Opinion · Dominio público

La Nakba palestina: 60 años de injusticia

RAFAEL ESCUDERO ALDAY

05-151.jpgHoy 15 de mayo se conmemora el sesenta aniversario de la Nakba, término árabe que significa desastre o catástrofe. Desconocida para gran parte de la opinión pública, con esta expresión los palestinos hacen referencia a lo sucedido tras la creación del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948. Ahora que los fastos sobre este acontecimiento invaden los medios de comunicación, conviene recordar lo que realmente se oculta tras este vistoso escaparate.
Hagamos un poco de historia. Tras la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña anuncia su voluntad de terminar el mandato que había recibido de la Sociedad de Naciones sobre Palestina, traspasando la cuestión a la recién creada ONU. Su Asamblea General aprueba el 29 de noviembre la Resolución 181/1947 por la que se establece el Plan de Partición de Palestina. Este plan propone la creación de dos Estados: uno árabe y otro judío. En el territorio reservado al Estado árabe vivían 750.000 árabes y 10.000 judíos; en cambio, en el del Estado judío vivían 498.000 judíos –la mayoría llegados de otros países– y cerca de 500.000 árabes autóctonos. Además, la ciudad de Jerusalén –100.000 judíos y 105.000 árabes– se constituía como un corpus separatum bajo administración de Naciones Unidas por diez años, tras los cuales se celebraría un referéndum sobre su régimen.
El Plan fue justamente rechazado por los árabes, quienes no aceptaron tal disparidad entre la población y el territorio de cada parte. Si a ello se suma la falta de voluntad de Gran Bretaña para asumir sus compromisos, la intensificación de la violencia y de los asentamientos de colonos judíos –dirigidos desde el inicio por una clara política anexionista– no ha de extrañar que el Plan naciera muerto. En este contexto, el 14 de mayo de 1948 Israel proclama unilateralmente su independencia, al día siguiente el ejército británico se retira de la zona y tres ejércitos árabes entran a defender el territorio asignado a los palestinos, sin acceder al territorio asignado a Israel en la Resolución 181.
Son los hechos acaecidos entre el 15 y el 28 de mayo, cuando Naciones Unidas ordena el alto el fuego, los que dan lugar a la Nakba. En pocos días Israel ya había consolidado la ocupación del 77% de los territorios palestinos bajo mandato británico, incluyendo el sector oeste de Jerusalén (el resto –Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este– fue ocupado en 1967 y plagado de asentamientos contrarios al Derecho internacional). Esta inicial adquisición de territorios rebasaba con creces los límites previstos para el Estado judío en el Plan de Partición. Además, durante esos días fueron borrados del mapa unos 500 pueblos árabes, más de 13.000 palestinos fueron asesinados y otros 750.000 deportados y expulsados de sus hogares. Hoy éstos y sus descendientes alcanzan la creciente cifra de 5 millones de refugiados. Los datos confirman la verdadera magnitud de la catástrofe, ocultada durante años por la historiografía oficial israelí e ignorada en no pocas propuestas de paz. Hay argumentos para calificar lo ocurrido en Palestina como una auténtica limpieza étnica, perpetrada de forma planificada y sistemática, con el objetivo de eliminar y expulsar por razones étnicas a un grupo de un territorio. Éstos son los rasgos que definen la limpieza étnica, incluida por el Derecho internacional en la categoría de crimen contra la humanidad.
La Resolución 194/1948 de Naciones Unidas declaró el derecho de los refugiados palestinos a volver a sus hogares, así como el pago de indemnizaciones para los que decidieran no regresar. Esta resolución inició un camino que después recorrieron otras muchas de denuncia de las violaciones al Derecho internacional y a los derechos humanos por el Estado israelí. La ocupación militar del territorio palestino, la construcción del Muro (declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia), las prácticas abusivas y arbitrarias de sus autoridades, el aislamiento y cierre de núcleos de población, las demoliciones de viviendas y los castigos colectivos, la política de asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este; éstas y otras acciones se denuncian por distintos organismos internacionales con tanta claridad como ineficacia.
En este tema conviene acompañarse del rigor jurídico para evitar confusiones y falacias. Últimamente se prodigan artículos de prensa insistiendo en la idea de que la creación del Estado de Israel no se produce el 14 de mayo de 1948, sino que se remonta al origen de los tiempos, como si ese día simplemente se hubiera dado el visto bueno jurídico a una comunidad preexistente que tenía un derecho natural a configurarse como Estado por encima de los derechos y pretensiones de quienes allí habitaban. Se arguye a su favor la presencia de comunidades judías en la zona desde tiempos en los que ni siquiera existía el concepto de Estado. Pues bien, el título jurídico que legitima el Estado de Israel es la Resolución 181/47, por la que se crea dicho Estado con unas fronteras que, por cierto, hoy se han sobrepasado. Pero es este título jurídico el que también legitima la creación del Estado palestino, de modo que su fuente jurídico-política es la misma. En el caso palestino reforzada además por el derecho a la autodeterminación política, a la independencia y a la soberanía nacional, reconocido por Naciones Unidas en 1974.
¿Qué se recuerda hoy con la Nakba? El sufrimiento de un pueblo, sí, pero también la persistencia de una toma de conciencia colectiva: la del pueblo palestino y su lucha por el derecho a decidir libremente, al retorno de los refugiados que así lo deseen y a la creación de su propio Estado soberano, independiente y democrático. En la medida en que estas cuestiones no se reconozcan y resuelvan de forma conjunta y de acuerdo con el Derecho internacional, toda propuesta estará viciada desde un principio. Pero lo que vemos estos días es cómo la Nakba se olvida y los europeos se unen a las fiestas de Israel, la potencia ocupante.

Rafael Escudero Alday es profesor de Filosofía del derecho en la Universidad Carlos III de Madrid

Ilustración de Iván Solbes