Las carga el diablo

El Santisteban transgresor que yo conocí

Como todos los tipos brillantes, Alfonso era un alma atormentada. Y como todo atormentado un outsider, un personaje controvertido que despertaba filias y fobias pero que nunca pasaba desapercibido. Él y Marisa Medina, con quien tuvo tres hijas, la liaron parda en el Madrid de la transición rompiendo moldes, escandalizando mucho y poniéndose al mundo por montera.

Ella, conocida por ser una de la presentadoras más solventes de la televisión en blanco y negro, era propietaria de un espíritu inquieto y rebelde que le llevaba a escribir, componer letras de canciones, cantarlas y hacer todo lo posible por romper la imagen de modosito florero que siempre habían querido atribuirle. Él, compositor de sintonías y bandas sonoras memorables, no tenía nada que ver con quienes hacían un trabajo similar para televisión y cine: Ibarbia, Algueró y compañía. La noche y el día.

Alfonso y Marisa eran otra cosa. Y lo demostraron al poco de morirse Franco. Junto a Enrique Barreiro, Alfonso compuso un polémico musical llamado "Satán Azul", un espectáculo sin apenas presupuesto para vestuario protagonizado por Marisa, que había pedido la excedencia en televisión y todas las noches aparecía desnuda y reivindicativa en el teatro Arniches, muy cerca de un congreso de los diputados donde en esos momentos se estaba debatiendo y elaborando la Constitución.

La movida madrileña comenzaba a gestarse, Tierno ni siquiera era aún alcalde y en las noches de Oliver y Boccacio aquellos atildados políticos felicitaban a Alfonso y Marisa por su éxito con la misma facilidad con la que los ponían a parir apenas se daban la vuelta. A Alfonso todo esto se la bufaba. Con esa vitalidad, optimismo y sentido del humor con el que siempre nos deleitó a sus amigos, los ponía a parir él también a ellos y se quedaba tan pancho. Le encantaba epatar, Marisa no se quedaba atrás y los dos juntos eran un festival de vida de cuya compañía tuve el privilegio de disfrutar durante cinco largos años.

Como dan cumplida cuenta tanto la wikipedia como las biografías recuperadas estos días Alfonso, como Marisa, se sabían buscar la vida con indiscutible mentalidad práctica. Pero solían tropezar en una complicada piedra: aguantaban a mucho impresentable, sí, pero no estaban dispuestos a pasar por el mundo templando gaitas ni comiéndose las ganas de decir lo que tuvieran que decir. Y como bien se sabe actuar así, que está muy bien, es tan sano y loable como caro. Para los progres eran bichos raros y para el mundo del que provenían les faltaba un tornillo.

Eran inteligentes, inquietos, cultos y transgresores. Complicado cóctel para sobrevivir a aceradas envidias y cuchillos primorosamente afilados. Pero aún así triunfaron y fueron reconocidos. No los amilanaron nunca ni los puteos ni los contratiempos y fueron unos excelentes supervivientes con quien nadie pudo: ni con ellos, ni con sus ganas de comerse el mundo como ellos querían comérselo... y bebérselo: bien exprimido.

La vida me distanció de ellos antes que acabaran separándose. Los dos han muerto jóvenes, con un año escaso de diferencia, y eso me deja un poco más solo, un poco más adelante en la fila. Alfonso, Marisa, id haciendo amigos en ese Boccacio eterno en el que ahora estáis. Id preparándome el terreno para que, cuando más tarde que pronto nos toque reencontrarnos, podamos seguir poniendo a parir a todo bicho viviente mientras agotamos, ya sin riesgo alguno para la salud, todas las existencias siderales de tabaco, güisqui y gintonic.