Dominio público

El cuidado y la gestión de la pandemia

Antoni Aguiló

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra y miembro del colectivo Homes Transitant

Personal sanitario atiende a un enfermo de covid-19 en la UCI del Hospital Ramon y Cajal, en Madrid. REUTERS/Sergio Perez
Personal sanitario atiende a un enfermo de covid-19 en la UCI del Hospital Ramon y Cajal, en Madrid. REUTERS/Sergio Perez

De qué manera la pandemia del nuevo coronavirus cambiará el curso de la historia está por ver. Lo cierto es que tenemos una oportunidad histórica para repensarnos, para explorar escenarios de futuro y alentar un cambio civilizatorio liberador. Aprovechemos esta oportunidad para recordar, como dice Hélène Cixous, que "somos posibles. Cualquiera. Basta que no amurallemos los paréntesis en los que viven nuestros «por qué no»".[1]

Derrumbar la muralla que rodea esos paréntesis es el gran desafío de nuestro tiempo. En su reciente libro Aprendizajes globales (Icaria, 2019), Boaventura de Sousa Santos sostiene que esa posibilidad se traduce en un aprendizaje con el Sur global, metáfora de los diversos grupos sociales que alrededor del mundo son explotados y oprimidos por el capitalismo, por el racismo y el heteropatriarcado: trabajadores precarizados, migrantes indocumentados y sujetos racializados, campesinos expulsados de sus tierras, mujeres y personas LGTBI víctimas de la violencia patriarcal, etc. Pero al mismo tiempo, el Sur global también es la metáfora de un espacio plural a partir del cual articular resistencias, producir reflexión crítica y crear alternativas.

El sociólogo nos invita a realizar este aprendizaje de la mano de las epistemologías del Sur, un conjunto de prácticas cognitivas y metodológicas que buscan reconocer el conocimiento nacido de las luchas populares, los saberes que manejan quienes a lo largo de la historia vienen enfrentándose a la transfobia, a las desigualdades sociales, a los discursos de odio y, en definitiva, a la violencia estructural que genera la sociedad regida por las relaciones de mercado y por el régimen de la supremacía blanca, masculina y heteronormativa. Saberes que, a pesar de ello, resisten.

A la luz de estas consideraciones, y teniendo en cuenta que uno de los colectivos más vulnerabilizados por la covid-19 son las mujeres, tenemos por delante el reto de despatriarcalizar la pandemia y, en particular, la gestión que se viene haciendo de ella. La perspectiva de género en el análisis de los impactos de la pandemia revela que las mujeres están en la vanguardia de la lucha contra el coronavirus y sus consecuencias, y que son ellas las que sufren mayor estrés, ansiedad y presión emocional, empezando por las profesionales sanitarias que en todo el mundo son en su mayoría mujeres y se exponen al virus día a día. Muchas han visto cómo su responsabilidad como trabajadoras domésticas no remuneradas ha aumentado enormemente; otras están sobrecargadas por la doble jornada laboral (la remunerada fuera del hogar y la no remunerada dentro); otras han perdido sus empleos (que ya eran objeto de desigualdad salarial) debido a la crisis; y muchas se ven obligadas a convivir durante el confinamiento con la violencia machista de sus parejas. Como muestran varios estudios, la violencia de género tiende a agudizarse tras periodos prolongados de convivencia, como las vacaciones de verano o la Navidad. Además, la pandemia refuerza un contexto ya de por sí marcado por la feminización de la precariedad laboral, por la demanda de conciliación entre la vida personal y la vida profesional, por la distribución estereotipada de los roles de género y por redes personales de apoyo con rostro fundamentalmente femenino.

En este contexto, los Gobiernos han optado por un modelo de gestión de crisis que incluye confinamientos, cierres de fronteras, distanciamiento interpersonal, toques de queda y teletrabajo. Se trata de un modelo de gestión que privilegia la lógica de lo cuantificable en términos económicos y humanos (cálculo de impactos, recursos y resultados medibles, etc.), que apela a un lenguaje bélico (la guerra contra el virus) y cuyo principal objetivo es retornar a la vieja normalidad, no transformarla.

Este modelo de gestión asume una narrativa del cuidado vinculada a la salud y la economía. Se nos pide que nos cuidemos aislándonos físicamente y se nos pide, como hicieron Trump y Bolsonaro, que cuidemos la economía, volviendo a trabajar y gastando con normalidad. Estas apelaciones al cuidado son meramente paternalistas, retóricas e instrumentales. No ven realmente la crisis como una oportunidad para atender al papel transformador de los cuidados y explorar las posibilidades de mejorar la vida que implica una auténtica política del cuidado. Hay que abogar por unos servicios públicos capaces de realizar una lectura interseccional del cuidado. Es necesario tener en cuenta no solo la dimensión económica del cuidado, sino también, y sobre todo, su dimensión cognitiva (conocimientos generados por el cuidado) y su dimensión ética (prácticas de amor y respeto hacia uno mismo, hacia el planeta y hacia la comunidad).

Cuidar es toda una forma de ser, de conocer y de relacionarse. En ese sentido, hago mías las palabras de Johanna Hedva, que a partir de su experiencia personal de convivir con una enfermedad crónica y de habitar un cuerpo disidente reflexiona sobre cómo se cruzan cuestiones como la salud, el género y la raza, poniendo en valor la dimensión revolucionaria de los cuidados: "La protesta más anticapitalista es cuidar a otros y cuidarse a uno mismo. […] Tomarse en serio las vulnerabilidades, fragilidades y precariedades de cada uno, y apoyarlas, respetarlas y empoderarlas. Protegernos mutuamente. […] Porque una vez que estemos todos enfermos y confinados en la cama, compartiendo nuestras historias de terapias y ayudas, formando grupos de apoyo, escuchando historias de trauma ajenas, priorizando el cuidado y el amor de nuestros enfermos, afligidos, queridos, sensibles y fantásticos cuerpos, y no quede nadie que pueda ir a trabajar, quizá entonces finalmente, el capitalismo se detendrá".[2]

Pocas certezas sobre un futuro incierto bloqueado por estados de alarma que se suceden en el tiempo y las geografías. La única: la necesidad de construir territorios y comunidades de cuidados más allá del binomio salud-enfermedad de un modo que revele afectos, solidaridades, empatías y rebeldías compartidas frente a tanto individualismo, tanto capitalismo y tanto patriarcado. Ojalá que la próxima pandemia que sacuda nuestras vidas sea la del cuidado revolucionario.

 

[1] La risa de la medusa, Barcelona, Anthropos, pág. 197.

[2] Teoría de la mujer enferma. Traducción propia a partir de la conferencia "My Body Is a Prison of Pain so I Want to Leave It Like a Mystic But I Also Love It & Want It to Matter Politically", Los Ángeles, 7 de octubre de 2015, disponible en http://sickwomantheory.tumblr.com/post/138519901031/transcript-of-my-body-is-a-prison-of-pain-so-i (consulta: 1/10/2020).