Dominio público

Franco, Casado y la derecha antiliberal

El líder del PP, Pablo Casado, responde a los medios durante una visita al Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo (FCMVT), a 22 de noviembre de 2021, en Vitoria, Euskadi, (España).- EUROPA PRESS

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Salvo que lo sepan. Y lo de Pablo Casado acabando "por casualidad" en una misa en honor a Franco el 20 de noviembre, de forma tan parecida al "se nos ofreció y aceptamos" de las infantas cuando recibieron la vacuna de la covid-19, no tiene muchas explicaciones, ni han de plantearse demasiadas hipótesis.

Si Pablo Casado fue a la misa sin saberlo y se hizo la foto, es un poco cortito. Si fue a la misa y lo sabía, es apologista de un dictador, pero también un poco cortito. Quizás incluso miope y sin lentillas al no ver la bandera franquista que había en la iglesia o la corona mandada por la Fundación Francisco Franco. El problema entonces ya no es de inteligencia o ideología, sino de salud, y el jefe de la oposición tendría que acudir a un oftalmólogo.

Uno de los mantras que se repiten al hablar del panorama político español es el deseo de tener en nuestro país una derecha plenamente comprometida con la democracia; se apostilla: como en Europa. Es verdad que hemos tenido y tenemos una situación política particular, ligada a una situación histórica particular, cuyos nombres son dictadura, muerte en cama y una falta de pudor en la distribución del poder entre distintos estamentos. Pero raras son las derechas que, en los últimos tiempos, no coquetean sin pudor con reaccionarios extremistas o se muestran ya desvergonzadamente como organizaciones antiliberales (en lo político), haciendo de los dogmas del neoliberalismo un instrumento para servirse de un Estado sólo útil para su propio beneficio.

Lo excepcional, en el caso español, es la constitución de la derecha por parte de grupúsculos favorables al régimen anterior. Preguntarán algunas voces de dónde podría haber surgido, viniendo de donde veníamos, y tendrán un poco de razón, porque partidos como la Federación Popular Democrática fueron un fracaso estruendoso y el liderazgo del PCE durante la oposición al franquismo resultaba inaceptable para parte de la derecha que podría en otras circunstancias haberse mostrado más comprometida con el rechazo a Franco en lugar de conformarse con la mera reforma de su régimen.

El árbol genealógico de Alianza Popular, incluso al integrar a los vástagos de la disolución posterior a Suárez de la UCD, produce monstruos. Y hace que se repita una curiosa tendencia española, cual ley de rendimientos decrecientes, en la que partidos cuya genética va cargada con alelos no del todo democráticos tienden siempre a absorber a los pretendidos centristas, reformistas o liberales. Posdata: sería una mala noticia para el Partido Popular si, al absorber a Ciudadanos, tal situación se repitiera, porque quizá le tocaría a él ser absorbido por Vox.

Tener una derecha "democrática", homologable "a la europea", con el mero objetivo "de no escandalizarnos demasiado" ante lo palurdo de la nuestra, es un objetivo que ha de realizarse mediando siempre las condiciones sociales e históricas que hacen que nuestra derecha sea la que es, y que quiera complacer a los sectores que quiere complacer, y que sea, en su conjunto, más apologeta, antidemocrática y antiliberal de lo que pueden ser sus votantes. Pues hay una sobrerrepresentación de la herencia del franquismo como construcción del Estado, que se ve explicitada en el ser de Vox, partido de abogados del Estado y representantes existenciales de sus instituciones, de las fuerzas y cuerpos al Ejército español.

Cada uno ocupa, dentro de los teatrillos políticos, el lugar que puede aspirar a ocupar. En España, esos lugares a veces funcionan por geometría no euclidiana, lo que lleva a que se sucedan cosas aparentemente incompatibles al mismo tiempo: el PSOE fue la gran fuerza de "modernización" (neo)liberal, pero también tiene sus "cosillas" interpretables… como en aquella calificación de Manuel Delgado según la cual sería el PSOE el heredero histórico de la Falange, un poco en referencia a José Bono y otros tantos.

El problema es que las derechas del resto de Europa y casi que del resto del mundo no están en estos últimos tiempos muy por la labor de volverse más demócratas o de creer en las democracias (liberales) que algunos les han imputado defender a ultranza. Albert Thibaudet, crítico literario francés de entreguerras, acuñó la noción del "sinistrismo" para hablar de las ideologías en Francia. La empeñaba para explicar cómo, en el país vecino, surgían las ideologías de derechas: como las cáscaras de antiguos movimientos que aspiraban a cambiar el mundo y, que una vez conseguidos más o menos sus objetivos, se conformaron con conformarlo y denunciar a los que querían volver a cambiarlo.

Algunos pensadores de derechas han considerado que ese fenómeno (particularmente francés, todo hay que decirlo) empieza a invertirse tras dos sucesos: la caída del muro de Berlín y la doctrina del choque de civilizaciones impuesta tras los atentados de las Torres Gemelas. Así, al "sinistrismo" sucede un "destrismo" o "movimiento destrógiro", en el cual son las ideas de derechas y reaccionarias, de retorno al pasado, las que van ganando terreno. Nótese que no es cuestión de economía, o que en esta concepción se separa, sino más bien de ideas, formas de vida, sentidos comunes y nociones morales: no hablan de una hegemonía de derechas desde la ausencia de alternativa thatcheriana, sino desde la imposición de sus valores reaccionarios, que no necesariamente han de coincidir con los que instauró el neoliberalismo.

Podemos pensar lo que queramos de esta conceptualización, pero hay que aceptar que existe este movimiento destrista… y que es en esa dirección, contraria a los desarrollos económicos más recientes, en la que se dirigen culturalmente la mayoría de los partidos de derechas. Es inaceptable que Pablo Casado acuda a una misa que exalta a un dictador, de acuerdo, pero hoy seguramente parezca más inaceptable que mañana… y a muchos otros dirigentes del partido se les podría amputar la misma culpa, el mismo pecado.

No habrá derecha democrática (o sea, también: no habrá derecha liberal) si no hay una modificación en las estructuras del Estado, en la distribución de las élites o en las dinámicas globales. Y quizá el relato de que en Europa son extraordinariamente demócratas sea un poquito mentira, más aún cuando en Francia hay cuatro fuerzas de derechas potentes (y algunas afirman que la población autóctona se ve sustituida por población inmigrante), pero puede que sea una mentira necesaria. Lo que no hay que ser es ingenuo o cándido, pensando que Casado es sociológicamente más franquista que cualquier otro. Algún día volverá a haber liberales en España, aunque nadie sepa identificar muy bien cuándo es la última vez que los ha habido. Mientras tanto, tendremos la derecha que tenemos, con las inercias que tiene: no hace falta que los perdonemos, pero entendámoslos.