencia entre los catalanes y españoles de la que hablaba Ortega, por favor, que nadie utilice la falacia del Golpe de Estado, en vano.