Opinion · Dominio público

Brigadas Internacionales en tiempos de Bolsonaro

Gerardo Pisarello

Primer teniente alcalde de Barcelona

El domingo pasado, en medio de una lluvia pertinaz, conmemoramos en el popular distrito de Horta-Guinardó de Barcelona los 80 años de la partida de la ciudad de las Brigadas Internacionales. Fue uno de los actos más emotivos que nos tocó celebrar desde que llegamos al gobierno de la ciudad. Por la cantidad de gente, por el sentimiento de camaradería. La alegría no duró mucho. Como si la historia se colara de manera lacerante por la rendija menos esperada, por la noche llegaba, terrible, la noticia de la victoria de Bolsonaro en Brasil. Bolsonaro, 54 años después del golpe de Estado contra Joao Goulart. Bolsonaro, el candidato que celebra la tortura, el que odia a los homosexuales, el émulo de Trump que se reconoce misógino sin tapujos.

Mientras repasaba las angustiadas cuentas de Twitter de amigas y amigos latinoamericanos, recordaba ciertas tardes de mi adolescencia, en Argentina, cuando podía pasarme horas hojeando libros y revistas sobre la República española y la Guerra Civil. Aún recuerdo cómo nos deslumbraban aquellas historias de mujeres y hombres sencillos, luchando por la libertad en un mundo en el que Mussolini y Hitler comenzaban a desplegar su proyecto de odio y muerte. La revuelta contra el fascismo iniciada en 1936, y el proceso de transformaciones revolucionarias que desató, se ha convertido con el paso del tiempo en uno de los capítulos más nobles de la historia de la humanidad. Por su inspiración libertaria, democrática. Por toda las energías fraternales que fue capaz de poner en marcha.

La despedida de las Brigadas Internacionales en l’Espluga de Francolí (Tarragona). GENERALITAT/HENRY BUCKLEY
La despedida de las Brigadas Internacionales en l’Espluga de Francolí (Tarragona). GENERALITAT/HENRY BUCKLEY

Dentro de ese proceso, las Brigadas Internacionales han ocupado siempre un lugar especial. Como si reflejaran lo mejor de la condición humana. El sacrificio desinteresado por un ideal, la  solidaridad abierta con gente a la que ni siquiera se conocía. La historia de los brigadistas y las brigadistas era en muchos casos la historia de jóvenes como los que devorábamos aquellos libros. Jóvenes obreros, de origen popular, pero también escritores, periodistas, que apenas pasaban de los veinte años, y que lo habían dejado todo para ir a Barcelona, a Madrid, a Aragón. Estos jóvenes habían oído que la República abría bibliotecas, escuelas, que venía a cuestionar de  raíz el desprecio con el que históricamente se había tratado a la gente más humilde. Y no aceptaban que hubiera quien quisiera aplastar ese proyecto. Y que se hiciera de manera tan injusta, abusiva, asimétrica, si se comparaban los recursos, las armas, el dinero de las tropas nazis, fascistas, que auxiliaban a Franco y sus adláteres, y la modesta situación de las milicias republicanas.

Cuando las Brigadas se despidieron, Dolores Ibárruri, La Pasionaria, exhortó a las generaciones siguientes a recordar a sus hijos quiénes habían sido aquellos hombres y mujeres que habían abandonado casa, trabajo, familia, para luchar por la libertad y la justicia en tierras lejanas. Llevaba razón. Solo la desmemoria impuesta por los vencedores explica que los más jóvenes desconozcan, por ejemplo, la historia de las más de 500 mujeres que se incorporaron a las Brigadas desde diferentes rincones del mundo. Mujeres que habían oído que la República había traído el sufragio femenino, de mano de grandes visionarias como Clara Campoamor. Que conocían cómo las maestras republicanas habían llegado a los rincones más perdidos de España a desmontar los prejuicios que la Iglesia y los caciques habían inoculado entre el campesinado. Mujeres que sabían que la República había convertido a la anarquista Federica Montseny en la primera ministra de la historia española. Mujeres como Mika Feldman, la joven argentina cuya familia judía había huido de los pogromos rusos, y que llegaría ser capitana en las filas del POUM. Mujeres como la filósofa y humanista francesa, Simone Weil, que sostenía, en medio del avance del nazismo en Europa, que París era la retaguardia y Barcelona la vanguardia de la lucha por la libertad.

Mi hija Lua, de 11 años disfruta cada vez que rememoramos la historia de la joven enfermera afroamericana, Salaria Kea. Discriminada en su tierra, que atravesó el océano para servir a la República y a la causa antifascista. Como otros brigadistas, allí conoció el amor de un joven brigadista irlandés, John Patrick O’Really. Salaria no fue nunca la misma después de aquella experiencia. Al regresar a Harlem, donde continuó trabajando como enfermera, explicaba a las familias negras que malvivían en aquellos barrios degradados que no podían rendirse. Que ella había visto, en España, a campesinas y obreros rebelarse contra su destino, y levantar la mirada, y exigir para ellos el pan, la tierra, y una vida digna.

Nuestras hijas e hijos deberían saber que incluso entre los atletas que llegaron a Barcelona para participar en las Olimpiadas Populares organizadas como contrapartida a las de Berlín, controladas por el nazismo, hubo quienes acabaron por alistarse en la resistencia republicana. Aquellos atletas eran gente pacifista, que llevaba marcados en el corazón los versos del himno que para ellos había compuesto Josep Maria Sagarra: “No és per odi, no és per guerra, que venim a lluitar a cada terra. Sota el cel blau, l’únic mot que ens escau, és un crit d’alegria i de pau” (No es por odio ni por guerra, que vamos a luchar a cada tierra. Debajo del cielo azul, no necesitamos nada más, que un grito de alegría y de paz). Y precisamente por eso, porque no querían renunciar a la alegría, a la paz, terminaron por sumarse a la lucha contra la barbarie.

Estas historias explican que el día en que las Brigadas Internacionales se despedían de Barcelona, unas 300.000 personas salieran a la calle a rendirles homenaje. Se dice rápido: 300.000 personas en la Barcelona de 1938. Ateneístas, esperantistas, grupos de mujeres como el del Instituto Obrero de Barcelona, cantando en diferentes lenguas, agitando todo tipo de banderas en el atiborrado cruce entre la entonces Avenida 14 de Abril y Pi i Margall. En el palco de autoridades, Manuel Azaña, Juan Negrín, el president Lluís Companys (autor de aquel grito que todavía hoy nos emociona: “¡Madrileños, Catalunya os ama!”) Joan Comorera, la propia Pasionaria.

A pesar de la represión, de la operación de amnesia inducida por la dictadura, aquel recuerdo permanecería indeleble en el recuerdo de miles de personas, que cada vez que lo evocaban, se transformaban por dentro. Amigos y amigas de las Brigadas Internacionales, dispersos por todo el mundo. Albaceas de la historia responsables de que un día, en la Marcha de Mujeres contra Trump, pudieran verse banderas de  columnas de brigadistas. O entre los seguidores de Jeremy Corbyn, en el Reino Unido. O en las manifestaciones antirracistas, de París. Y es que las Brigadas Internacionales se han convertido en esa referencia perenne que recuerda que, más allá de las diferencias de color de piel o de lengua, la especie humana es una sola. Que somos animales cognitivamente preparados para entendernos, para cooperar, para desarrollar entre nosotros sentimientos mutuos de empatía, y no solo de competencia o agresión.

Por eso, hoy más que nunca, el legado de las Brigadas sigue siendo la semilla de la que habrá de brotar el nuevo internacionalismo de nuestra época. Un internacionalismo feminista, antirracista, conscientemente ecologista, presencial y digitalmente interconectado. Y dispuesto, siempre, a denunciar el sinsentido, la brutalidad, de un capitalismo zombie insaciable en su capacidad de destrucción.

Este internacionalismo no es una simple aspiración. Es el conjunto de redes que se activan cuando los nuevos heraldos de la muerte encarcelan al acalde Mimmo Lucano en Riace, simplemente por dar refugio a quienes huyen del horror. Son las cadenas de solidaridad que llegan a Pittsburgh, cuando el monstruo del antisemitismo descarga su odio contra doce personas en el templo Árbol de la Vida. Y son, también, las manifestaciones que, en plazas de todo el mundo, no se resignan a que Bolsonaro haya ganado. A que haya llegado al poder aupado por las grandes corporaciones y por unas clases medias precarizadas que mascan rabia contra “los políticos”, azuzados por los medios, por las redes, por de las desfachatez sin límite de las fake news.

Siempre he pensado que alguien como yo, nacido y criado en la América Latina profunda, no habría llegado nunca a primer teniente de alcaldía de no haber sido por los hombres y mujeres que han hecho de Barcelona una ciudad internacionalista de brazos abiertos. Nuestro amor por ella se debe a eso: a su orgullosa condición de ciudad antifascista, libertaria, de ciudad que cuando ha hablado sin mordazas, se ha declarado republicana sin dudarlo. Para esa Barcelona, que hoy perdura en infinidad de iniciativas comunitarias, de autoorganización y apoyo mutuo, las Brigadas Internacionales serán siempre una referencia irrenunciable. De esas que nos previenen contra la indolencia, contra la tentación de mirar hacia otro lado. De las que nos ayudan, cada día, a domesticar nuestras pulsiones más egoístas y a impugnar las injusticias cometidas contra cualquier mujer, contra cualquier hombre, en cualquier rincón del mundo.