Opinion · Al piano

El cambio político es una necesidad. Ni un paso atrás.

Luís Juberías y Marc Llaó.

Los que llevamos algunos años de militancia social y política denunciando los abusos de los poderosos y reivindicando los derechos de la mayoría social, participando desde finales de los 90 en los movimientos sociales, los que vimos en el movimiento antiglobalización la esperanza de que otro mundo era posible, los que militamos políticamente sin más expectativa que mantener vivo ese viejo pero actual ideal de libertad, igualdad y fraternidad en tiempos del pelotazo, la burbuja inmobiliaria y la promesa de prosperidad a crédito; somos conscientes del esfuerzo, del a veces, desesperante trabajo de hormiguita que supone construir una alternativa política antagónica a la de las élites. Esta militancia solo es posible desde una posición ética de compromiso de vida con los intereses de las clases populares, de la mayoría social. Todo el mundo que los conoce sabe que para Pablo Iglesias e Irene Montero ese compromiso ético y político es fundamental.

Fue la gran crisis la que acabó con toda esa prosperidad ficticia y con las expectativas de toda la juventud de este país, cambiándolo todo. Al final de la partida había unas minorías enriquecidas y unas mayorías endeudadas y sin ingresos para pagarlas, que debían de hacerse cargo, además, de los excesos de las élites. El giro austericida del Gobierno Zapatero en la primavera de 2010 con su agenda de recortes marcó el punto de quiebre. La frustración dio lugar a la indignación colectiva y el 15M a un gran diálogo capaz de conjugar los malestares individuales en un discurso impugnatorio que acabó abriendo en lo político una gran crisis de régimen que se manifestaría en una crisis de representación. Ante “el no nos representan” que contenía el grito de una generación y el clamor de un pueblo frente a las élites políticas y económicas que les habían estafado, solo cabía un camino.

Pero la construcción de una alternativa política capaz de catalizar esta corriente de fondo de impugnación ciudadana no fue un camino fácil. Ni por lo necesaria, evidente. Podemos surgió como una candidatura rupturista en las elecciones de mayo de 2014 utilizando la imagen de Pablo Iglesias, un irreverente y conocido profesor habitual en las tertulias televisivas, y desde entonces esta iniciativa se convirtió en el centro articulador de la construcción de la alternativa política en España, que no puede ser a la postre más que plural: construyendo candidaturas municipalistas, en alianza con la izquierda más digna (que representa IU) y construyendo la base, con las confluencias, del edificio plurinacional.

El liderazgo de Pablo Iglesias (y su imagen), así como la democracia directa que supone la consulta a las bases son constitutivos de la propuesta política de Podemos. Podemos ha sido un plebiscito diario desde el día que nació, porque son tantas las esperanzas depositadas en el cambio político y tantos los retos a los que nos hemos enfrentado, que ha necesitado legitimar sus apuestas y transformarse para abordarlas de una manera vertiginosa. La puesta en cuestión de su liderazgo es a día de hoy la puesta en cuestión de su sentido político. Esa es la coyuntura en la que nos encontramos a raíz de la polémica social y mediática desatada a raíz de la publicación de los planes familiares de Pablo Iglesias e Irene Montero. Por eso es necesaria la relegitimación del liderazgo y del proyecto que encarna a través de la renovación de la confianza de las bases cuando el sentido político de Podemos está puesto en cuestión. Porque en suma, la que está en juego ahora, la ventana de oportunidad para el cambio político.

No es posible dar por amortizado a Iglesias sin erosionar fuertemente lo que encarna políticamente. Un liderazgo popular es un patrimonio construido colectivamente, la acumulación de un enorme capital político. Y, a diferencia de los liderazgos fácilmente reemplazables de las élites, muy costoso de sustituir. Esto lo saben las élites de este país y por eso han apostado a descabezar Podemos en cuanto han visto la oportunidad.

En un momento en que la crisis de régimen continúa abierta en canal con un Gobierno en minoría y cercado por la corrupción que pretende imponer su proyecto de normalización de la precaridad, con un conflicto político enquistado con Catalunya que está erosionando el estado de derecho, y con la puesta de largo de Cs en su apuesta por el nacionalismo exacerbado y la recuperación del proyecto de Aznar para España, nos jugamos la continuidad del espacio de cambio democrático tal y como se ha configurado tras el último ciclo político. Hoy, cuando el Partido Popular ha sido condenado por lucrarse con la Trama Gürtel de corrupción, es urgente y democráticamente necesaria una moción de censura. Este país no puede seguir gobernado ni un día más por una organización criminal, no nos lo podemos permitir.

Nuestro compromiso es por un país que sea capaz de recuperar, ampliar y brindar los derechos ciudadanos (para empezar, las pensiones), que sea capaz de frenar la burbuja inmobiliaria poniendo soluciones para que el derecho a la vivienda sea efectivo, que convierta el feminismo en un motor fundamental de la política y que sea capaz de construirse plurinacionalmente, respetando la diversidad de sus pueblos. No demos ni un paso atrás: es hora de seguir construyendo mayoría social por el cambio, de ganar las próximas elecciones para recuperar las instituciones para las mayorías, de hacer a Pablo presidente para cambiar este país.