Opinion · Dominio público

Franquismo y antifascismo

Lo escribo una y otra vez. España es el único país de Europa donde la democracia no se construyó contra el fascismo, y ello porque el antifascismo perdió en 1939 la “guerra mundial española” y porque el franquismo, que no fue exactamente un fascismo, pero sí una sangrienta dictadura, nunca fue derrotado del todo. Por eso España es el único país -excepción políticamente decisiva- donde se puede ser “demócrata” sin ser antifascista y donde el antifascismo se identifica como un objeto político mucho más radical y antisistema que el fascismo y, desde luego, mucho más antidemocrático que el franquismo. Creo que este rasgo típica y dolorosamente “español” debería desaconsejar el uso de los términos fascismo -y antifascismo- para las luchas políticas contemporáneas.

Hay otro elemento que así lo desaconseja y no me refiero al hecho, a mi juicio incontestable, de que lo que llamamos neofascismo, y yo prefiero llamar destropopulismo, no se corresponde con el fenómeno histórico de ese nombre. Me refiero sobre todo a la evidencia de que, al contrario de lo que sucede con el “antifascismo”, el “fascismo” no se corresponde tampoco con ningún objeto político que los españoles tengan en la cabeza. Nadie reivindica el fascismo en España o sólo lo reivindica una minoría reducidísima que se ha situado a sí misma fuera del juego político y que, cuando entra en él, se apresura a desprenderse de ese rótulo; y frente a la cual, dicho sea de paso, otra minoría reducidísima, ahora en el flanco izquierdo, también autoexcluida, reivindica el antifascismo en nombre del comunismo, un objeto, este sí, reconocible en el exterior. Son estas dos minorías microscópicas las que continúan por su cuenta “la guerra mundial española” al margen de los antagonismos políticos reales que dividen nuestro país.

En resumen: en España, por razones a un tiempo históricas y propagandísticas, el fascismo no da miedo, porque no se identifica con nada, mientras que el antifascismo sigue asustando un poco en la medida en que se identifica -precisamente- con el comunismo de la autoexcluida minoría “radical”. ¿Cuál es la consecuencia? Que el franquismo, que es lo que realmente debería preocuparnos, queda casi completamente opacado por el uso inútil de un rótulo vacío que absuelve a los que amenazan desde dentro la democracia y acusa, en cambio, a quienes lo usan contra ellos para defenderla, también a muchos comunistas que merecen toda nuestra admiración y respeto como pilares que han sido y que son de nuestras flacas conquistas sociales e institucionales.

Con las cosas que la historia nos mete en la cabeza, por muy injustas que sean, hay que contar. “Fascismo” -decía- no se corresponde en España con ningún objeto político. Es sólo un insulto de tan amplio espectro como la aspirina que, al igual que todos los insultos, se utiliza de manera irresponsable en todas direcciones (¡hasta los antifascistas son “fascistas”!), erosionando aún más su anclaje en la lengua y en la historia. Por eso, porque es un insulto y no una descripción (un “hijo de puta” justiciero orientado a aniquilar simbólicamente al enemigo y catalizar el júbilo tribal de los amigos) “fascismo” suena siempre explosivo y belicoso, muy por encima de su valor semántico, como una grosería intolerable y no como un reproche político. Si se usa, por lo demás, en el Parlamento define las maneras del orador, no la calidad democrática del aludido; y como las maneras también definen la calidad democrática de una comunidad política, resulta que en nuestro código protocolario -asociado a la dolorosa excepción española arriba mencionada- el que llama fascista a un oponente se degrada democráticamente a sí mismo, no importa lo que defienda, al tiempo que revaloriza democráticamente al insultado, y ello con independencia de que tenga o no razón.

También lo escribía hace unos días: la resistencia de la derecha en España a condenar el franquismo -mientras todos los demás olvidamos mansamente la historia- revela su fidelidad siempre fresca al recuerdo de su victoria en “la guerra mundial española”, victoria en la que sigue basando su “derecho” al poder político (el económico está más repartido). Esta resistencia no es una pataleta simbólica frente al “comunismo” y el “antifascismo”: es un lazo material con la dictadura que, por eso mismo, impide la normalización democrática de España, como lo demuestra el caso de Catalunya, donde el franquismo superviviente, ayudado por el sector más identitario del independentismo, sigue retrasando, como hace ochenta años, como hace quinientos años (recordemos el lapsus de Casado), una solución política negociada.

Resulta ignominioso que, para blanquear este hilo negro, los que se siguen viendo a sí mismos como vencedores aplacen una y otra vez la condena institucional del franquismo alegando que lo democrático sería una condena institucional equivalente del “comunismo” derrotado. No entro a discutir aquí la oportunidad de este paralelismo. No se trata de dirimir la mayor o menor maldad de las doctrinas; una democracia no puede condenar una ideología. Lo que sí puede y debe hacer es desmarcarse -política, institucional y culturalmente- de su contrario: la dictadura. Franco no derrotó al “comunismo”; derrotó la democracia. En España, lo recuerdo, no hubo durante décadas una  tiranía estalinista, como sí la hubo en Rusia, y en el caso imposible de que Stalin hubiera ganado “la guerra mundial española” (los aliados, que no derrocaron a Franco, no lo hubiesen permitido jamás) y hubiese impuesto después una dictadura, como hizo en Polonia o en Checoslovaquia, entonces hoy todos los demócratas -entre ellos miles de comunistas- estaríamos pidiendo también a nuestros partidos democráticos la condena del régimen anterior.

El franquismo no fue exactamente un fascismo. Por eso aún vive. Así que no conviene distraer la atención con proclamas antifascistas que dejan indemnes y a salvo a los que comparten con Franco una misma visión de España o una misma alergia a la democracia. El mal es más plural que la felicidad. El franquismo no fue un fascismo (ni, cierto, un estalinismo) pero, al igual que el fascismo y el estalinismo, mató, torturó, encarceló y silenció a millones de personas. Hay un sector poderoso de la derecha española que, a contrapelo de su propio electorado, mucho más democrático, está dispuesto no sólo a no condenar sino incluso a resucitar a Franco con tal de no ceder los “derechos” de su victoria en el 39 (¡y en 1492!). No es una cuestión simbólica. Para poder enterrar a Franco, primero hay que matarlo y sólo pueden hacerlo los mismos que lo mantienen con vida: que no son precisamente los “comunistas” ni los “antifascistas”, por muy injustamente chiflados que nos parezcan a veces. Mientras eso no ocurra -mientras el franquismo se mantenga insepulto- los olvidadizos españoles (¡que nos dejen olvidarlo todo de una vez, por favor!) tendremos motivos para temer la repetición de nuestra desgraciada historia y sus muy típicas excepciones y dolores.