Dominio público

Superar las organizaciones, crear unidad popular: lecciones de Andalucía y Francia

Marío Ríos

Doctorando en la Universidad de Girona (UdG). Profesor asociado en la Universitat de Barcelona y en la UdG

SEVILLA, 11/05/2022.- La candidata a la presidencia de la Junta de Andalucía, Inmaculada Nieto (2i), junto a los representantes de Podemos, IU, Más País y otras tres formaciones andalucistas y ecologistas, durante la presentación de la coalición Por Andalucía, con la que concurrirán a las elecciones autonómicas del 19 de junio.- EFE/Julio Muñoz

El debate sobre la unidad de la izquierda vuelve a estar sobre la mesa. En una situación de debilidad política y organizativa, las discusiones entre los diferentes actores y liderazgos políticos e intelectuales izquierdistas vuelven a centrar la actualidad política. En este caso, el debate sobre una candidatura unitaria de la izquierda viene motivado tanto por las elecciones legislativas francesas como por la convocatoria electoral en Andalucía para el 19 de junio.

Este debate político ha discurrido en paralelo a la materialización en Andalucía de la primera candidatura electoral que incluía a las diferentes formaciones a la izquierda del PSOE (a excepción de Adelante Andalucía) desde que en 2019, Unidas Podemos y Más País, se presentaron por separado, y a que en Francia Mélenchon lograse unificar a toda la izquierda francesa bajo el liderazgo de la France Insoumise.

Una primera aproximación a este debate ha sido la del fetiche de la unidad. Diversos sectores políticos, culturales y mediáticos han insistido en la idea de un Frente Amplio como una solución milagrosa a los males que padece la izquierda, en este caso andaluza, pero también la estatal. En este debate, la consecución de la propia unidad es entendida como un instrumento político sin más finalidad que salvaguardar unos resultados electorales que se antojan modestos. Se concibe la suma de formaciones políticas como un procedimiento aritmético en el que cada una de ellas aporta un número determinado de votantes que al final acabarán computando de manera conjunta.

Lo importante en esta aproximación no es tanto la finalidad para la que se logra esta unidad si no su propia consecución para mostrar al electorado progresista que esta vez todos los partidos de izquierdas irían juntos. La única finalidad es resaltar este hito: la superación de las divisiones existentes como si esto por si solo fuese la fórmula secreta del éxito político y electoral. Esta lógica dificulta la consecución de un proyecto realmente unitario, de un programa político que sea algo más que un pastiche y de un horizonte político de cambio real que interpele a amplios segmentos sociales.

El caso francés, en cambio, dista de la experiencia andaluza y no por qué no sea un pacto entre las diferentes fuerzas políticas cómo ha sucedido en Andalucía. El proceso de unidad de la izquierda en Francia se ha producido gracias a la posición negociadora superior que tenía Mélenchon. Esto le ha permitido plantear un acuerdo a verdes, socialistas y comunistas que, estando necesitados de mantener su representación política para salvaguardar el futuro de sus organizaciones, han admitido formar parte de un nuevo polo popular que trasciende estas organizaciones y que tiene como objetivo refundar la izquierda francesa. Ambas candidaturas son producto de un pacto entre élites y no de ningún proceso de base. No son una unidad política conseguida desde abajo, sino pactada por arriba.

Ahora bien, la candidatura liderada por Mélenchon supera claramente el perímetro electoral, político y social de los partidos que la han conformado y crea un nuevo sujeto político. Y lo hace porque el debate se ha centrado en una premisa diferente: el programa político y el horizonte de país. El liderazgo de los Insumisos, herederos de la ola populista del ciclo de 2014-2020, ha permitido dar una nueva impronta a este acuerdo entre diferentes para crear algo nuevo que aglutina a toda la familia progresista bajo un mismo programa político.

Un programa político que aspira a una renovación de las propuestas ideológicas de la izquierda europea bajo la bandera ecologista y social. La Nueva Unión Popular Ecologista y Social aspira a refundar ideológicamente la izquierda y sembrar la semilla política, organizativa y electoral para sacudir el sistema político francés en un futuro. El campo progresista francés encuentra en esta candidatura un actor político novedoso, ambicioso y que supera alguno de los debates históricos en el seno de la izquierda francesa para ofrecer un horizonte de futuro que trascienda las siglas de los diferentes partidos, no una simple coalición electoral.

De hecho, las primeras encuestas desde su conformación como candidatura muestran que podría disputar la victoria en votos en las legislativas de junio. Pero más allá de eso, su irrupción cambia el mapa político francés, las dinámicas competitivas existentes e impacta de lleno en el votante progresista pudiendo llegar a interpelar a sectores desmovilizados que tradicionalmente se abstendrían en unas legislativas. De ser así, las reverberaciones de esta candidatura se dejarán sentir en toda Europa en un momento en que los partidos socialdemócratas, pese a su tan cacareado retorno, siguen necesitando de las nuevas formaciones populistas, ecologistas o alternativas existentes a su izquierda para seguir manteniendo el poder. La candidatura de Mélenchon puede servir de ejemplo para futuros proyectos políticos.

Sin embargo, más allá del debate, una lección queda clara. Si se aspira a crear una coalición política competitiva esta debe fundar un nuevo sujeto político con un nuevo horizonte de país. Esta es la gran lección que la izquierda española debe tatuarse para el ciclo electoral que se inicia en Andalucía. Las candidaturas unitarias que se conformen a partir de ahora deben trascender las organizaciones políticas que la creen. Superarlas. Deben dejar a los partidos que las conformen en un segundo plano como palancas de algo más grande. La unidad popular que tanto ansía la izquierda y que es probablemente la única opción realmente competitiva que el campo progresista tiene para 2023 debe ofrecer un programa y un horizonte político que emane de abajo.

No vale pues un compromiso entre organizaciones debilitadas si no un contrato programático con aquellos a los que se pretende representar. Una candidatura unitaria que pacte con su pueblo, no entre formaciones, y que propicie la consolidación de un nuevo actor político que supere las diferentes organizaciones existentes. Si esto sucede, el impulso movilizador puede provocar una sacudida en el tablero político. De lo contrario, la izquierda se verá abocada a ser una amalgama de siglas para sobrevivir. Abrazar la unidad o defender un programa transformador como bandera: esa es la decisión de la izquierda que marcará el futuro del país.