Los dislates de Bush y el humor como profesión de riesgo

En el ensayo La risa caníbal (Alpha Decay), Andrés Barba demuestra de forma irrebatible que el humor es una cosa muy seria. Lo da a entender ya desde la primera frase del libro es ésta: “Cada vez que un hombre abre la boca para reír está devorando a otro hombre”. Incluso a quienes les gusta reírse del prójimo, les sienta fatal que se rían de ellos. Si hay por medio intereses, convicciones, sentimientos, poder o creencias religiosas por medio, tomarse a broma a alguien o a algo puede tener consecuencias letales. Un chiste sobre el jefe te puede colocar en la cola del paro, uno sobre Stalin te podía enviar a Siberia, y una caricatura de Mahoma te puede convertir en diana del terrorismo islamista.

Por eso, porque “la risa es siempre una amenaza, una agresión tan perversa como el canibalismo”, y por la evidencia de que tomarse a broma según qué cosas implica asumir el riesgo de sufrir efectos indeseados, incluso de ser víctima de un tsunami social, Barba ha escrito un libro muy serio en el que, entre otras cosas, viene a demostrar que la dictadura de lo políticamente correcto es una amenaza a la libertad. Y se pregunta:  “¿Éramos cuando reíamos tan insensibles, homófobos, sexistas, racistas? ¿Hasta qué punto nos delataba entonces nuestra risa o nos delata hoy nuestro miedo a reír? ¿Somos mejores ahora que tememos reír?

La cuestión puede rastrearse –y el autor lo hace- en el pasado lejano, hasta las comedias de Aristófanes, la afirmación de Aristóteles de que el humor puede llegar a ser un abuso, las performances provocadoras de Diógenes –que cagaba en público porque es algo natural que todo el mundo hace en casa- y el origen de las religiones –no hay referencias a que Cristo riera alguna vez- pero tiene también una rabiosa actualidad.

Se puede terminar en el banquillo y condenado socialmente, al menos por el sector más intolerante de la sociedad, a causa de un chiste sobre las víctimas del terrorismo o sobre el Holocausto. Como si la transgresión, incluso sobre lo más trascendente y sagrado, no formase parte del ADN del humor. O como si reproducir un chiste que circula libremente supusiera creer a pies juntillas el prejuicio en el que se basa, cuando muchas veces se trata de justo lo contrario.

Aún a costa de privar de algo de seriedad a esta cosa tan seria –pero no por ello aburrida- que es Risa caníbal, y con el fin de que el paciente lector no se aburra y abandone –si no lo ha hecho ya-, reproduciré algunos de los disparates verbales recogidos en el libro de entre los infinitos perpetrados por George Bush, al que un comentarista de la Fox definió como un borracho cruzando unan calle cubierta de hielo: “Uno sabía que iba a llegar al otro lado, pero no sin antes haber pegado un buen número de patinazos”.

Barba le pone a caer de un burro, recuerda su “desopilante dislexia”, su “falta de inteligencia”, su “impresionante incultura” y su “impermeabilidad absoluta –cualidad compartida con los idiotas- a la experiencia del mundo exterior”. Alguien, en fin, tan estrecho de miras y cerrado al cambio que “pensaba el miércoles lo mismo que el lunes sin importarle lo más mínimo lo que hubiera sucedido el martes”. Y sin embargo, fue alguien a quien el mundo aceptó –porque no le quedó más remedio- “como se acepta a un hijo tonto, o peor, como se acepta una tragedia vertical, un maremoto, un tsunami”.

Pero sí, había prometido una antología de disparates, así que ahí van unos cuantos:

-“Voy a ver si consigo acordarme lo suficiente de la respuesta que tenía que dar para que parezca que sé algo sobre el tema”.

-No dedico mucho tiempo ni a pensar en mí mismo ni en por qué hago lo que hago”.

-“Me gustaría que todos ustedes salieran de aquí esta tarde y se preguntarán: “¿Qué ha dicho este hombre?”

-“Creo que todos coincidirán conmigo en que el pasado ha terminado”.

-“Estamos comprometidos a trabajar con ambas partes para conseguir un terror aceptable para todos”.

-“Mi intención es elevar los poderes ejecutivos no solo para mí, sino también para mis predecesores”.

-“El problema de los franceses es que no tienen una palabra para entrepreneur?

-“Es claramente un presupuesto, lleva escritos un montón de números”.

-En una visita a Brasil: “¿Y ustedes también tienen negros?”

-“Quiero que todo el mundo sepa que cuando hablo de guerra [la de Irak] en realidad estoy hablando de paz”.

Está bien reírse con estos dislates, pero sin olvidar que esconden algo muy serio y que, a fin de cuentas, Bush se salió con la suya y, pese a sus limitaciones intelectuales, impuso su voluntad y su particular filosofía política apoyado en los poderes fácticos a los que servía. Aunque “siempre al borde del dislate, Bush hizo de sí mismo una parábola inquietante (…), inalcanzable a la lógica, gracias a la palmaria y espectacular exhibición frontal de su propia estupidez”. Lo que lleva a una conclusión aterradora: “Uno podía reírse de él, pero no triunfar sobre él”. Y con un reflejo en el presente: que, justo cuando se concreta la amenaza Trump, buena parte del aparato del partido republicano y de la sociedad norteamericana le sigue considerando un buen presidente.

En apenas 150 páginas, Barba hace un apasionante recorrido por las relaciones que el humor, en sus diversas expresiones, ha mantenido por el poder a lo largo de la historia, una posición que nunca ha sido cómoda –porque a los que mandan no les gusta ser tomados a broma- y que con frecuencia ha sido muy peligrosa.

Todo un capítulo se dedica a la que quizá sea la parodia más famosa de todos los tiempos y eficaz arma política: la que Charlie Chaplin hace de Hitler en El gran dictador, que el führer vio al menos en dos días consecutivos, como si quisiera recuperar el segundo algún detalle que se le perdió el primero.

Por supuesto, los nazis prohibieron la película, pero queda en el aire la sospecha de que entre el cómico y el parodiado –tan gemelos en el aspecto físico y nacidos con tan solo unos días de diferencia- pudo haber, desde las antípodas ideológicas, una perversa fascinación, pese a la “desigualdad de origen de los contendientes y el desequilibrio de sus fuerzas”.

Otro capítulo de La risa caníbal se dedica al chiste “como una de las bellas artes”, y en él se define esa expresión condensada del humor como, a partes iguales, un relato y un acertijo; “una trampa diseñada para encontrar su salida por la puerta trasera”; lo que debe engañarnos por un instante; territorio de la paradoja y el doble sentido; algo basado en el enigma y la técnica del encubrimiento; el mecanismo que , al romper la represión, libera su energía en forma de carcajada; como aquello cuya dimensión moral atrapó a Freud y que, al igual que los sueños tiene para el psicoanálisis el poder liberador de las trapas de la conciencia” y funciona “mediante el desplazamiento del subconsciente al consciente”.

Barba hace un recorrido sin fronteras que le lleva a estudiar el fenómeno del icono pornográfico que supuso el filme Garganta profunda  (cuya protagonista tenía el clítoris en ese atípico lugar de su anatomía); que pasa por la vida privada de los cómicos (cuya vocación surge con frecuencia del dolor, la miseria y la tragedia); por ventrílocuos como el griego Euricles (el primero del que se tiene noticias) y el padre de la actriz Candice Bergen, que hacía que su muñeco se burlase de ella en el escenario cuando era una niña y que legó al monigote una suma importante mientras desheredaba a su propia hija; por el pensamiento cínico y el arte de la performance, que se remonta tan lejos como hasta el Diógenes que pidió a Alejandro Magno que se apartase porque le tapaba el sol, y tan cerca como a los Sex Pistols y su God save the Queen (“Dios salve a la reina/ y a su régimen fascista/ que te ha convertido en un tarado”); y por la autocensura impuesta por los propios cómicos durante algún tiempo en Estados Unidos tras el 11-M, “una brutal inhibición que paralizaba la vía natural del humor”, reminiscencia de una mítica frase de Adorno: “Escribir poesía después de Auschwitz es algo bárbaro”.

Barba concluye su ensayo con el capítulo dedicado a los hombres que se ríen de los dioses, que arranca con la constatación de que “no hay bromista, por insensato que sea, que no se dé cuenta de que un chiste religioso puede acabar en un baño de sangre”, ya que “el mundo está lleno de creyentes dispuestos a partir en dos con espadas muy reales a quienes se atreven a tomar el nombre de su dios en vano”.

Por una parte, recuerda que Luciano despreciaba la religión como “el origen de toda la estupidez humana”, y menosprecia la “reacción violenta ante la risa del otro sobre el dios propio” porque ello supone algo así como “reconocer una privada falta de fe en la omnipotencia e inexpugnabilidad del propio dios”, de la misma forma que es absurdo ofenderse  “porque un loco trate de secar el océano con una esponja”.

Sin embargo, ese distanciamiento no le impide señalar las diferencias entre la parodia, la burla o el chiste que pueda hacerse, por ejemplo, sobre los símbolos cristianos –incluida su máxima representación- y el caso del islam, que considera la simple producción de imágenes humanas –y no digamos de Alá o de su profeta- como “un acto sacrílego en el que el hombre trata de emparejarse con Dios”. Las suras atribuyen a Mahoma la orden de aniquilar y confundir a orgullosos, politeístas… y pintores. Por no hablar de que certifican que el Profeta no se rió nunca.

Barba deja que el lector saque sus propias conclusiones de la exposición de los hechos, como que al Je suis Charlie de los manifestantes en Europa contra el fanatismo que provocó la matanza en la revista satírica francesa, respondieron miles de paquistaníes con el Je suis Kouachi, en referencia a los terroristas. O la más que discutible reacción del papa Francisco, al señalar que a quien insulta a la madre de otro no debería extrañarle recibir un puñetazo en respuesta.

El autor de La risa caníbal  pone el contrapunto, al recordar que el mismo derecho que, en términos generales, concede la ley en Occidente para hacer un chiste, incluso agresivo, sobre una religión, lo tiene también para hacerlo de un rey o un presidente del Gobierno, sin deslegitimar por ello a las instituciones que representan.

Malos tiempos para los cómicos, sobre todo porque, cuando prospera la intolerancia o hay sangre por medio, como ahora, el humor corre siempre el grave peligro de convertirse en un daño colateral.