Opinion · Dominio público

De nuevo Mauthausen, emblema de dolor y cultura democrática

Rosa Toran

Historiadora. Amical de Mauthausen y otros campos

A pocos días de viajar a Mauthausen, donde convergiremos decenas de miles de personas de todas las edades y condiciones y llegadas de todos los rincones del mundo para conmemorar el 74 aniversario de la liberación del campo por las tropas americanas, ya empiezan a embargarnos sentimientos de respeto hacia el dolor y de admiración por la lucha de los deportados republicanos. Sentimientos devenidos compromiso y que compartiremos con firmeza ante las oleadas revisionistas que sacuden Europa y que atentan contra la dignidad de nuestros compatriotas antifascistas, pero que, por el momento, han sido frenadas en nuestro país, que no ha sucumbido a la tentación de auparse en la mentira y la irreflexión y que ha resistido a la simplicidad de las consignas.

Víctimas de la deportación, la explotación esclavista y la muerte, hombres y mujeres de todos los rincones de España, pioneros en la lucha contra la bestia fascista en nuestro país y en Francia, tuvieron un denominador común que planeó sobre las distintas acepciones ideológicas, sobre sus orígenes y sobre sus creencias: la drástica defensa de la libertad, la igualdad y la justicia social, encarnadas en la República atacada por aquellos que lanzaron la negra tormenta sobre Europa y abandonada por aquellos que no supieron ni atisbaron las consecuencias de su ceguera.

Demasiados mensajes nos han mostrado, en estos últimos tiempos, la radical confrontación entre fascismo y democracia, la simplicidad frente a la complejidad, las amenazas frente a la discusión, la inmediatez frente a la globalidad, los resentimientos frente a la empatía, etc… Inseguridad, temores o dudas que pueden transitar hacia el estigma criminalizador o bien hacia posturas reflexivas con el punto común de la defensa indiscutible de la igualdad de los seres humanos.

La necesaria diferenciación histórica entre fenómenos del pasado y del presente no impide otorgar a ambos un carácter político, que trasciende décadas y se proyecta hacia el futuro, por cuanto los valores democráticos son incompatibles con las ideologías o proyectos que atentan contra la convivencia social; en definitiva, creencia en la Humanidad o en la deshumanización.

Los republicanos españoles fueron la avanzada en la lucha contra los fascismos y pagaron por ello un alto precio, en el exilio y en los campos de concentración, donde los internados lucharon minuto a minuto por su supervivencia, sin que la mayoría de ellos lograran sortear a la muerte. Muestras de compañerismo y solidaridad ejercidas en las condiciones más extremas y que prosiguieron en tierras extrañas para ellos, donde se acomodaron por la imposibilidad del regreso a España, que les impedía el régimen dictatorial o bien sus convicciones de no pisar suelo extraño a su pasado republicano. Fuese en Francia o en su país, a partir de retornos minoritarios y paulatinos, tejieron redes de apoyo y solidaridad que conformaron las que fueron llamadas familias de la deportación, desde las cuales prosiguieron su lucha por la democracia, por sus derechos y por su memoria.

Las continuas y recientes desapariciones de los antiguos deportados no exime de la preservación de su memoria, sino al contrario, enfatiza la necesidad del conocimiento y reconocimiento de la verdad histórica sobre nuestro pasado reciente, que merece incorporarse a nuestro patrimonio colectivo, no tan sólo con relatos atemporales, sino como lecciones para nuestro presente, de las cuales osan renegar los insensatos e inmorales negacionistas, que también han dejado oírse en nuestro país.

El derecho a la verdad atañe al conjunto de la ciudadanía, como un deber democrático, por cuanto que los valores de igualdad, libertad y justicia social sustentan cualquier régimen que se precie de democrático. Nos congratulamos, a pesar de la tardanza, que el gobierno español haya instaurado, con carácter anual, el 5 de mayo como «Día de Homenaje a los españoles deportados y fallecidos en Mauthausen y en otros campos y a todas las víctimas del nazismo de España»; acuerdo sustentado en las siguientes consideraciones “honrar y servir de acto de reconocimiento de la injusticia que supuso el exilio de muchos españoles y su internamiento en campos de concentración nazis…, desprovistos de su nacionalidad española por decisión del gobierno franquista, declarados apátridas”, y a los cuales se reconoce insertos en “una parte fundamental de la memoria democrática de España y enlazan la historia de nuestro país con la historia de Europa. Su padecimiento y muerte constituyen un ejemplo insuperable del sacrificio mostrado como luchadores por la democracia y la libertad”.

A todos los demócratas nos atañe el compromiso con el juramento pronunciado por los supervivientes de Mauthausen y otros campos, que reza “…La paz y la libertad son la garantía de la felicidad de los pueblos y de la construcción de un mundo sobre nuevas bases de justicia social y nacional. Es esta la única ruta hacia una colaboración pacífica entre las naciones y los pueblos…”, y nos obliga a luchar en el ámbito local, nacional e internacional, para que todas las personas tengan sus nombres, sus historias, sus sueños y sus derechos como seres humanos.

5 de mayo, Appellplatz de Mauthausen, escenario de internacionalismo solidario década tras década, envuelta en silencios, reflexivos y respetuosos, donde las delegaciones de todo el mundo muestran los relevos generacionales, prueba de la permanencia de la lección de los hombres y mujeres españoles y de todos los continentes que desafiaron el nazifascismo. Este fue su triunfo y no merece ser vitupendiado, negado u ignorado; a los jóvenes que nos acompañarán en nuestro convoy de 300 viajeros les espera una larga lucha por su libertad e igualdad.