Opinion · Dominio público

La huelga absurda

Javier Mestre

Profesor de Secundaria y escritor, miembro del grupo de comunicación de la Marcha Básica

Durante mucho tiempo, los estudiantes han ido a la cabeza de las luchas e defensa de la educación pública. Han superado con creces en sentido común y valentía política a profesores, madres y padres y el resto de actores políticos relevantes en el mundo de la educación. Y fruto de años de movilización, han dejado montado un sistema que pone en huelga a los estudiantes de Secundaria y Bachillerato a golpe de apenas un clic. Basta con que el Sindicato de Estudiantes publique la convocatoria en su web para que millares de institutos de todo el territorio español vean sus aulas vacías durante el día señalado.

Hoy he llegado al aula y me he encontrado las sillas sobre las mesas. Pero esta vez no me he sentido orgulloso de mis alumnas y alumnos. Ayer, cuando en mi clase se habló del tema para dar parte a la Dirección del centro de si un número considerable de estudiantes secundarían la convocatoria, nadie habló de machismo, y mucho menos de la ocurrencia de exigir de inmediato una asignatura de educación sexual. Porque la mayoría de mis alumnas y alumnos consideraban abiertamente una tontería la propuesta, con mucho más tino que la dirección actual del sindicato estudiantil. De lo que hablaron fue del examen de matemáticas del jueves, previsiblemente jodido, y del tiempo que iban a tener para estudiar.

El derecho de huelga de los estudiantes, reconocido legalmente en España para los alumnos y alumnas de tercero de ESO en adelante, es un recurso de lucha que hay que cuidar y no banalizar. No debe convertirse bajo ningún concepto en una ocasión para pelarse las clases, en un ejercicio despolitizado que naturaliza la hipocresía. Con una convocatoria tan desafortunada como la de hoy, el Sindicato de Estudiantes entra en regresión infantil y juega irresponsablemente con la cultura política de los jóvenes, semilla de lo que podremos llegar a ser en el futuro.

Manifestación de estudiantes en Madrid contra el "machismo en las aulas". E.P.
Manifestación de estudiantes en Madrid contra el “machismo en las aulas”. E.P.

Está muy bien movilizarse contra el machismo, pero perder clases no parece el camino más recto para conseguir una sociedad menos patriarcal. Por un lado, si bien es cierto que hay mucho machismo entre los jóvenes, no se puede cargar al sistema de educación pública con semejante responsabilidad. Los centros educativos, por lo menos los estatales, son espacios donde por lo general se actúa en muchos órdenes, desde el reglamento de régimen interno hasta el plan de acción tutorial, la transversalidad curricular y las actividades complementarias y extraescolares, para tejer entre todos un espacio hostil al machismo, la violencia y la discriminación. El problema no es de los centros o el currículum, es de la sociedad. Tiene mucho más que ver con la influencia de medios de comunicación y redes sociales, y con la violencia creciente en un mundo social sin perspectivas, que con el presunto fracaso de la institución educativa pública. No me cansaré de decirlo, a la escuela no se le puede pedir demasiado. Por ahora resistimos en nuestro empeño en seguir siendo, mal que bien, una instancia de instrucción pública que intenta conservar y transmitir el conocimiento y los valores de la Ilustración, acosada por todas las fuentes posibles del descrédito. Consigamos poder seguir enseñando lengua, matemáticas, biología, historia, para dar a las hijas e hijos de la clase obrera lo más preciado, el conocimiento y el entrenamiento intelectual que siempre quisieron reservar para sí las clases dominantes. Pero no restemos más tiempo a los saberes para entregárselo a una “educación” de dudosa efectividad futura que puede acabar convirtiendo los centros de enseñanza en parques temáticos del progresismo, llenos de buenos propósitos, inanes intelectualmente. Lo mismo que se reivindica una asignatura de “educación sexual inclusiva”, se podría plantear otra de no violencia y pacifismo, otra de ecologismo, otra de derechos laborales y sociales, sin otro criterio que la fuerza momentánea de luchas tan legítimas y necesarias como la feminista.

Los cambios de mentalidad, desde la escuela, no se logran a base de otras asignaturas que no sean las del conocimiento científico y filosófico, que son la conditio sine qua non de una ciudadanía consciente y libre, y la práctica pedagógica necesariamente asociada a la enseñanza. ¿Que a pesar de todo, la sociedad empeora y asedia a un sistema educativo cada día menos capaz? Igual los cambios han de venir desde otro lado, desde el planteamiento de quién controla, en realidad, el espacio público radioeléctrico o de qué demonios vamos a hacer con el futuro de nuestros hijos e hijas con tanta desolación capitalista neoliberal. Como no vamos a ninguna parte es convocando huelgas estudiantiles absurdas que acaban desarmando el mismo ejercicio de la huelga y restan eficacia, valor y fuerza al propósito principal y crucial del sistema de educación pública, que es formar en el conocimiento a todos los ciudadanos y ciudadanas.