Opinion · Dominio público

CAC Málaga, el «chiringuito» perfecto

Joaquín Ivars

Profesor titular de la Universidad de Málaga y autor del libro 'El rizoma y la esponja'

Por “chiringuito” (dicen que palabra de origen cubano pero plenamente incorporada al vocabulario malagueño y andaluz y luego extendida por todo el territorio del Estado) entendemos construcción algo precaria, cerca del mar, destinada al solaz turístico de los días de verano; pero “montarse un chiringuito” también alude a un modo de reunión, de intereses casi siempre inconfesables, que acerca a personajes de distinta y no bien afamada calaña que desde sus escasas dotes y legitimidades intentan medrar hasta conseguir penetrar los ambientes más prósperos de cualquier actividad humana. En ambas acepciones, se podría incluir chiringuito en aquel sesentero «typical Spanish«.

En junio de 2002, hace la friolera de 17 años, publiqué un artículo a doble página en el diario La Opinión de Málaga y otro más breve en el Periódico del arte de Madrid en los que reflexionaba sobre el modelo de Centro de Arte Contemporáneo que se nos estaba viniendo encima a los malagueños a ojos vista de cualquiera que tuviese un mínimo de criterio sobre lo que eso podría significar y lo que nos podía inducir a sospecha. Tantos años después retomo el tema, pero no para ejercer un absurdo “derecho” de reconocimiento de profecía cumplida o crónica anunciada sino para que tengamos la oportunidad de reflexionar de nuevo sobre lo que ya entonces supuso un modelo extremo y viciado de la relación entre el arte, la política y los negocios.

No voy a hacer historia de la cantidad de anomalías asociadas al “modelo” de centro de arte instaurado en Málaga por el Partido Popular, ni del modo en cómo se establecen los pliegos de condiciones para controlar legalmente las adjudicaciones de contratos, ni tampoco pienso hacer un repaso del cúmulo de despropósitos que su hasta hace poco usufructuario gestor, Fernando Francés, ha mostrado con descarada ostentación de poder (algunas de ellas estudiadas en este momento por instancias de la judicatura). Evidentemente, lo que llamo “perfección del chiringuito” proviene siempre de la búsqueda de amparo en una supuesta “optimización de la gestión” (ese oscuro y falaz mantra neoliberal privatizador/saqueador de bienes y servicios públicos); por cierto, una gestión que sería bueno auditar de manera global, moral y técnicamente, y no solo mediante criterios de audiencias, economicistas o legales a menudo tan falaces como fácilmente manipulables. Así que si alguien quiere más detalles y profundizar en el caso, que se dé una vuelta por internet y encontrará detalladas y suculentas, o acobardadas, informaciones u opiniones sobre lo que aquí nos ocupa.

Aunque no es este el ámbito adecuado, sí resultaría interesante estudiar después de tantos años del estado de la cuestión algunos comportamientos que se han producido en el contexto social que rodea este centro. Con esto apunto a que no solo el modelo se ha mostrado nefasto para los intereses de la ciudadanía, según opiniones muy cualificadas, y el gestor parece haber resultado un supuesto aprovechado, sino que también señalo que siempre alrededor de estos prodigios, llamémosles “paralegales”, aparecen otros epifenómenos o circunstancias colaterales. En este caso, ha surgido una suerte de caldo de cultivo que ha alimentado a pequeños trepadores que a su vez “legitiman” el fenómeno dejándose comprar las voluntades por migajas para conseguir algún tipo de regalía concedida por los sospechosos administradores privados del dinero público. Por ejemplo, y sin abundar más en esto porque quisiera ocuparme de otras cuestiones de distinto calado, el centro abrió una serie de exposiciones tituladas Neighbours (vecinos) para contentar y de camino ahorrarse enfrentamientos diarios con la parroquia de artistas, críticos, gacetilleros, profesores y gestores locales o de “proximidad” y así satisfacer las ansias de visibilidad de los menos escrupulosos que siempre tratan de separar las opciones de la ética y de la estética en su propio beneficio; todo para llevarse al bolsillo un trocito de fama casposa (sí, eso que siempre hemos llamado clientelismo rastrero y barato).

Pero dejo estas miserias de más baja estofa para centrarme en el asunto principal que reúno en el título como “chiringuito”. Este caso único de perfección en el dudoso uso/abuso de derechos ciudadanos mediante un modelo extremo de externalización, supone un caso espeluznante de trasvase de dinero recaudado de nuestros impuestos a un bolsillo privado bajo la coartada de un servicio público que en mi modesta opinión habría que someter a un escrutinio más severo. Más allá del ejemplo local, tremendo en sí mismo, el CAC Málaga nos puede servir para extrapolar esta basura a la gestión de lo artístico en un ámbito de intercambio de intereses políticos y económicos que contribuye a que los artistas de este país apenas tengan ninguna presencia en los ámbitos internacionales si lo comparamos no solo con países de rentas más bajas, sino también con aquellos de menos población o de menor presencia en los foros internacionales de distinto tipo.

Si se trata el arte como un asunto absolutamente subjetivo que no contiene elementos de comparación objetiva más que aquellos que se muestran como datos económicos de mercado, inversionistas financieros, audiencias más o menos falseadas, etc. entonces es que no estamos entendiendo nada respecto a la producción artística. El arte tiene elementos absolutamente objetivables que deben quedar al margen del capricho de los comerciantes, influencers y politicastros de turno. Cuando introducimos alegremente el fenómeno de lo artístico dentro del consenso de lo que llamamos cultura (y que tan a menudo contemplamos como dispositivo orientado a la explotación turística), entonces es que no comprendemos cuáles son las funciones más altas a las que debe aspirar no solo la producción artística sino la gestión de la misma y la divulgación de sus procesos. Unas funciones que tienen que ver no con la búsqueda de consensos mass-mediáticos ni con el marketing urbano sino con forzar los límites del sentido común para ampliar o incluso retorcer el sentido de nuestras vidas.

En otro orden de cosas y bajando a un terreno más utilitario, si recientemente en The New York Times aparece un artículo ridiculizando las respuestas balbuceantes acerca de la cultura en España que daban en el segundo de los debates televisados los cuatro responsables máximos de los partidos políticos de ámbito nacional, entonces es que tenemos al frente de nuestras sociedades y en diversas escalas de responsabilidad a personas que no entienden de qué va esto; irresponsables que no saben qué decir acerca de la cultura y que además desconocen por completo las altas capacidades del arte para inquietar a las sociedades y transformar y trastornar valores personales, culturales y colectivos. ¿Para qué sirven ustedes, pomposos y adocenados ministros de Cultura y demás secuaces? ¿Son ustedes capaces, ministros, secretarios de Estado, subsecretarios, directores de institutos y agencias de cooperación, etc. de ir más allá de decir obviedades y recolocar a amiguetes en instituciones de su responsabilidad como el Instituto Cervantes, AECID, agregadurías culturales, etc.?

Cuando el arte y el dinero, juntos y por separado, fluyen de lo privado a lo público y viceversa para que se hinchen las cuentas corrientes de intermediarios que no han hecho más que situarse en el lugar por donde fluye la pasta a ver si se aprovechan del recorrido, entonces jamás podremos discriminar algo de verdadero provecho en este laberinto de espurios intereses cruzados. Los vasos comunicantes de las colecciones públicas y privadas están a la orden del día y no existen muchos filtros que impidan estas aberraciones que también parecen producirse en el modelo que nos ocupa.

El CAC Málaga tiene sus extremas peculiaridades, pero no es el único que sufre de males ya que comparte dolencias con otros tipos de centros de arte. En unos casos, por ejemplo, centros de arte que deberían servir para dinamizar los tejidos artísticos a través de programas de cierta complejidad intelectual y crítica y que sin embargo se ponen a trabajar mediante la integración de sus programas en el mainstream dirigido por las modas, mercados o lobbies internacionales que nos llegan en forma de consignas o eslóganes de todo tipo. Y en otros casos, centros que están férreamente sometidos a direcciones inquietantemente personalistas como en el caso del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía que hacen y deshacen a su antojo y arbitrio escudándose en que fueron elegidos bajo el paraguas de las “buenas prácticas” pero que una vez instalados en la poltrona combinan sus más que dudosos criterios personales con talantes populistas refrendados por las audiencias o ventas de entradas. En todos lados cuecen habas, señor Borja-Villel, y así es difícil que desde este país podamos aportar nada de valor.

El listado de falacias e incongruencias sería mucho más largo. Este es uno de los aspectos del estado de la cuestión que el CAC Málaga ejemplifica con absoluta rotundidad desde hace muchos años y que parece que seguirá haciéndolo durante otros tantos si nadie lo remedia. El arte del pelotazo es el que más triunfa por estos lares, y esa misma mentalidad es la que hace que tratemos lo artístico de manera tan distinta a como lo hacemos en otros ámbitos “más respetables”, el científico por ejemplo. No nos damos cuenta de que arte, ciencia y pensamiento son esferas que deben quedar al margen, lo más lejos posible de intereses tan bajos como aquellos de los que aquí venimos hablando. Y no se trata simplemente de la “excepción cultural” a la francesa, sino de entender que, si queremos mejorar en algún aspecto, no todo vale y debemos tratar de pensar un poquito mejor y más lejos.

Cansado de tanta inoperancia y tanta rapiña vestidas de grandilocuencia y cómputos de masas a las que luego se desprecia, terminaré de manera cínica. El hasta hace nada responsable del CAC Málaga, Fernando Francés, es ahora el flamante Secretario General de Cultura de la Junta de Andalucía, eso sí que es ser un “artista”… un adalid de la cultura del pelotazo. (Desde las puertas de la ciudad que le abrió Francisco de la Torre Prados, el ingenieril e incombustible alcalde que nunca ha entendido más que de los números que le convienen, Francés ha sabido hacerse con las puertas “culturales” de la comunidad autónoma que le acaba de abrir el andaluz trío calavera, PP-Cs-Vox, comandada por el inigualable Juan Manuel Moreno Bonilla).

Nota final: increíblemente, la empresa concesionaria que durante tantos años ha gestionado el CAC Málaga ha vuelto a ganar el concurso de adjudicación por otros cinco años una vez que su primer empresario dice que ha dejado todas sus funciones en ella y ha pasado a ser miembro del gobierno de la Junta de Andalucía. Veremos.