Las carga el diablo

¿Y ahora qué vamos a hacer con tanto dinero?

- Ya no tenemos la casa, Juan. La malvendimos en 2010 porque no podíamos pagar la hipoteca y con lo que nos quedó después de liquidar llevamos tres años malviviendo. Tuvimos que cerrar la empresa, los niños cambiaron de colegio y aquí estamos, de alquiler en Aravaca, haciendo cuentas a ver si aguantamos hasta la jubilación o ni eso.

Malvender para malvivir. Empresas cerradas, hijos cuyas expectativas académicas han quedado truncadas, años que van pasando en los que acabas valorando de manera positiva no haberte hundido del todo y haber conseguido salvarte mínimamente de la quema.

Luis y Ana me cuentan esto cuando los llamo, durante los días que paso en Madrid, porque me he llevado un tremendo chasco: se me había ocurrido darles una sorpresa presentándome en su casa sin avisar y los nuevos dueños, muy amables ellos, me han dicho aquello de "estos señores ya no viven aquí".

De vuelta al metro, decido parar en el bar donde tantas veces tomábamos el aperitivo: me lo encuentro cerrado, desvencijado y con un cartel de "Se vende". Igual que el videoclub y la tienda de informática que había al lado. Decido dar un paseo por la zona y compruebo que apenas sobrevive algún negocio de los de hace quince años, cuando yo hacía por allí parte de mi vida: quedan una papelería, un gimnasio y, eso sí, media docena de tiendas de alimentación regentadas por chinos en cien metros a la redonda.

Llamo a Jesús, compañero de toda la vida. Oye, tengo unos amigos que alquilan una habitación de su casa, me dice. Necesitan ayuda para pagar la hipoteca. Si conoces a alguien... o si te vas quedar un tiempo en Madrid igual te interesa a ti.

Repaso con Carlos, otro compañero, la situación de muchos amigos comunes y la conversación se convierte en un memorial de contratiempos y desgracias. Muchos colegas a los que siempre les fue de fábula las están pasando verdaderamente canutas. Terrible.

Todo esto en Madrid, donde yo pensaba que las cosas estaban bastante mejor que en la Andalucía de la que provengo porque, empezando por el índice de paro, 35 por ciento, la precariedad económica en la que sobreviven buena parte de los andaluces es llana y directamente pornográfica.

Mucho más grave aún cuando esto que cuento me ocurre la misma semana en que un desvergonzado banquero tiene las narices de proclamar en el extranjero que de tanto dinero como está llegando a nuestro país ya casi ni nos cabe. La misma semana en que todo un ministro de Hacienda osa decir en el parlamento que los sueldos no están bajando, pocos días después de que la vicepresidenta del gobierno criminalice a los parados...

No acierto a asimilar tanto desatino. ¿Dónde guardan ese dinero que está llegando a espuertas? En Andalucía, no; en Madrid ni por asomos... ¿En Euskadi? Parece que tampoco. O que se lo pregunten si no a los casi seis mil empleados de Fagor cuyo trabajo en Mondragón pende de un finísimo hilo. ¿En Catalunya? Que se lo pregunten a los siete mil trabajadores de Panrico víctima de un fondo buitre cuya avaricia se ha cargado sin remedio la emblemática empresa de los donuts, tal como explica con detalle Esther Vivas en su blog.

¿Dónde está ese dinero, señor Botín? ¿En sus sucursales, semillero de directores estresados y ansiosos, obligados a mentir a sus clientes y sometidos a la desesperada búsqueda de objetivos tan imposibles que acaba con muchos de esos gestores sumidos en depresiones de caballo? ¿En sus bancos en el extranjero, donde empiezan a tener como clientes a jóvenes españoles que se marcharon cuando vieron claro que aquí no iban a encontrar trabajo?

¿Dónde están metiendo el dinero esos "amables" inversores que, según usted, nos honran con atención? Sin préstamos a las pequeñas empresas para que puedan levantar cabeza ni a los ciudadanos para que puedan acceder a una vivienda ahora que valen la tercera parte que hace seis años lo que está haciendo usted, señor banquero, es ponérselo en bandeja a todo buitre viviente que quiera hacer su agosto apareciendo por aquí con dinero fresco.

Se harán con ladrillos a la tercera o cuarta parte del precio que tenían hace unos años y volverán a llevárselo crudo vendiéndolos por el doble de lo que los pueden comprar ahora. Y sólo entonces, cuando los buitres se hayan puesto las botas y los precios hayan vuelto a subir, volverá el triunfalista Botín y el resto de sus congéneres a abrir el grifo del crédito para pescar de nuevo ingenuos o desesperados que no tengan más remedio que caer en la trampa.

La noria seguirá dando vueltas, ustedes poniéndose las botas y los botines y nosotros, incautos, aplaudiendo como capullos porque querremos creer, necesitaremos creer, que por fin llegaron los brotes verdes y el dinero a espuertas a este país de desesperados.