Dominio público

Septiembre y la vuelta al cole: ¿es seguro el regreso a las aulas?

Pedro Gullón

Epidemiólogo. Profesor en la Universidad de Alcalá. Coautor de 'Epidemiocracia'

Aula vacía en el colegio Lourdes, en Valladolid. Imagen de archivo de EFE

Todavía sigo organizando mi vida en torno a los cursos escolares. Septiembre es uno de esos momentos que se suelen usar para realizar cambios y promesas. Pero también representa un eterno retorno: retorno al cole, retorno al trabajo (para quién haya podido cogerse vacaciones), e incluso retorno de debates circulares.

De esto último sabemos mucho ahora en la pandemia de la covid-19: que sí confinamientos sí o no, que si toque de queda o no, que si el cierre de la hostelería… Uno de los debates que más escuchamos estos días, por motivos obvios, es la vuelta presencial a las aulas en los colegios. Y entrar en este debate desde un punto de vista de la salud pública requiere pensar la respuesta a dos preguntas. ¿Qué sabemos de la transmisión de la covid-19 en los centros educativos? ¿Cuáles son los riesgos y beneficios en términos de salud pública de mantener los centros educativos abiertos?

La transmisión en los colegios: de la alarma a la calma

 Tras año y medio de pandemia hemos aprendido bien qué situaciones son las que aumentan más el riesgo de contagiarse del virus SARS-CoV-2: lugares mal ventilados donde hay poca distancia durante un tiempo largo y no se usa la mascarilla. En base a todas estas dimensiones (distancia, tiempo, ventilación y medidas de protección) podemos saber qué lugares tienen más probabilidad de actuar como focos de contagio o no.

¿En qué lugar deja los colegios? A priori, podríamos pensar que hay elementos que potencialmente aumentan el rol "contagiador" de las aulas: grupos de alumnas y alumnos en un lugar interior durante muchas horas. Sin embargo, la experiencia del curso pasado en España es positiva, y nos indica que las estrategias de reducción de riesgo pueden ser efectivas. Los colegios no actuaron como lugares donde se multiplicaron los contagios, y la incidencia acumulada en los colegios seguía una curva similar que la que se producía en el resto de la población. De hecho, tal y como destaca el informe del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias, la mayor parte de los contagios en niñas y niños ocurren en el ámbito doméstico, aun durante el curso escolar.

Hay varias razones que pueden explicar este fenómeno. Por un lado, tal y como indican los datos del Centro Europeo para el Control de Enfermedades (ECDC), hasta la fecha las personas más jóvenes (principalmente menores de 12 años) tienen una incidencia acumulada menor que el resto de la población, incluso con nuevas variantes, pudiendo indicar una menor transmisión en este grupo de edad. Por otro lado, y quizá mucho más relevante en términos de actuaciones públicas, el titánico esfuerzo (no sin dificultades) de todo el personal docente y las familias durante el curso pasado permitió que la transmisión dentro de los colegios no actuase como un multiplicador de la transmisión comunitaria. Tanto los protocolos de aislamiento y cuarentena, los grupos burbuja, la ventilación, y, principalmente, la disminución de la ratio de las aulas, son estrategias que parecen efectivas para contener la transmisión en las aulas.

El derecho a la educación: parte del derecho a la salud

Igual que cuando se desarrolla un medicamento o una vacuna siempre se tiene que hacer un balance entre los beneficios que puede tener y sus efectos secundarios, las actuaciones en salud pública también deben ser conscientes de ello. En el caso de las medidas que se han implementado este año y medio, supone que, frente al beneficio en reducción de contagios que tienen las medidas de distanciamiento físico (por ejemplo, los confinamientos domiciliarios), tenemos que sopesar siempre los efectos secundarios que tiene en salud mental, salud física de las personas mayores, violencia de género, y, como no, los efectos económicos. Esto no significa rechazar esas medidas, que en algunos casos pueden ser estrictamente necesarias, es utilizar inteligencia epidemiológica para, en un equilibrio muy delicado, aplicar las medidas de prevención en el momento correcto y donde se produzca más beneficio. Es decir, las medidas de salud pública necesitan ser proporcionales al riesgo y los beneficios.

En el caso de las aulas, el cierre de los colegios se enfrenta directamente con el derecho a la educación y con la propia salud de las niñas y los niños. El riesgo de infección se encuentra con el riesgo social y de salud del cierre de las escuelas. El cierre de los colegios tuvo un efecto potente en el aprendizaje especialmente entre estudiantes de una posición socioeconómica menos aventajada, como ha demostrado este reciente artículo científico sobre los Países Bajos. La educación es uno de los principales determinantes de una buena salud, y tiene un rol fundamental en la reducción de las desigualdades en salud. De esta manera, una mirada de salud pública no puede cerrarse solo a las curvas de contagio de la covid-19; una mirada de salud pública debe tener en cuenta todos los determinantes de la salud presente y futura. Asimismo, en términos de proporcionalidad, resulta extraño debatir sobre el cierre de los colegios, sabiendo que su rol transmisor es discreto, mientras otros lugares cuyo rol diseminador es mucho más conocido, poco a poco comienzan su reapertura.

Proyecciones ante el nuevo curso: unos apuntes para interpretar datos

 Septiembre de 2020 no es lo mismo que septiembre de 2021. Nos encontramos en una situación epidemiológica muy diferente. Por un lado, el gran número de personas vacunadas, que ya alcanza incluso más del 50% en la franja de edad de 12 a 19 años, nos puede hacer ver con cierto optimismo el nuevo curso. Estas vacunas han demostrado efectividad para reducir la gravedad de la enfermedad, e, incluso, en reducir parcialmente la transmisión del virus. Por otro lado, la relajación de las medidas en las aulas puede disminuir parcialmente el éxito del curso escolar pasado. Una baja ratio de estudiantes por aula, por ejemplo, no solo es positivo en términos de contener los contagios, sino que puede tener un efecto en la calidad de la educación, que también tendrá beneficios en salud futuros.

En este nuevo curso escolar se van a producir casos y brotes en los colegios. Igual que en el pasado, e igual que se producen (y de forma más frecuente) en otros ámbitos laborales y de ocio. Pero debemos tener sumo cuidado con la interpretación de los datos que nos van llegando. Es altamente probable que la proporción de casos que representan los menores de 12 años sobre el total de casos sea mayor de lo que ha sido en el pasado. Pero eso no tiene por qué significar que la transmisión en los colegios esté aumentando. Si la incidencia en los adultos es más baja por las vacunas, pero se mantiene similar en los menores de 12 años al no estar vacunados, estos representarán una mayor proporción de casos, pero su incidencia absoluta podría ser similar. Debemos hacer vigilancia epidemiológica de calidad; interpretar los datos con cabeza antes de relato.

En esta vuelta al cole epidemiológica, yo pido que sigamos abriéndonos hacia una mirada salubrista. Una que considere el derecho a la educación y la protección del sistema educativo como parte del derecho a la salud de las futuras generaciones. Los colegios no son solo un lugar donde se producen (o no) contagios, son un sistema complejo que ejerce un papel fundamental en la socialización y aprendizaje de las personas jóvenes y, por tanto, influyen en su salud futura. Cuando hablamos de proteger la educación, hablamos de proteger la salud.