Otras miradas

La España olímpica: un país de su gente

El equipo olímpico español disfruta de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos 2020, en el Estadio Nacional de Tokio. EFE/ Lavandeira Jr
El equipo olímpico español disfruta de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos 2020, en el Estadio Nacional de Tokio. EFE/ Lavandeira Jr

Muchas veces, la opinión publicada no coincide con la opinión pública. Algo así ocurre con España, la España que aparece en los grandes medios y la que defiende la extrema derecha no es la España real.

En los Juegos Olímpicos hemos visto (y escuchado) deportistas representando a nuestro país que no son para nada los perfiles que habitualmente vemos en los medios de comunicación, ni mucho menos en la identidad española construida desde ciertos sectores de la derecha.

En estos juegos, hemos visto a una mujer gallega, negra y antifascista celebrar su bronce abrazándose con el oro olímpico venezolana. Hemos visto también a un hijo de migrantes de Alcorcón alzarse con una plata y a un deportista abiertamente republicano y antifascista escalando hasta la cima del Olimpo. Cada medalla que ha ido cayendo ha supuesto un jarro de agua fría para los patriotas de banderita en muñeca y cuenta en Suiza. Por cierto, no celebraron las medallas ni de Peleitero ni de Zapata, en un claro ejemplo de racismo que reniega de la España diversa, popular y democrática del siglo XXI.

El deporte es un espacio de socialización cultural e identitaria en nuestros tiempos. Renunciar a disputar ese espacio es renunciar a ganar el sentido político de nuestro país. En estos juegos, los deportistas han hecho más por llenar de contenido la bandera de España que algunos sectores de la izquierda, más preocupados de defender la abolición de los juegos que de disputar su sentido político.

Y existen varias áreas que disputar en estos juegos en vez de hacer la sencilla proclama de la supresión, amparada en el desacertado encuadre del deporte olímpico como panacea de la competitividad salvaje del neoliberalismo, donde uno debe ganar de forma individualista pisando al resto. Recordemos ese abrazo de Peleterio y Yulimar Rojas, o el oro compartido de Barshim y Tamberi.

Entre esas áreas estás la visibilización de deportes minoritarios cuyos deportistas ni siquiera cobran por su trabajo. Unos deportes minoritarios que, durante los juegos, se igualan al resto de disciplinas y deportes más conocidos y reconocidos. El oro de la karateka Sandra Sánchez vale lo mismo que el oro de los multimillonarios jugadores de la NBA, de los torneos de tenis o del golf. Esa equiparación se extiende también al deporte femenino. La visibilización y el valor de las deportistas mujeres se pone al mismo nivel que el de los hombres.

La tarea política es que esta visibilización y esta centralidad tanto del deporte femenino como de los deportes minoritarios se extienda durante todo el año y no se circunscriba únicamente al breve periodo olímpico. Del mismo modo, que el potencial de igualdad inscrito en los juegos (el mismo valor de todos los deportes y modalidades) se pueda también extender al conjunto de esferas de nuestra vida cotidiana.

Entre esas áreas está la disputa del sentido político de España. Existe una España ganadora, diversa, antiracista, popular y profundamente democrática que quiere abrirse paso. Que impugna la visión única, centralista y elitista de la vieja derecha. Que quiere escapar del secuestro identitario al que le somete la caverna mediática y que reivindica la fraternidad y la pluralidad. Cuyos valores republicanos, democráticos y feministas se alzan como banderas para un nuevo camino en el que nuestro país vuelva a ser de su gente.