Dominio público

Reforma laboral: no era el centro, era la centralidad

Unai Sordo

Secretario general de CCOO

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d) y la ministra de Trabajo Yolanda Díaz se abrazan en una sesión plenaria en el Congreso de los Diputados, a 3 de febrero de 2022, en Madrid (España).- EUROPA PRESS

El jueves se vivió la jornada más lamentable que yo recuerdo del parlamentarismo español. La reforma laboral pactada entre Gobierno, sindicatos y patronales debía haber visto la luz con un amplio apoyo de la cámara. El sainete de dos tránsfugas tratando de dinamitar la legislatura, el error de voto de un parlamentario y la imagen de los diputados de algunos de los grupos que habían votado NO a la convalidación del RDL queriendo que la tierra les tragase cuando la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, equivocó los resultados ante el estallido de júbilo de la extrema derecha, pasarán a los anales de la ignominia parlamentaria.

Pero los elementos de preocupación eran previos a la jornada del jueves. La votación de una reforma que va a afectar a las condiciones de vida de millones de personas trabajadoras se había trasladado al terreno del tacticismo político. El peor escenario para un acuerdo de este alcance es que desde determinados grupos se interpretase como un aval a una determinada ministra o una oportunidad inmejorable de meterla en una brete político, como dejó claro el portavoz de ERC en declaraciones públicas. La frivolidad y la intrascendencia de la política de corto vuelo han estado a punto de llevarse por delante una norma clave, y con ello poner en jaque la legislatura. De este episodio de trileros sale tocada la mayoría de investidura, sale tocada la geometría variable y sale reforzada la antipolítica. Escribió un tuit la eurodiputada Rodríguez-Palop que decía: "Que los ciudadanos sigan creyendo en la vida parlamentaria solo habla bien de los ciudadanos". Y quizás sea la síntesis-epílogo más certera de la jornada.

En mi opinión, hay dos notas adicionales al relato parlamentarista del esperpento. Una es la reacción partitocrática que se ha producido ante al acuerdo social de sindicatos y patronal. Este argumento ha pasado más desapercibido, pero resulta muy obvio para quienes lo hemos negociado. Durante las negociaciones hemos ido hablando del contenido de la reforma con los diferentes grupos políticos. Tanto ERC, como EH Bildu o el PNV han sido convenientemente informados por CCOO cuando así lo han requerido. Esto es independiente, claro, del trabajo paralelo que le corresponde hacer a cualquier Gobierno para concitar la mayoría suficiente y que no es competencia de un sindicato.

Lo cierto es que una parte de la reacción de los partidos se ha debido a la enorme incomodidad que les supone el diálogo social. En lugar de evaluar su potencial para abrir espacios de consenso en materias tan estratégicas como son las relaciones laborales en un contexto de profunda transformación empresarial y económica; en lugar de verlo, incluso, como una oportunidad de allanar espacios comunes para destensar el ambiente político y facilitar el tránsito del monte al llano... lo han llegado a ver como un espacio de competencia que les restaba capacidad de maniobra. Era una oportunidad para hacer política complementaria a un acuerdo histórico, no para dejar de hacerla entendiendo el acuerdo como un obstáculo.

Es curioso que, tras una década de teorización sobre la profundización democrática, la obsolescencia de las formas tradicionales de representación, la crisis de las instancias de mediación en las sociedades complejas, grupos que ni siquiera conceden legitimidad a las Cortes Generales opusieran la soberanía de éstas a los acuerdos de los agentes sociales. ¿No es la democracia, entre otras cosas, un diálogo permanente entre la política institucionalizada y los agentes sociales? ¿Qué concepto de democracia avanzada tiene quien ve en la organización colectiva de las personas trabajadoras y su papel institucional un problema?

Mención aparte merece la posición del PP, devaluando desde el minuto uno el acuerdo pese a la presencia en él de CEOE con no pocos problemas internos, y continuando en su estrategia de competir con Vox en un terreno cada vez más antiliberal. El que se sitúa entre el neofascismo y el proyecto pseudo-trumpista por el que se desliza el PP de Pablo Casado que por la mañana quiere parecerse a Abascal y por la tarde a Díaz Ayuso. Peligrosa competición que pasa por Lorca, por el transfuguismo o por el papel de cuestionamiento permanente que hacen en Europa sobre la utilización de los fondos Next Generation. Una huida hacia delante que no presagia nada bueno.

Pero quizás y mirando en perspectiva, la otra nota más relevante es la incapacidad genética que tiene una parte de las izquierdas en España para ocupar espacios de centralidad, que no de centro. Es decir, la necesidad genética de situarse en las esquinas del tablero de juego. Ha sido lamentable el "sistema métrico" empleado para evaluar la reforma laboral. De un infantilismo preocupante.

Evaluar la reforma en función de unas declaraciones de Ana Patricia Botín, la FAES, algún columnista, o el argumento estrella "no será tan buena si la apoya Ciudadanos" es un razonamiento de autoafirmación, una posición por oposición a la de otros que recuerda a la actitud de la primera adolescencia trasladada a la política. Y lo que es peor, prescindiendo de un mínimo análisis político bastante obvio. Lo que pretendía Ciudadanos era marcar un perfil propio ante el desnorte del PP y tratar de apuntarse el tanto de haber mantenido a raya el influjo de los malvados separatistas.

Las propuestas de Ciudadanos en materia laboral se parecen a esta reforma lo que un huevo a una castaña. El proyecto de contrato único no tiene nada que ver con el paquete de medidas contra la temporalidad más intenso legislado en democracia, el incremento de sanciones, o el recargo de cotizaciones en contratos de corta duración. Tampoco la eliminación de la prevalencia del convenio de empresa, ni la recuperación de la ultraactividad. Ciudadanos vio una ventana de oportunidad de "pintar algo" aquí y la usó con la inteligencia política que les faltó en otros momentos. Ni más, ni menos. Debiera haber motivos más contundentes para haber puesto en riesgo la coherencia y el voto de una mayoría progresista sobre todo cuando vas a coincidir en el voto con reaccionarios, falangistas y demás caterva que, por paradojas del destino, tuvieron 30 segundos de gloria para recordarte la dimensión del desatino.

Esta reforma es un hito determinante en una política laboral que se ha instalado en esta legislatura ante la necesidad de dar una respuesta a una crisis económica sin precedentes. Una política que se ha caracterizado por estar en las antípodas de las empleadas en España en anteriores crisis y que a modo de resumen consistían en: devaluación interna, debilitamiento de la negociación colectiva, precarización de la contratación, fomento del despido como fórmula de ajuste a los ciclos de las empresas, descentralización productiva equivalente a una forma de externalización de costes y de riesgos, y pérdida de tejido económico.

En esta pandemia, por el contrario, se refuerza la negociación colectiva, se produce una intervención pública sin precedente en el "mercado de trabajo" sosteniendo tres millones y medio de empleos, se incrementa el SMI, se adopta el paquete de medidas más intenso en estabilización de la contratación de nuestra historia, se internalizan responsabilidades en las empresas (riders, subcontratación, prevalencia de convenios), se ofrecen alternativas a los despidos mediante fórmulas de adaptación de jornada, y se abre la posibilidad de fortalecer tejido productivo con los fondos de recuperación europeos.

Casi todo ello se hace a través de acuerdos en el marco del diálogo social y en una línea coherente con la estrategia laboral impulsada en la UE -veremos durante cuanto tiempo- distinta y distante a la promovida tras 2010. Los resultados parece que avalan lo realizado. No se desplomó la tasa de paro como siempre ha sucedido en España, se han recuperado los niveles de empleo y cotizantes a la seguridad social en un tiempo incomparablemente más rápido al de otras crisis. Las políticas empleadas han sido más justas y a la vez han sido  más eficaces. Han ganado centralidad y están en disposición de ganar posiciones en el sentido común.

Desde esta perspectiva una política relacionada con la vida material de la mayoría social, que construye una práctica alternativa en materia laboral y de nítida inspiración sindical, debía haberse constituido en una bandera de la que se apropiasen las fuerzas progresistas. Precisamente porque era y es el producto de acuerdos sociales, un incentivo para ganar centralidad y para situar en la radicalidad a una "derecha" fuera de juego y presa del dogmatismo más antisocial del espectro europeo. Por eso resulta lamentable la torpeza y el esperpento que pudo haber terminado en tragedia para millones de trabajadores y trabajadoras el pasado jueves en la Carrera de San Jerónimo. Reflexionen. Hay mucho en juego.