Rosas y espinas

Espectadores de nuestras guerras

Imagen de archivo.- Pixabay

Pues aquí seguimos, con nuestros maletines B, los Pegasus cabalgando sobre nuestras praderas más íntimas, nuestros comisionistas sevillanos y nuestros mamandurriales ultraderechistas, mientras quizá se está montando la tercera y última guerra mundial.

Como ya soy viejo y no acredito descendencia, no deja de hacerme gracia ver cómo vamos normalizando que existan las guerras. Se aprecia mucho en las tertulias televisivas. Antes los viejos nos íbamos a ver las obras, ahora vemos guerras en las tertulias televisivas. Es menos empático pero más cómodo.

Cuando la invasión de Irak, medio mundo invasor se echó a la calle un ratito para protestar contra la beligerancia falaz del trío de las Azores. Pero ya digo que fue solo un ratito. Después todos, jóvenes y viejos, nos conformamos con mirar las obras, o sea, las tertulias televisivas. Muy indignados, eso sí. Pero solo como espectadores.

Se habla mucho del metaverso, de la realidad paralela en la que pronto podremos estar inmersos, pero a mí me parece que el metaverso ya está aquí desde hace un buen cacho.

Uno no entiende que la sociedad, la calle de la civilizada, dulce, vieja e inútil Europa, no se haya echado al monte para detener esta guerra estúpida. Nos conformamos con verla por la televisión y decirle al loro que nos ama que es una vergüenza, y que pobres niños, y que a lo mejor acomodamos el trastero y nos traemos un refugiado. Pero bueno, tanto no, que nunca se sabe.

Las redes sociales son un buen autoengaño para el espectador activista. Nos hacen creer que hacemos algo. Que escribiendo muchos tuits cambiaremos el mundo. Es como mirar la obra dando consejos al fontanero que no te hace caso.

La guerra vista como espectáculo conforta mucho. Tanto a los que están a favor como a los que están en contra. Una guerra lejana siempre te permite presumir de lo que tú harías ante tus ligues, cuñados o amistades, apareciendo, claro, como un plausible héroe. Pero luego viene la guerra y te cuenta la verdad. Y la guerra ya está aquí. Aunque no nos demos cuenta. Como ya hicimos como pueblo en los 90, cuando la guerra de la innombrable Yugoslavia. Como pueblo, no hicimos nada.

Lo que quiero decir con todo este rollo es que el exceso de información/espectáculo no nos sobreinforma, nos insensibiliza. Observamos nuestra cercana muerte televisada como si fuera una ficción en la que Bruce Willis, al final, va a salvar al mundo. Y el pobre Bruce Willis sufre afasia. Como nosotros. No hay peor afasia que la del que solo sabe hablar. En mi tierra se les llama falabarato. Europa es un falabarato. Y os juro que me apena.

Yo sé que lo de acabar con las guerras puede parecer tarea bastante complicada, pero es incomprensible que sociedades tan cultas y avanzadas como las nuestras permitan que nuestros gobernantes nos sigan metiendo en guerras. A Ucrania, por ejemplo, el muy progresista gobierno español ha enviado menos ideas de paz que armas. Para agradar al espectador.