La crisis dispara la desigualdad

La desigualdad, uno de los índices más fiables para determinar si un sistema político y social es o no justo, resulta consustancial con el capitalismo pero no tendría por qué guardar relación directa y automática con la crisis y su evolución. Eso en teoría porque, en la práctica, ese índice abstracto pero que se puede concretar con datos se ha disparado en los últimos años, a medida que se agudizaba una recesión a la que aún no se ve fin. José Saturnino Martínez García, profesor de Sociología de la Universidad de La Laguna, acaba de publicar en Los Libros de la Catarata Estructura social y desigualdad en España, uno de los estudios más reveladores sobre cómo, en épocas de vacas flacas, son los sectores más desfavorecidos de la sociedad los que sufren con especial virulencia el impacto de la crisis.

En palabras del autor, “las probabilidades de ser nini, mileurista o fracasar en la escuela están claramente relacionadas con el origen social, por lo que no es exagerado hablar de trayectoria de clase. Vivir más años después de la jubilación, la probabilidad de estar en paro o la merma de poder adquisitivo varían considerablemente por clase social. Las mujeres que solo acceden a empleos de baja cualificación no tienen los mismos problemas laborales ni familiares que las que optan a los mejores empleos, aunque todas ellas cuenten con desventaja a la hora de competir en el mercado de trabajo con los hombres”.

La desigualdad daña la cohesión y permite que sociedades con el mismo nivel de riqueza tengan diferentes indicadores de bienestar. El análisis, con la perspectiva de décadas, de la evolución de la desigualdad permite determinar el progreso o el retroceso reales. En España, como en la mayor parte de los países de su entorno, ese índice mejoró en los años setenta y ochenta, en paralelo, explica Martínez García, al desarrollo del Estado del bienestar y la modernización productiva. Sin embargo, añade, se estancó a partir de los noventa, pese al notable desarrollo económico, hasta que, con la crisis, ha vuelto a niveles de 1980, de tal forma que, en 2011, los ingresos del 20% de la población más rico eran 6,8 veces superiores a los del 20% más pobre. “Dicho de otra forma”, concluye Martínez, “en riqueza retrocedemos una década [el nivel de riqueza per capita es hoy el de 2004], pero en desigualdad tres”. Esta evaluación estadística se traduce en el aumento del porcentaje de población bajo el umbral de la pobreza y en datos tan lacerantes como que, en pocos años, se haya triplicado el número de personas atendidas por Caritas.

La crisis afecta a todas las capas sociales pero, como cabía esperar, más a unas que a otras. Tanto en términos absolutos como relativos se ceba sobre todo en los autónomos y a los obreros no cualificados, mientras que la menor caída en términos relativos se da entre empresarios con asalariados, directivos y profesionales por cuenta ajena. Podría pensarse que hay un automatismo que aumenta la desigualdad cuando disminuye la riqueza de un país. Sin embargo, esa explicación, que forma parte de la coartada de los Gobiernos de Rajoy y Zapatero para justificar su fracaso, queda en evidencia por los hechos. En Islandia, por ejemplo, la desigualdad disminuyó netamente pese a que el PIB per capita descendió el 10%. En menor medida, ocurrió otro tanto en Italia, Grecia y Portugal, si bien en la última etapa de la crisis, cuyo impacto estadístico no registra el libro, han empeorado mucho las cosas, sobre todo para lusos y griegos.

Martínez García  apunta a que el hecho diferencial de España tiene que ver con el énfasis al recorte del gasto antes que con la subida de impuestos, con el aumento del paro de forma excesiva en un sector concreto de actividad como el de la construcción y con la escasa capacidad redistribuidora de nuestro Estado de bienestar, que ha seguido deteriorándose desde que se entregó el texto a la imprenta. En su opinión, esta crisis es “lo peor en términos económico que le puede pasar a un país sin ser una guerra”, y el único punto de optimismo que se permite es señalar que se cae desde un nivel más alto de riqueza, por lo que la situación no es tan dramática como para que suponga cruzar la línea de subsistencia. Aunque pueda serlo para millones de familias.

Estructura social y desigualdad en España trata -con claridad y rigor académico, pero sin caer en el exceso estadístico- de los diferentes aspectos de la crisis, incluyendo el paro brutal, lo que exacerba las tensiones en una sociedad profundamente injusta y desigual. Queda claro que el origen social, los estudios de los padres, el tipo y el nivel de educación, la edad, el sexo o la condición de emigrante marcan con frecuencia la frontera entre dificultades superables que no truncan un proyecto de vida y obstáculos insalvables que conducen a la pobreza o la marginalidad. Un ejemplo: según datos que hoy serán aún peores, se halla en paro el 35,2% de los obreros cualificados, pero sólo el 2,7% de los directivos y empresarios. Otro: el porcentaje de ninis (que ni estudian ni trabajan) entre jóvenes que no han terminado la ESO es del 11% si el padre, la madre o ambos tienen estudios superiores, y del 46% en caso contrario. Y es que, como señala el autor, “la juventud se pasa con la edad, pero no la trayectoria de clase”.