Opinion · Dominio público

¿Para qué filosofía en tiempos de fascismo?

Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra

Dice el filósofo Byung-Chul Han que vivimos en la “sociedad del cansancio”, un cansancio no solo físico, sino también psicológico y social que afecta a las formas de convivir y comprender la vida. Se trata de un cansancio derivado de fenómenos como el exceso de trabajo, la hipermediatización y la hipercomunicación a través de redes sociales, smartphones, tablets y otros dispositivos cuyo mal uso a menudo conduce a la asimilación acrítica de la información, al aislamiento y al desarrollo de valores que incrementan esa sensación de cansancio.

Traducido al ámbito social y político, padecemos un cansancio sistémico que se manifiesta en el agotamiento del modelo económico y político dominante en las últimas décadas. El modelo económico del neoliberalismo, basado en el crecimiento económico ilimitado y la financiarización de la economía, ha provocado una de las mayores crisis del capitalismo, con graves consecuencias sociales y ambientales. Además, incapaz de resolver sus propias crisis y contradicciones, el capitalismo se ha despojado de su máscara democrática. Por su parte, los actuales sistemas electorales se han revelado incapaces de combatir eficazmente la corrupción y el aumento de la desigualdad, así como de atender las demandas sociales de mayor transparencia, participación y representatividad, en la línea de lo que el 15M y otros movimientos semejantes reivindicaron en las calles y plazas. Es más, en determinados casos la democracia liberal se ha convertido en el caballo de Troya para la llegada al poder de líderes autoritarios.

Este agotamiento sistémico puede tomar derroteros imprevisibles, aunque ya es posible advertir preocupantes señales del futuro. Una es el resurgimiento global de la extrema derecha fascistoide. Se trata de formas informales de fascismo basadas en el afán neoliberal de prevalecer a toda costa, aunque ello implique dejar un reguero de violencia, muerte y destrucción. Las formas contemporáneas de fascismo buscan dotar de una nueva legitimidad a la supremacía masculina, blanca, heterosexual y capitalista mediante una democracia vacía y la difusión mediática de noticias falsas e ideas reaccionarias. No es ninguna sorpresa que Trump o Bolsonaro hayan llegado al poder. Lo sorprendente es que hayan tardado tanto. En Europa, el consenso antifascista surgido tras la Segunda Guerra Mundial está fracturado. La austeridad, la precariedad y el autoritarismo que han marcado la política europea durante la crisis financiera han generado una situación de emergencia en la que el ascenso de la extrema derecha no es una consecuencia indeseada del sistema, sino una reacción ofensiva más para asegurar su supervivencia, como lo ha sido la explosión del proyecto socialdemócrata. Noam Chomsky lo expresó con claridad en 1974: “El fascismo es el último recurso de las clases dirigentes cuando ya no pueden mantener de otra forma sus privilegios”.

Creíamos que el fascismo era un fenómeno superado y sin vigencia histórica tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, como sistema de creencias y entramado social, el fascismo no murió; al contrario, sobrevivió y se transformó. Se metabolizó en nuevos procesos funcionales al proyecto del capitalismo neoliberal, bajo cuyo dominio todo quedó subordinado a la concepción radical del libre mercado. No resulta extraño que el sociólogo Boaventura de Sousa Santos hable del auge de un “fascismo social”, tan violento como autoritario, en referencia a las lógicas de exclusión y deshumanización predominantes en la sociedad neoliberal del cansancio.

Habrá quienes piensen que hablar de fascismo resulta anacrónico y que el término, aplicado al contexto actual, carece de rigor y se inscribe en el lenguaje de “todo lo que no me gusta es fascista”. Una respuesta a estas voces asoma en las declaraciones del historiador Mark Bray, para quien el término fascismo, más allá de su significado histórico concreto, denota, en general, “un significante moral que quienes luchan contra diversos tipos de opresión usan para enfatizar la ferocidad de sus enemigos políticos y los elementos de continuidad que comparten con el fascismo histórico”. Si bien estos elementos pueden variar de un contexto a otro, en su artículo Urfascismo Umberto Eco ofrece algunas claves que permiten identificarlos: culto a la tradición, actitud acrítica, estigmatización de la diferencia, superioridad de unos sobre otros, llamamiento a las clases medias frustradas, obsesión por las conspiraciones, búsqueda de culpables externos, racismo, antipacifismo, machismo, populismo, etc. Son elementos que coinciden con lo que en el plano psicológico Adorno, Horkheimer y otros colaboradores de la Escuela de Frankfurt en 1950 llamaron la escala F: el tipo de personalidad con predisposiciones ideológicas autoritarias potencialmente fascistas.

A raíz de la celebración del Día Mundial de la Filosofía, cabe preguntarse cuál es el papel de la filosofía en la lucha diaria frente a esta nueva ola reaccionaria y fascistoide.

La filosofía tiene una larga historia en la que se mezclan lo conservador y lo subversivo, lo revolucionario y lo contrarrevolucionario. Esto puede observarse en la relación, a menudo tensa y en ocasiones de colaboración, que a lo largo del siglo XX la filosofía occidental mantuvo con el fascismo. Hubo filósofos que apoyaron abiertamente los regímenes fascistas, filósofos cuyas ideas se interpretaron con mayor o menor acierto para legitimarlos intelectualmente y filósofos decididamente antifascistas. Entre los pocos filósofos fascistas importantes se encuentran Carl Schmitt, miembro del partido nazi y uno de los filósofos del derecho más prominentes del Tercer Reich; Giovanni Gentile, primer ministro de Educación de Benito Mussolini; y Martin Heidegger, afiliado desde 1933 al NSDAP, quien desde el rectorado de la Universidad de Friburgo apuntaló la nueva ideología, por no hablar de los filósofos más fanáticos del nazismo: Alfred Rosenberg, Alfred Bäumler y Ernst Krieck.

Entre los filósofos cuyas ideas se distorsionaron en un sentido espurio destaca Nietzsche, en ocasiones presentado como el precursor del fascismo. El nazismo desvirtuó interesadamente sus textos para sostener la ideología nazi. De hecho, se sabe que la principal responsable del acercamiento de Nietzsche al nazismo fue su hermana, Elisabeth, simpatizante nazi, cuya edición de los trabajos de su hermano condujo a la aprobación de las interpretaciones nazis y fascistas.

Por último, entre los filósofos que mantuvieron una posición antifascista, cabe destacar a Walter Benjamin, Hannah Arendt y Theodor W. Adorno. Benjamin, que se suicidó en 1940 en Portbou huyendo de la ocupación nazi de Francia, donde permanecía exiliado, observa que detrás de cada ascenso fascista subyace una revolución fracasada. ¿Cuál es nuestra revolución fracasada? Tal vez, como señala Slavoj Žižek, nuestro gran fracaso revolucionario radica precisamente en la ausencia de una revolución. Arendt enseña que uno de los rostros más terribles del totalitarismo es la “banalidad del mal”, que anula la capacidad de pensar por uno mismo y convierte a las personas en autómatas obedientes. Por su parte, Adorno cuestiona la validez de toda educación que no se plantee “la exigencia de que Auschwitz no se repita”.

La filosofía es un intento de clarificar nuestro momento histórico, un espacio de reflexión crítica comprometido con el presente que permite ensanchar la inagotable capacidad humana de pensar, de crear, de amar, de subvertir y re-existir. Su principal tarea es crear nuevas formas de pensar y actuar, rechazar los esquemas de pensamiento que pretenden convertirnos en ovejas de rebaño. En este sentido, la filosofía es forma de una resistencia creativa. Parte de su cometido consiste en contribuir a desarrollar alternativas emancipadoras a los callejones sin salida de la desesperación, el aislamiento y la retórica neoliberal de la falta de alternativas. Por ello, la filosofía es una actividad imprescindible para cuestionar, desafiar y democratizar el poder autoritario que echa mano del clasismo, del racismo y del patriarcado para perpetuarse.

Necesitamos con urgencia un plan global de cambio democrático que enfrente los problemas más apremiantes de nuestro tiempo; un programa anticapitalista, anticolonialista y feminista, considerando que el capitalismo, el neocolonialismo y el heteropatriarcado son gasolina para el fascismo social neoliberal del que habla de Sousa Santos.

En 1941, al final de La resistible ascensión de Arturo Ui, Bertolt Brecht, en alusión las dictaduras fascistas de entreguerras, advertía de que “todavía es fecundo el vientre que parió el suceso inmundo”. En las actuales condiciones de fascismo social y crecimiento de la extrema derecha, la advertencia de Brecht sobre los hijos del fascismo es más pertinente que nunca. De no tenerla en cuenta, la filosofía corre el riesgo de convertirse en un cadáver más en la morgue fascista.