Dominio público

Diez tesis sobre el Valle de los Caídos

Una familia de fascistas ucranianos hace el saludo romano en el Valle de los Caídos el domingo pasado.- IMAGEN CEDIDO POR EL AUTOR

1.  Ningún monumento construido por una dictadura, sea del signo que sea, puede aspirar a promover la reconciliación de una sociedad. Los monumentos dictatoriales, por definición, dividen, no unen.

2. Ningún monumento puede aspirar a promover la reconciliación si una gran parte de la sociedad expresa un rechazo hacia él de forma explícita, continua y sin ambigüedades.

3. La naturaleza real de un monumento no se manifiesta en los discursos de las autoridades que lo levantaron. No se manifiesta en la interpretación que actualmente se pueda realizar sobre dichos discursos. La naturaleza real de un monumento se manifiesta en su uso práctico y habitual. Cuando a un monumento acuden fascistas en peregrinaje, es un monumento fascista.

4. Si no se modifica y se resignifica un monumento dictatorial, sigue siendo un monumento dictatorial.

5. Cuando un monumento sigue siendo dictatorial, sigue realizando una pedagogía dictatorial y naturalizando la dictadura: la que lo erigió, las que han existido y las que vendrán.

6. Todo monumento dictatorial es, ante todo, un monumento a la propia dictadura. Solo secundariamente celebra otras cosas. El Valle de los Caídos es, en primer lugar, una exaltación del régimen franquista y de la ideología nacional-católica. Su programa arquitectónico e iconográfico así lo demuestra.

7. Ningún monumento es intocable. En democracia, lo único intocable son los derechos humanos—los derechos fundamentales recogidos en la Constitución española. Cualquier sociedad es libre de reinterpretar los monumentos del pasado como le parezca oportuno, por motivos políticos, estéticos, patrimoniales o pedagógicos. Los monumentos se actualizan. Siempre. Todos. El Coliseo del siglo XXI no es el del siglo I y el Louvre del siglo XXI no es el del siglo XVIII. Actualizamos para comprender el pasado y para construir el presente.

8. La destrucción de un monumento no garantiza que cese su funcionamiento simbólico. Los estudiosos del patrimonio han demostrado en numerosas ocasiones la fuerza que tienen el vacío, las ruinas, los huecos, los escombros, el espacio negativo en general. Es más, la desaparición eventual de un monumento formaba parte de la teoría estética del fascismo: la destrucción como sublimación. Y puede dar pie al negacionismo.

9. La resignificación del Valle de los Caídos no puede ser solo simbólica. Tiene que ser material e incidir en la realidad física del monumento. La resignificación sin efectos materiales se la lleva el viento—y las legislaturas.

10. El Valle de los Caídos, como todo monumento dictatorial, apela a la emoción, no a la razón. Tenemos que usar la razón para desmontar y resignificar el Valle de los Caídos, pero la razón sola no sirve. Es necesario una intervención potente y ambiciosa que apele a los afectos. A los afectos que deberían ser compartidos en cualquier sociedad democrática: empatía, compasión por las víctimas y aversión hacia cualquier forma de despotismo