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El suizo que quiso convertir a España en una potencia mundial de la relojería

Si en 2011 el Congreso de los Diputados destinaba 66.000 euros por cuatro años al mantenimiento de los 80 relojes con que cuenta en sus dependencias, ahora es el turno del Senado, aunque cuenta con dos bajas, pues en 2012 eran 26 los relojes que funcionaban en la Cámara Alta y ahora son 24. Estos relojes (14 de sobremesa antiguos, 7 de pared, 2 patrón con 4 receptores cada uno y uno de pie) disponen de 6.000 euros anuales (el concurso es por tres años y está licitado en 18.000 euros) para que se les dé cuerda y sean ajustados semanalmente, sea engrasada toda su maquinaria al menos una vez al año, se les cambie las pilas e, incluso, sean reemplazadas las maquinarias de los relojes de cuarzo cuando éstas lo precisen.

Entre el patrimonio del Senado no está una joya premiada internacionalmente y que, paradójicamente, fue creada ex profeso para la Cámara Alta. Me refiero al gigantesco reloj astronómico que a día de hoy puede verse en el vestíbulo de la Real Academia de Ciencias de Barcelona. ¿Cómo fue a parar allí? Y lo más interesante, ¿quién lo construyó?

Podríamos decir que su autor fue quien logró situar a España en un lugar protagonista en el mapa de la relojería europea del siglo XIX. Me refiero a Alberto Billeter, un relojero suizo (1815-1895) nacido en la que para muchos es la cuna de la relojería, La Chaux-de-Fonds, y que posteriormente viviría en Italia, España y Francia. A nuestro país llegaría en 1850, concretamente al barrio barcelonés de Gracia –entonces Villa de Gracia- y allí fundaría su fábrica en la que trabajaría durante 3 décadas construyendo, no sólo relojes para las torres más emblemáticas de Barcelona, sino también telégrafos eléctricos y otro tipo de aparatos científicos.

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Reloj del Congreso de los Diputados.

Cuatro años después de instalarse en la Ciudad Condal, Billeter comenzó una de sus obras maestras: un reloj astronómico, que combina arte y ciencia, y que le llevaría tres años terminar. Se trata de un reloj astronómico en cuya parte superior se puede apreciar la posición orbital respecto al Sol tanto de la Tierra como de la Luna, marcado por un círculo zodiacal graduado donde se indican los solsticios y los equinoccios. Más abajo, más de una treinta de esferas ofrece la hora local, las horas de hasta 20 husos horarios diferentes, el calendario perpetuo, el tiempo medio, la ecuación del tiempo y hasta las horas de salida y puesta del sol. Todo ello alrededor una esfera más grande que, en realidad, es una suerte de planetario en el que podemos ver la posición respecto al Sol de los principales planetas, en cuya parte inferior otras tres esferas albergan un termómetro, un higrómetro y un barómetro.

Si Billeter lo empezó en 1854, no sería hasta principios de 1858 cuando lo tendría terminado y fue entonces cuando, tal y como cuenta Eduard Farré Olivé en algunas de sus impagables crónicas, el relojero decidió enviar una carta al Congreso de los Diputados, donde todavía está expuesto. En ella, denunciaba el “lamentable atraso” en que se encontraba en nuestro país “el bello arte destinado a consignar la división del tiempo”, y como sucede ahora con nuestra Ciencia, “no ciertamente por falta de ingenio y habilidad de los artistas españoles, sino por el poco estímulo que hallan sus esfuerzos y las dificultades con que tienen que luchar para llegar al grado de perfección”. Lamentaba Billeter que si uno quería obtener, no sólo buenos relojes, sino también cronómetros para la Marina Real, fuera necesario “acudir al extranjero y muy particularmente a Inglaterra”.

Con el propósito de cambiar las tornas y consciente del hito artístico-científico que suponía su reloj astronómico, propuso que lo comprara el Congreso de los Diputados, convirtiéndose en patrimonio nacional y figurando “allí donde la Nación se halla representada”. Con el dinero que recibiera de la compra, Billeter planeaba, y así lo expone en su carta,fundar en España un grandioso establecimiento para la construcción de relojes y cronómetros perfeccionados, en nada inferiores a los extranjeros y emancipar a España, al menos en este ramo, de la industria extranjera”.

Segundo reloj astronómico, inicialmente para el Senado.
Segundo reloj astronómico, inicialmente para el Senado.

Billeter terminaría recibiendo 6.000 duros en concepto de “recompensa nacional por sus trabajos científicos” y la rivalidad entre las dos Cámaras llevaría entonces al Senado a encargarle un segundo reloj, pero de dimensiones muy superiores: 3,22 metros de alto por 2,07 metro de ancho. El relojero comenzaría esta obra en 1859 y, debido a su extraordinaria complejidad, invertiría toda una década en concluirla. No en vano, hablamos de hasta cinco máquinas que impulsan el movimiento de 36 esferas y discos.

Pasado ese tiempo, el Senado se desentendió del encargo y Billeter se quedó sin comprador, aunque el reloj estuvo expuesto y tasado en 10.000 duros durante varios años. Finalmente, el ingenio fue a parar a la familia de ebanistas que habían fabricado los muebles de los relojes (Manuel Moragas y Valero), tanto para el Congreso como para el Senado. Aquella obra de arte, que incluso fue galardonada con la medalla de oro en la Exposición Universal de Barcelona de 1888, no encontraría comprador a pesar de las numerosas rebajas hasta 1926, cuando el Ayuntamiento de Barcelona lo compró por la cantidad simbólica de 3.000 pesetas.

A pesar de los sinsabores que le trajo su gran reloj astronómico, Billeter cumplió con el compromiso adquirido al Congreso, como prueban los 30 años que trabajó en Barcelona construyendo joyas como los relojes del campanario de Gracia, el del Pasaje del Reloj de Barcelona o el que todavía hoy funciona a la perfección en la Catedral de Barcelona, desde que en 1865 fue terminado. A ello tenemos que sumar, además, su pequeño libro “El tiempo medio” (1867), que pretendía ser una “guía útil para los relojeros y encargados de la dirección de los relojes públicos como también para todos los que necesitan o desean saber con seguridad la hora que es”. Junto a esta obra, Billeter fabricó un aparato que él mismo presentó como “una mejora para nuestro arte y el país”, que tenía como objeto comprobar el “movimiento diurno de la marcha diaria de los relojes”, simplificando la tarea al evitar los complejos cálculos. Este aparato, sin embargo, carecería de utilidad años después, con la adopción de la ‘hora media local’ a nivel internacional.