La receta de Roald Dahl

Estas son las cualidades necesarias para ser un buen escritor de ficción, según el galés de origen noruego Roald Dahl (1916-1990):

— Imaginación viva.

— No darse nunca por vencido.

— Perfeccionismo.

— Gran autodisciplina.

— Sentido del humor. Imprescindible si se escribe para niños.

— Cierto grado de humildad.

— Y lo más importante: ser capaz de que una escena “cobre vida en la mente del lector”. Un don que “se tiene o no se tiene”. Él lo tenía en grado superlativo.

La receta se incluye en Racha de suerte (cómo me hice escritor), el texto con el que se cierran los Cuentos completos de Roald Dahl (Alfaguara), una exhaustiva recopilación, de 900 páginas, con la práctica totalidad de sus relatos para adultos, que incluye ocho inéditos (sobre los que a buen seguro se lanzará la legión de incondicionales del escritor), y que sólo deja fuera tres (En las ruinas, Queso ahumado y La Espada), que los herederos del escritor se niegan a incluir en ninguna antología.

Dahl cultivó dos registros, novelas para niños y relatos para adultos, siempre con un inglés limpio y diáfano, sencillo y hermoso, muy recomendable para practicar el idioma. Así lo descubrí yo hace más de 40 años, por consejo de una profesora del British Council a la que siempre estaré agradecido. En ambos terrenos alcanzó un éxito espectacular y conquistó para siempre a lectores de todas las edades.

Solo publicó una narración larga para adultos, la desternillante Mi tío Oswald, en la que el aventurero protagonista, asociado a un veterano científico y una seductora ninfa iraní, y con la inestimable ayuda de un potentísimo afrodisíaco extraído de un escarabajo sudanés, recolecta, almacena y comercializa semen de celebridades, como Stravinski, Picasso, Joyce, Alfonso XIII y Proust (la misión más difícil). No recuerdo ningún otro libro que me haya divertido tanto. La antología recoge otras dos disparatadas aventuras del Tío Oswald (La visita y Perra).

Varios de estos relatos, que casi siempre ofrecen finales ingeniosos e inesperados, fueron recreados en la serie de televisión Alfred Hitchcock presenta. Al menos uno se convirtió en un clásico: Cordero asado, en el que una mujer mata a su grosero marido infiel con una pierna de cordero que luego cocina para los policías que, mientras disfrutan del ágape, se preguntan dónde se oculta el arma del crimen.

Dahl es conocido sobre todo por sus libros dirigidos al público infantil, devorados también por los padres, pese a que la esencia de su éxito era, según él mismo admitía, “una conspiración contra los adultos”, progenitores o profesores, que encarnaban al enemigo. Charlie y la fábrica de chocolate, James y el melocotón gigante, Matilda, Las brujas o El superzorro son pequeños clásicos vertidos con gran éxito al cine y de los que se han vendido millones de ejemplares en todo el mundo.

Huye de los principales tópicos de la literatura para niños. Sus libros suelen ser transgresoras y hasta crueles; no hay en ellos piedad para los mezquinos, como se refleja con especial virulencia en Los cretinos. Sin embargo, la originalidad de los argumentos y un prodigioso sentido del humor que raramente llega a lo macabro, impiden que quede un regusto amargo.

La biografía de Roald Dahl daría por sí sola para una buena novela. Fue piloto de combate durante la II Guerra Mundial, sobrevivió de milagro cuando su avión se estrelló en el desierto de Libia, fue agente de la inteligencia británica en Estados Unidos, sedujo –según su biógrafa Jennet Connant- “a toda mujer, de costa a costa, con ingresos de más de 50.000 dólares”, se convirtió en habitual de la Casa Blanca gracias a su amistad con Eleanor Roosevelt, creó los Gremlins y escribió guiones cinematográficos como el de Solo se vive dos veces, de la serie de James Bond.

En su vida personal, una hija murió a causa de una vacuna contra el sarampión, un hijo fue atropellado por un taxi y sufrió terribles heridas y su mujer, la actriz Patricia Neal (Oscar por Hud), quedó casi paralizada y medio ciega tras sobrevivir a tres embolias. La historia de cómo se recuperó, y de la abnegación con que la cuidó Dahl, se convirtió en película. Dirk Bogarde interpretó al escritor, y Glenda Jackson a la actriz. El matrimonio, que sobrevivió a la desgracia, terminó en divorcio.

Una biografía de novela, pues. La condición que Dahl no citó en su receta y que, según Gabriel García Márquez, consistía en algo así como que es imposible ser buen escritor si no se ha vivido antes bajo los puentes.