Dominio público

Yolanda Díaz y la posibilidad de una esperanza

Elizabeth Duval

La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, durante la presentación hoy viernes de su proyecto "Suma" en el espacio cultural El Matadero, en Madrid. EFE / Zipi Aragón

El pasado viernes tuvo lugar la puesta de largo del proceso de escucha de Yolanda Díaz. No tiene mucho interés volver a contar lo que allí se vivió, porque lo importante no eran tanto ni lo que dejaban interpretar el discurso ni lo que decían las palabras; ni siquiera afirmar, como ya sabe todo el mundo, que cualquier articulación exitosa y futura de un proyecto político transformador pasa por el potencial de la figura de Yolanda Díaz. Lo importante era el reencuentro entre personas que quizá llevaban años sin hablarse... y la posibilidad de una esperanza. No es cualquier esperanza, sino una particularmente frágil a la cual hace falta cuidar y dar espacio.

Que el acto del viernes fuera capaz de ilusionar no impide ver todos los obstáculos que se pondrán por el camino. El calendario es uno de ellos. Los elementos del sumatorio, otro. Y ese camino de buenas intenciones irá poco a poco llenándose de elementos más difíciles, de más escollos, de aquí a las próximas autonómicas y más allá; el fuego vendrá de amigos y enemigos, el tiempo irá a la contra y cada decisión será más difícil. Pero, por la cuenta que nos trae, tenemos la necesidad de que salga bien. Decir cualquier otra cosa es mentirse. ¿Cómo se articula en términos concretos esa posibilidad?

Lo primero es que Sumar no puede convertirse en una urgencia ante el descalabro. Más allá de casos como el de Navarra, donde Podemos, Izquierda Unida y Batzarre ya han acordado presentarse juntos a las elecciones autonómicas bajo el nombre Contigo Navarra – Zurekin Nafarroa, o del de Extremadura, donde las relaciones entre Podemos e Izquierda Unida ya llevan tiempo bien asentadas, la perspectiva para 2023 tiene más que ver con la amenaza que con la ilusión.

En Madrid, tanto en el caso de la Comunidad como para la capital, los liderazgos en la izquierda de Mónica García y Rita Maestre son indiscutibles, y a cualquier intento de unidad en una candidatura se responde fácilmente apelando a la posibilidad de que una circunscripción única maximice el beneficio de candidaturas separadas siempre que se quede por encima del 5%. No hay incentivo alguno para que ninguna de las partes dé su brazo a torcer, precisamente porque las partes consideran y considerarán que darlo sería contraproducente. Y no se contempla no presentarse en plazas tan golosas, pues cualquier partido aspira a los recursos que se derivan de sus resultados allí, y con cualquier partido sus cargos, y con sus cargos sus sueldos y su financiación. En las autonómicas valencianas tampoco podría haber unión entre Compromís y Podemos sin pasar por una disolución inaceptable para todas las partes implicadas. Estos casos se repiten. Y dibujan un escenario imposible: sumar, sí, claro, por supuesto, pero no ahora.

¿Por qué es un escenario imposible? Por la obligación de pactar amistades y listas apenas momentos después de que en campaña se afilen los cuchillos, las hostilidades y la necesidad de diferenciación. Construir algo más grande a contrarreloj a partir del recuento de las autonómicas y municipales es el peor terreno posible para cultivar una suma que trascienda, pero no parece que haya alternativa en el horizonte. ¿Quién será capaz de no reprochar a los liderazgos territoriales el haberse negado a sumar sin sacar a relucir sus propios agravios cuando fueron ellos los obligados, más aún hoy, cuando la campaña andaluza (y sus pobres resultados, aunque estos fueran inevitables) desemboca —desde la suma— en rencillas nuevas y nuevos rencores?

Yolanda Díaz ha conseguido insuflar algo de ilusión en lo que eran ánimos destrozados. Ha prometido que sin esperanza un país no tiene futuro, exigiendo que sea el pueblo quien se haga cargo de esa misma esperanza. Ha pedido que quienes perdieron la ilusión vuelvan a tomar las riendas de ella, pero lo hace en un contexto de agotamiento, de desafección, de enorme distancia. Pero el camino no ha hecho más que empezar y sucesos como los audios de Villarejo sólo construyen una mayor distancia con ese pueblo a convocar: el sentimiento falseado e inevitable de que todos son iguales, la visión de una izquierda que se pelea con la prensa mientras el papel de la derecha en los escándalos queda diluido y se refuerza su imagen de partido de orden, responsable, capaz de reconducir —como siempre dicen y nunca hacen— la inflación y crisis económicas que prepara el porvenir.

Para creer en el futuro hace falta creer en los milagros y los milagros no son sino otra forma de nombrar a la voluntad inesperada del pueblo, su capacidad para decidir y doblegar lo que parecen los destinos ya marcados. Yolanda Díaz no sólo tiene el reto de hacer que creamos que es posible, sino de mantener viva la llama de esa posibilidad hasta después de las autonómicas.

Es importante el reconocimiento al pasado que algunos han señalado, sí, pero el reconocimiento no puede convertirse en obediencia, el pasado no pueden ser unas cadenas y la historia no ha de devenir un padre tan celoso por la autonomía de sus hijos como para acabar, cual Saturno, devorándolos. Hay un aforismo aquí aplicable, de autoría variable: la tradición no consiste en la adoración de las cenizas, sino en preservar el fuego. Lo mismo aplica a las tradiciones políticas, incluso a las de nuevo cuño. Más aún cuando, algunos días, ese fuego parece estar a punto de extinguirse.