Dominio público

Les habla el Vaticano

El Rey Felipe VI (2i), durante un encuentro con el Papa Francisco (3i), junto a la Reina Letizia (1i), en el Vaticano, 2014. (Foto de ARCHIVO)

Es complejo intentar abarcar cómo ha influido en la historia de la humanidad una institución religiosa y transversal como el Vaticano, aparte de mucho y con más oscuros que claros. He pasado el fin de semana en vilo dentro del libro Intrigas y poder en el Vaticano, de Vicens Lozano (Roca Editorial), y no he salido con menos ansiedad, ni de lejos. Precisamente, porque el libro lo es de un periodista experto en el tema y muy consciente del interlocutor que tiene enfrente: puro poder. Hay pocas narraciones con tanta información, tan intensa e inquietante como la de este libro. 

Vicens Lozano ha trabajado durante 35 años en Roma y el Vaticano para TV3, la televisión pública catalana, y su conocimiento del terreno fangoso que pisa y de las fuentes sinuosas que le nutren es, en sí mismo, un relato. Por razones de imperiosa actualidad y máxima preocupación, he querido traer aquí un libro necesario para conocer la influencia global del poder católico y, sobre todo, su ascendencia sobre la negación de la democracia en episodios agónicos de la humanidad. En España sabemos muy bien de lo que hablamos, con un poder eclesiástico completamente volcado en la res publica. 

Durante la lectura atravieso el relato de la convulsión interna que generaron los documentos de Vatileaks. Lo cuentan directamente a Lozano fuentes de la Santa Sede, que dan a conocer, por ejemplo, el prostíbulo oficioso de los cardenales y otras autoridades en Roma: "Me cuesta decirlo, pero hasta hace muy poco tiempo, dentro del Vaticano había un burdel de gran actividad", admite uno de estos purpurados, que no ahorra en detalles. El sexo, la lujuria (pecado capital), sobrevuela la historia del Vaticano, por acción u omisión, siempre obsesionada la Santa Sede con reivindicar el celibato. La avaricia (ídem), también, en forma de búsqueda del control pleno del dinero y el poder, aunque, en realidad, la narración va desgranando cómo los poderosos cardenales y esa pequeña sociedad masculina que es el Vaticano caen una y otra vez en los siete pecados capitales que condenan de cara a la galería, y con no poca dureza: soberbia, las citadas avaricia y lujuria, ira, gula, envidia y pereza.

A los poderosos clérigos les pasa como a los reyes: viven en una dimensión paralela, donde la realidad que acontece fuera de los muros de San Pedro no se entiende igual que en el resto del mundo, sobre todo, el laico. Tras un relato del que sales entre agotada y enfadada, esta órbita paralela se confirma en la entrevista final del libro a Jordi Bertomeu, oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, la antigua Inquisición romana a la que este monseñor ha aprendido a "respetar y a querer". La conversación da un caudal de información pese al recelo de Bertomeu con las entrevistas ("Sufre alergia a los medios de comunicación") Bertomeu, una de las personas de máxima confianza del Papa Francisco, se ocupa de luchar contra la pederastia de los curas, el asunto más oscuro y doloroso al que se enfrentan el Vaticano y su acual pontífice, teniendo en cuenta que sus antecesores no hicieron apenas nada, aparte de proteger a los violadores de niños.


Nada más lejos de mi intención que destripar un libro que debería ser de obligada lectura, para católicos/as y para todas las que intentamos informarnos lo mejor posible sobre aquello que, queriéndolo o no, condiciona nuestras vidas. Entre los católicos, apelo con especial énfasis a la Conferencia Episcopal Española, que se sigue resistiendo a abrir una investigación independiente sobre los abusos sexuales del clero, al modo de Francia o Portugal. La lectura de este texto abrumador, la entrevista de Lozano a Bertomeu obliga a los obispos españoles a abordar de una vez por todas y con toda la contundencia de la Justicia ordinaria la pederastia, abusos sexuales y violaciones amparadas por la sotana y la cruz ("El encubrimiento del abuso sexual a menores, en una cultura de la hipersexualización y de la libertad ejercida sin ningún vínvulo, haciendo lo que a uno le aporta más placer sin mirar en primer lugar por el bien del otro, es una de las formas más graves de esta corrupción que también debemos afrontar en el seno de la Iglesia (...) Creo que en la mayor parte de los países esa colaboración está siendo clave para erradicar esta plaga". Aún no es el caso de España.