Dominio público

En defensa de los estudios y el conocimiento feminista

Beatriz Gimeno

Directora del Instituto de la Mujer

Estanterías con juguetes infantiles de un centro comercial de Madrid. E.P./Eduardo Parra
Estanterías con juguetes infantiles de un centro comercial de Madrid. E.P./Eduardo Parra

Hace unos días presentamos, desde el Instituto de la Mujer, un estudio sobre las campañas de publicidad de los juguetes. El estudio, de más de 200 páginas, analizaba catálogos, anuncios de televisión, los envoltorios de los juguetes…no tanto los juguetes en sí, sino como se presentan ante sus destinatarios. Es decir, lo que queríamos estudiar, aprovechando la campaña de Navidad, es hasta qué punto sigue estando vigente la idea de que hay que enseñar a niños y niñas a jugar con juguetes no sólo diferentes sino no intercambiables, y de qué manera el marketing publicitario se emplea en esa cuestión.

Que los juguetes son una poderosa herramienta de educación y socialización no lo discute casi nadie; que es en el juego en donde se ponen las bases de la comprensión del mundo y de la autoconciencia, tampoco. No es la única, pero sí una de las más importantes. Para entender por qué las jóvenes siguen prefiriendo ser enfermeras a ingenieras y madres a cualquier cosa, o por qué los jóvenes no piensan en ser padres y quieren ser ingenieros, no está de más escudriñar a qué se les impulsa a jugar. Tampoco es muy difícil de entender, es bastante obvio. Estudiar cómo se construyen y transmiten las tendencias sociales es lo que hace la sociología, entre otras ciencias y, más allá del feminismo, no hay día en que no salga un estudio que se adentre en la manera en que la gente elige lo que elige, por qué, si dichas elecciones son acertadas, qué consecuencias tienen, si se podrían cambiar etc. Nada extraordinario. Excepto si lo que pretendemos estudiar es la construcción de la desigualdad sexual, aquello a lo que, entre otras cosas, se dedica el feminismo. Porque ahí ya la cosa cambia.

No me preocupan ni me sorprenden las reacciones a un estudio tan tradicional como el del sexismo de los juguetes porque a estas alturas a las feministas no nos sorprende nada de los intentos patriarcales por deslegitimar nuestros saberes. Estas reacciones son también tradicionales y recurrentes y analizarlas es también nuestra tarea. Digamos que hay tres reacciones básicas que suelen operar conjuntamente. Por una parte se niega valor científico al estudio, usando un antiintelectualismo  que siempre está presente en los discursos de la extrema derecha; si la razón o el conocimiento niegan tus argumentos, nada mejor que negar la razón y denigrar el conocimiento. En general, únicamente  la extrema derecha se suma al negacionismo científico, excepto sí se trata de estudios feministas que ahí ya el espectro negacionista se amplia. Ahí ya no hace falta siquiera ser de extrema derecha, vale con ser machista. Así una teoría crítica compleja como el feminismo, que se levanta en pie de igualdad frente a otras teorías críticas y políticas, se pretende desvalorizar y todavía sigue resultando fácil para algunos afirmar que el feminismo no produce ciencia. Desde esa premisa falsa no hace falta esforzarse en debatir o refutar científicamente los datos o conclusiones propuestas; se niega porque sí, porque es feminismo, "cosas de mujeres".

La segunda reacción es la burla, que a menudo acompaña a lo anterior. Esto es algo muy conocido también por las feministas. La burla es el recurso más fácil. La burla tampoco ofrece ninguna alternativa a lo propuesto por el estudio, simplemente aparece y recibe adhesiones que tampoco serían capaces de refutar seriamente nada de lo dicho. La burla es política de tierra quemada para el machismo, el racismo, la homofobia etc.   Algo que las feministas también conocemos bien, la burla siempre aparece ante los intentos de cuestionar la construcción de roles y estereotipos patriarcales o, en el fondo, de cuestionar la naturalidad de las relaciones entre los sexos. Burla que, por supuesto no se haría de ningún estudio que pretendiera estudiar científicamente la manera en que se construye cualquier otra relación social. Se usarían, en este caso, otros medios, pero no la burla. La burla permite a quien la usa sentirse superior, aunque no lo sea o, precisamente porque no lo es; pero la burla tiene eso. Es Trump burlándose de los científicos. Para alguna gente todavía funciona.

Y la tercera reacción es afirmar que todo es una exageración porque parte de la premisa de que las relaciones entre los sexos son "naturales", no así las relaciones entre las razas, clases, etnias, nacionalidades, culturas…pero al parecer, la manera en que hombres y mujeres nos relacionamos, es natural y, por tanto, no hay nada que estudiar ni nada que cambiar. Así que el simple hecho de estudiar el sexismo en la publicidad de los juguetes ya es una exageración; que fijarse en las fotos que acompañan las campañas publicitarias, es exagerado; que fijarse en los colores de las cajas de los juguetes, en las voces que acompañan los anuncios, en las músicas, en la posición de niños y niñas en los anuncios…que todo eso es exagerado.

Ninguna de estas críticas es nueva ni puede coger a ninguna feminista por sorpresa. Forman el ABC del machismo tradicional: negar legitimidad científica, burlarse, apelar a la naturalidad de lo que significa la posición de hombres y mujeres en el mundo y calificar de "exagerado" cualquier intento de cambiarla.

Pero las relaciones ente los sexos y su  posición social no es natural, ni lo es las relaciones entre las clases, ni entre las razas, ni entre las edades…por definición, las relaciones sociales se desarrollan dentro de una compleja madeja de normas y reglas estratificadas. Pretender cambiarlas es lo que hacen los movimientos de emancipación. Es lo que hace el feminismo. Las críticas que el feminismo hace al machismo naturalizado inauguran, dice la socióloga Eva Illouz, una nueva manera de concebir y marcar la voluntad política, bastante similar a los modos surgidos durante la Revolución Francesa, que inauguró un nuevo contrato social; el feminismo busca instaurar un nuevo contrato sexual…. que será social por definición.

Si de 100 fotos resulta que en las 100 los niños aparecen más grandes que las niñas, eso no es ni natural ni casual. Si las niñas aprenden a cuidar a los demás en una habitación y los niños aprenden a jugar al aire libre, eso no es natural ni casual. Si cuando se habla a las niñas se usa una voz delicada y a los niños se les habla con voz fuerte se les está enseñando a que su voz sea delicada o fuerte, que su expresión sea delicada o fuerte, que sus juegos lo sean, que se construyan subjetivamente desde ahí. Y no hacen falta muchas más explicaciones. En general  basta poner a los niños y a los hombres en las posturas que en la publicidad aparecen las mujeres y las niñas (como a menudo a hecho la artista Yolanda Domínguez)  para darse cuenta de lo forzado y ridículo de dichas posturas.

Como  bien dice Illouz "el poder genera una riqueza de significados porque casi siempre necesita estar velado". Por eso el conocimiento feminista resulta chocante, indignante o gracioso para algunos, porque desvela las relaciones de poder y la red de significados que se ocultan bajo lo entendido como natural y, desde ahí, elimina también las fantasías y las seguridades (y lo confortable de esas seguridades) sobre las que se construyen las relaciones de género. Y nada da más miedo que desconocer el terreno que se pisa.