Dominio público

Mundial de Catar 2022: comprar prestigio como garantía de seguridad

Moussa Bourekba

Investigador principal de CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs)

Maqueta del estadio Al Rayyan de Catar 2022 / @Loc Web de la FIFA
Maqueta del estadio Al Rayyan de Catar 2022 / @Loc Web de la FIFA

Si un país tan pequeño como Catar invirtió más de 220 mil millones de euros para organizar un evento tan grande como el Mundial de Fútbol, no es simplemente por la pasión personal del emir por el fútbol. Tampoco se trata únicamente de atraer inversiones extranjeras y fomentar el turismo cultural. El principal objetivo que busca Doha es aprovechar un evento como el Mundial para incrementar su visibilidad internacional y así garantizar su seguridad nacional. Esta aproximación es la que caracteriza la estrategia que emprendió el país hace más de dos décadas: desarrollar su capacidad de influencia para adquirir relevancia en el escenario global.

Esta aproximación, guiada por el imperativo de supervivencia, se justifica por una razón esencial: en las mentes de la familia reinante Al Thani, Catar podría acabar desapareciendo del mapa si un escenario parecido a la invasión de Kuwait por Iraq en el año 1990 se repitiera. Como Kuwait entonces, Catar se encuentra hoy día en un entorno geopolítico fragmentado, polarizado, y está atrapado entre dos potencias regionales rivales –Arabia Saudí e Irán– que libran una feroz competición por el liderazgo regional. Al no disponer del poder duro que caracteriza a sus vecinos, en particular el poder militar, Doha se centró en desplegar un amplio abanico de herramientas no coercitivas para convertir el país en un actor ineludible en las relaciones internacionales. Para ello, el emirato puso sus considerables recursos económicos al servicio de su estrategia de influencia en los ámbitos de la cultura, de la economía y de la diplomacia.

Esto incluye el lanzamiento en 1996 del Al Jazeera, primer canal de información independiente en el mundo árabe que, en pocos años, se convirtió en uno de los líderes globales de la información. En el mundo árabe, su popularidad y credibilidad le permitieron imponerse como un actor no estatal clave en los debates relacionados con las relaciones internacionales en la región. Su influencia transnacional, sumada a los vínculos que ha ido tejiendo Catar con las formaciones islamistas en Oriente Medio y el norte de África, fue hábilmente explotada por el emir Tamim bin Hamad Al Thani para que su voz cuente en la región y más allá.

En el ámbito (para)diplomático, Catar aprovechó su posición geográfica, su disposición a dialogar con todo el mundo y su amplia red de contactos para asentar su papel de mediador en diversos conflictos. Yemen, Sudan, Líbano, los Territorios Palestinos Ocupados, Libia, Siria y Afganistán son algunos de los múltiples conflictos en los que los catarís han jugado y siguen jugando un papel en materia de mediación. Si bien el éxito de esta estrategia ha sido relativo, permitió a Doha ejercer una influencia desproporcionada por su tamaño y sus capacidades. Es precisamente este poder de influencia lo que llevó a sus vecinos en el Golfo (Arabia Saudí, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos) y a Egipto a imponerle un embargo entre 2017 y 2020.

En el ámbito cultural, el emirato dio prioridad al deporte para incrementar su influencia internacional. Esto responde a un triple objetivo: poner a Catar en el mapa mundial; dar la imagen de un país moderno y tolerante; y diversificar su economía. Ante los infinitos réditos que el deporte le puede aportar, el Estado rentista gasta sin contar: decenas de competiciones deportivas mundiales se celebran cada año en el emirato, centenares de deportistas de primera llevan marcas cataríes en sus camisetas, y se han invertido más de mil millones de euros en fichar estrellas de fútbol para el Paris Saint-Germain.

Desde esta perspectiva, como argumenta la politóloga Dania Galeeva en su libro Qatar: The Practice of Rented Power, el emirato persigue una estrategia de "potencia alquilada": sus inversiones desmesuradas le permiten, literalmente, alquilar la influencia transnacional de determinados actores no estatales –medios de comunicación, movimientos islamistas, organizaciones deportivas y culturales, etc.– para ejercer un poder de influencia global. Mediante el rented power, Doha busca adquirir relevancia internacional para asegurar su seguridad nacional. Así, la celebración del Mundial debe entenderse como la guinda del pastel de esta estrategia iniciada hace más de dos décadas. Y las múltiples controversias que rodean su organización –acusaciones de corrupción, abusos infligidos a los trabajadores migrantes, violaciones de los derechos humanos– se asumen como los efectos indeseables de dicha estrategia. Por tanto, la apuesta de Catar es sencilla: cuando ruede el balón, sólo importará el espectáculo.