Otras miradas

Aprender del ‘New Deal’

STUART HOLLAND

Angela Merkel ha conseguido que se aprueben medidas de sanción para los estados miembros de la UE cuya deuda exceda el 60% del PIB, el límite establecido en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Mientras, Alemania ha incluido en su constitución la obligación de mantener el equilibrio presupuestario.
No es casual que la palabra que significa "deuda" en alemán –Schuld– quiera decir también "culpa". Sin embargo, lo que se necesita es otra expresión alemana, un cambio de Gestalt, una nueva configuración que permita percibir que, mientras los estados miembros de la UE están endeudados hasta las cejas tras haberse dedicado a salvar bancos y fondos especulativos, la Unión Europea está prácticamente limpia de deudas. No tenía ninguna hasta que el pasado mes de mayo el Banco Central Europeo (BCE) empezó a comprar porciones de la deuda soberana de algunos estados miembros. Pero esto es costoso y además no está funcionando. El diferencial de los bonos griegos ha subido hasta un 10%, algo que es insostenible. La posibilidad de una suspensión de pagos en cadena por parte de algunos estados miembros sigue presente.
Una solución más simple y barata sería la de cortar el nudo gordiano que atenaza a dicha deuda transfiriendo una parte de la misma al BCE. Si se hiciera por un importe del 60% del PIB, tal y como se permite en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, se reduciría el riesgo de impago de los estados miembros más expuestos, se recortaría sensiblemente el coste de su endeudamiento y se enviaría una señal a los mercados financieros que dejaría claro que los gobiernos europeos tienen una respuesta proactiva ante la crisis y no son simplemente las víctimas pasivas de unas agencias de calificación que nadie ha elegido.

Tal transferencia de un tramo de la deuda no es una condonación. Los estados miembros cuyos bonos se transferirían al BCE seguirían teniendo que pagar los intereses, pero a tasas mucho más bajas.
Pero la estabilización del endeudamiento no basta por sí sola para responder a la crisis actual en Europa. Los gobiernos europeos están embarcados en unos recortes de la deuda y del déficit fiscal de una magnitud tal que amenazan con una deflación mutua generalizada, desmienten el compromiso de 2008 con un programa europeo para la recuperación económica y se arriesgan a repetir la recesión provocando una crisis masiva de confianza en gobiernos y mercados.

Lo que se necesita es aprender del New Deal de Roosevelt, cuyo éxito proporcionó a Truman la confianza necesaria para financiar el Plan Marshall, del que la propia Alemania fue beneficiaria. La clave fue la emisión de bonos del Tesoro norteamericano. Los bonos federales no computan en la deuda de estados como California o Delaware. Del mismo modo, una emisión de bonos europeos no computaría sobre la deuda de los estados miembros.

Muchos economistas afirman que Europa no podrá salvarse a sí misma hasta que no alcance un nivel de federalismo fiscal suficiente como para transferir recursos de los estados más fuertes a los más débiles. Pero Alemania se opone con fuerza a esto. Puede ser que a largo plazo llegue a conseguirse, pero ya sabemos lo que Keynes decía sobre el largo plazo.
Pero Europa no necesita de ese federalismo fiscal para financiar un programa de recuperación al estilo del New Deal. Ni siquiera del "gobierno económico" que reclama Nicholas Sarkozy. Los instrumentos y los poderes para hacerlo ya existen.

El Banco Europeo de Inversiones (BEI) –cuyo tamaño en estos momentos es el doble que el del Banco Mundial– emite una deuda que constituye su propio pasivo, no el de los estados miembros. Por este motivo, los gobiernos que se financian con el BEI no computan estas emisiones en su deuda nacional.
En 1997 el Consejo Europeo designó al BEI para invertir en salud, educación y renovación urbana; en el año 2000 se amplió el campo de inversión a las tecnologías verdes y al apoyo a las pymes. Desde entonces, el volumen de préstamos anuales se ha cuadruplicado llegando hasta 80.000 millones de euros, dos tercios de los recursos propios de la Comisión Europea. Por la misma regla podría cuadruplicarlos otra vez de aquí a 2020, lo que equivaldría, en términos de financiación, al Plan Marshall de la posguerra.

El BEI sólo cofinancia inversiones. Pero esto se puede completar con emisiones de bonos de la Unión o del BCE que atraerían excedentes de los bancos centrales o de los fondos de inversión en deuda soberana de las economías emergentes, estabilizando así la Eurozona. Cuando Jacques Delors propuso estos bonos en 1993, Alemania y Francia se opusieron. Ahora sólo queda Alemania. Tampoco esta decisión corresponde al BCE, sino a los gobiernos. El Tratado de Lisboa establece que el objetivo principal del BCE es mantener la estabilidad de los precios, pero también que el BCE "apoyará las políticas económicas generales de la Unión con el fin de contribuir a la realización de los objetivos de la misma".

Esto no es más que una trasposición de la regulación del Bundesbank, que está obligado igualmente a "apoyar las políticas económicas generales" del Gobierno. Y el Tratado atribuye al Consejo Europeo la capacidad de definir las "políticas económicas generales", de las cuales el programa europeo de recuperación económica es parte. Por otro lado, con la UE al borde de la recesión, no hay ningún peligro de inflación, sino de todo lo contrario.
En suma, esto requiere un cambio de Gestalt por parte de Alemania en lo que se refiere a la estabilización de la deuda y a la emisión de eurobonos. O, si Alemania no quiere, su introducción por parte de algunos, si no de todos los estados miembros, al igual que ocurrió con el euro, tanto para salvaguardar la eurozona como para hacer que el programa de recuperación europea sea una realidad.

Stuart Holland es profesor de Economía de la Universidad de Coimbra.